El extraño caso del Doctor Roble

I

Cada día salía de su consulta con más premura. A pesar de los años, el doctor Roble José Palau no podía asumir del todo el tremendo peso del destino que le había sido dado sin haberlo pedido.  Había pasado por muchas etapas en su vida, y todo ello en un largo y penoso esfuerzo de comprensión, de aceptación de un don que para cualquier otro mortal hubiera supuesto un hermoso regalo del Cielo, pero en su caso, aquel secreto regalo lo llevaba sobre sus hombros pesadamente, como una enorme roca.

Decidió estudiar medicina para orgullo de sus padres, pero su decidida vocación no era otra cosa que la urgente necesidad de disfrazar ante los demás el raro poder del que nació dotado.

Se encaminó como cada día colina arriba, hacia el frondoso bosque que dominaba desde lo alto el pueblo donde transcurrió casi toda su vida exceptuando los años de estudios en Barcelona. Lo que en un principio pudo parecer a cualquiera, incluso para él mismo, la excentricidad romántica de un niño, fue después, desde muy atrás, la convicción incuestionable de su supervivencia.

Su casa, heredada de sus padres, se situaba al final del pueblo, al borde de una leve cuesta que iniciaba el camino hasta la colina que frondoseaba el horizonte de verde vegetación y altos y espigados árboles de bosque mediterráneo. Desde aquellas ventanas podía observar el paisaje tan estrechamente ligado a su existencia, y sobre todo, el roble que sabía fuente de todo su ser. Aquel árbol, algo apartado de la línea en la que nacían los demás árboles situados tras él, se erigía majestuosamente, más grande  y vistoso que todos los demás. De niño, Roble José Palau le llamaba “el general” porque al contemplar el bosque desde la ventana de su cuarto, se le antojaba un ejército victorioso que regresaba al pueblo con su general ufano y aclamado al frente.

Treinta y cinco años antes, sus padres, ajenos a todo menos a su desatado amor, habían engendrado a su hijo a los pies de aquel roble centenario una tarde tibia de otoño, y la fortaleza de aquel gigante impregnó el amor y la vida de la familia Palau. El Universo entero les concedió su especial regalo de bodas concentrando en el vientre de la madre todas las buenaventuras de la naturaleza.

Cuando, a criterio de la abuela Lucía, faltaban dos semanas para el feliz alumbramiento, una gestión burocrática que había de solventar en Barcelona relacionada con el taller mecánico de su padre, hizo ausentarse a éste durante una jornada entera. La tarde de aquel mismo día, la abuela se desplazó a casa de unos familiares, al otro lado del pueblo, para ayudar en los últimos toques del traje de novia de su sobrina. De nuevo el Universo se confabulaba para realizar su plan premeditado e incomprensible.

Aquella tarde tórrida de finales de julio, la madre de Roble José se abanicaba parsimoniosamente tumbada en su cama junto a la ventana abierta que, a pesar de ser amplia, la atravesaba apenas una débil brisa que no bastaba para paliar el calor. Casi súbitamente, un dolor hizo endurecer su vientre, y en un oleaje de idas y venidas, volvía a manifestarse cada vez con más fuerza. Por alguna razón que nunca pudo explicar, se levantó trabajosamente de la cama y con la escasa rapidez que sus hinchados pies le permitían, salió de la casa y comenzó a cruzar el llano, dirigiendo sus pasos hacia la verde espesura que parecía atraerla como un imán. Se sentó bajo el mismo roble en donde concibió a su hijo con la mirada fija en las casas de piedra que formaban todo el pueblo y que podía abarcar casi por completo como si se tratara de una maqueta.

Un manantial de agua cálida brotó de entre sus piernas regando las raíces, las piedras y la hierba, corriendo ladera abajo, anunciando la llegada de aquel ser especial.  Levantó los brazos instintivamente aferrándose a unas ramas vigorosas que se prestaron a sostener su cuerpo mientras empujaba sudorosa y asustada. No sabia realmente que hacía allí, transgrediendo todas las instrucciones y consejos que su madre, la abuela Lucía, le había repetido hasta la saciedad. Pero se sabía conocedora de cada paso, llena de una sabiduría ancestral, como cualquier hembra del mar o de la tierra.

La abuela Lucía encontró  la  casa  vacía  al  llegar.  Alarmada  al no encontrar respuesta a sus llamadas, corrió a la casa vecina buscando a su hija. Pronto,  Mercedes la partera y dos mujeres más acudían a las voces desesperadas de la mujer que se maldecía entre lágrimas por haber desatendido por unas horas a la embarazada.

La vieron bajar lentamente, atravesando el llano con un bulto en los brazos envuelto en sus enaguas manchadas de sangre, estrechando delicadamente contra su pecho a un niño hermoso, fuerte y tranquilo como el roble a cuya sombra nació.

II

Habían barajado muchos nombres, como toda pareja que espera la llegada de un hijo, podría llamarse Manuel como defendía la abuela Lucía, o Sebastián como su fallecido abuelo paterno, pero la decisión la tomó la recién parida madre y ésta fue solemne y contundente: – ¡Quiero que se llame Roble! -.

–           Un extraño nombre para un niño – se limitó a argumentar su marido, pero su felicidad era tan completa que no le pareció motivo de discusión, e incapaz de contrariar a su esposa, aceptó de buena gana, incluso pensó que no era un nombre tan raro y hasta le sonaba bien.

No pensaba así el cura, Don Fabián, que, sereno y diplomático, trataba de convencer por todos los medios a los obstinados padres de que aquel no era un nombre cristiano e hizo una larga exposición de nombres de piadosos santos y beatos con que bautizar al pequeño. Casi exhaustos por la acalorada discusión, llegaron a un acuerdo intermedio: – ¡José Roble! – sentenció el cura.

–           ¡Roble José! – apuntilló la madre.

–           ¡De acuerdo, de acuerdo!. Tu ganas.- exclamó Don Fabián secando con su pañuelo el sudor que le chorreaba por las sienes. – Pero que conste que a los ojos de Dios sólo vale José.-

Pasó el tiempo, y en nada era distinto Roble José del resto de los niños del pueblo, aunque sobresalía por su fortaleza física y la serena inteligencia que traslucían sus ojos. Para la abuela Lucía aquellos cinco años desde que nació su nieto, habían llenado con una luz distinta su vida. El niño empezaba a asistir a sus primeras clases en la escuela y  cada  tarde cuando su hija  volvía con Roble José  de la  mano, ella le esperaba en la puerta de la enorme casa de piedra con la merienda preparada, con los brazos abiertos y la sonrisa deslumbrante. Le besaba ávidamente envolviendo su pequeño cuerpo en un abrazo cálido y acogedor y le llevaba en volandas hacia la cocina haciéndole preguntas sobre lo que habría aprendido junto a otros niños y premiando sus progresos con aspavientos y exclamaciones de alegría.

Una de aquellas tardes, entrado ya el invierno, la lluvia dio paso a una tormenta que cortó la luz en la casa durante unas horas. Roble José, asustado por el estrépito de los truenos y el resplandor fantasmal de los relámpagos, corrió a cobijarse en el regazo de su madre. Rodeó su cintura con los brazos, cerró los ojos y apretó su cara contra aquel cuerpo que adivinaba protector.

Durante algunos minutos se mantuvo así, escuchando las tranquilizadoras palabras de su madre que trataba de explicarle lo natural de aquellos fenómenos de la noche y lo protegidos que estaban bajo el techo de la casona de piedra construida muchos años atrás con las hábiles manos de un abuelo que nunca conoció. Mientras escuchaba sentía las manos de su madre acariciándole el pelo y se dejó llevar con el rumor de la voz y de la risa tintineante y amorosa de la madre.

Una sensación nueva y sorprendente golpeó de pronto sus ojos cerrados y su cerebro. Apartó la cara y con los ojos muy abiertos echó hacia atrás la cabeza hasta vislumbrar los ojos maternos con la tenue luz de las velas, sin soltar su vestido sólo acertó a decir: -¡Hay alguien ahí adentro! –

La madre se arrodilló frente al niño sorprendida. Durante largo rato se miraron en silencio tratando de entender sin palabras. No era posible que su hijo de tan sólo cinco años fuera capaz de saber con certeza lo que para ella, hasta ese momento, tan sólo era una duda, pero ahora, frente a los ojos inocentes de su hijo tuvo la seguridad de que ya albergaba dentro de ella un nuevo hijo que ampliaría su familia.

 III

Para un niño de tan corta edad era fácil incorporar a su mundo interior nuevas y distintas sensaciones,  por  inexplicables  que pudieran  parecer  ante  las mentes ya amaestradas de los adultos, todo lo nuevo le resultaba natural y si era agradable, tanto mejor.  Descubrir que percibía  la vida aún  en su estado más  primario no  fue  para  él nada extraordinario, pero sus padres y su abuela, conocedores de la sorprendente sensibilidad del niño, decidieron no airear el descubrimiento por temor a la curiosidad morbosa de la gente.

En varias ocasiones a lo largo del curso escolar, la maestra de Roble José, había llamado desconcertada a sus padres para comentar lo que ella llamaba “comentarios no naturales” o “apreciaciones alarmantes” que el pequeño, con toda ingenuidad manifestaba en su relación con los demás. Sus padres quitaban hierro a las preocupaciones de la maestra argumentando que los niños hablan de oídas sin el más leve conocimiento de la trascendencia de sus palabras, pero la inquietud les invadía mientras simulaban resignación ante las dudosas predicciones que con tanta precocidad lanzaba su hijo.

Lo cierto era que con la inocencia de quién nada tiene que esconder, Roble José ya había comunicado tres embarazos a otras tantas madres de otros tantos compañeros de colegio. Pero lo verdaderamente terrible aún estaba por venir.

Hacía ya tres meses que su hermana había nacido. Con la misma urgencia que en el primer parto, la madre de Roble José dio a luz sin complicaciones, pero esta vez en su casa, atendida y vigilada de cerca por la abuela Lucía, a la que el nacimiento  de sus nietos había mitigado plenamente el recuerdo amargo de la pérdida de su esposo años atrás.

El Director de la escuela recibió una mañana la visita anunciada de un Inspector del Ministerio de Educación. Los niños jugaban animadamente en el recreo ajenos por completo al funcionario que tomaba notas y revisaba las instalaciones del Centro.

La pelota que le habían lanzado a Roble José pasó por encima de su cabeza rozándole el flequillo yendo a parar a los pies del Director, el cual mostraba orgulloso al funcionario el recién estrenado campo de futbito de la escuela. Se inclinó  recogiendo la   pelota y  la  tendió  amablemente   hacia  Roble  José que se

acercaba corriendo tras ella. Mientras el chiquillo alargaba su mano para recibirla, acarició la cabellera revuelta del pequeño, éste con un respingo imprevisto le miró y comenzó a gritar espantado. Soltando el juguete echó a correr lejos  del hombre que quedó  petrificado por la reacción imprevista del niño, tanto como las maestras y el propio Inspector del Ministerio. El Director no sabía que explicación dar ante semejante expresión de pánico, era la primera vez que un alumno le hacía sentirse tan confundido y tan terriblemente humillado, máxime cuando ante el funcionario, podía ponerse en entredicho su siempre buena relación con el alumnado.

La maestra corrió tras él alcanzándole. Le sujetó fuertemente por los dos hombros y le preguntó. -¿Se puede saber que te pasa?- El niño comenzó a llorar y a temblar. Tuvo que zarandearle para hacerle reaccionar. -¡Roble, por Dios!, ¿a que viene todo esto?- Estalló en un sollozo abrazándose a la mujer que seguía sujetando sus hombros, y derrumbándose sobre ella gritó: -¡Se va a morir!, ¡Se va a morir!, ¡Esa cosa… se lo lleva!-

Durante el resto de la mañana, Roble José se mantuvo callado y apartado de los demás, algo que jamás le había sucedido. Fueron inútiles las preguntas que de todas las formas posibles le había hecho su maestra. Se mantuvo en silencio, con la mirada más triste que nadie que le conociera pudo ver hasta aquella fecha. El impacto de la visión de algo terrible había sido como una sacudida eléctrica, y la sensación de terror bloqueaba ahora su mente. Sólo quería volver a casa y abrazarse a su madre. Se sentía perdido, confundido. Hasta aquel día casi todas sus sensaciones habían sido agradables y felices, jamás algo le produjo tanta tristeza.

Cuando su madre llegó como cada día para recogerle a la puerta de la escuela, encontró un nuevo motivo de queja hacia su hijo. Se le informó del incidente en el despacho del Director haciendo hincapié en la mala imagen que se había llevado la Administración poniendo en tela de juicio el trato entre los educadores y los niños.

Prometió hacer lo posible por aclarar con Roble el motivo de tan desaforado

y repentino miedo al Director, y se encaminó hacia su casa con el gesto preocupado. ¡Había tantas cosas que no comprendía de su hijo… !. Sin embargo, estaba segura de que había una explicación lógica para tal reacción. Le entristecía profundamente la mirada apagada y distante del niño, era la primera vez en seis años que veía aquella expresión y sabía que algo grave estaba sucediendo.

Después de amamantar a la pequeña Lucía, abrazó a su hijo y así, tumbados en la cama grande lo arrulló hasta dejarlo profundamente dormido.

No hizo falta volver a interrogar al pequeño Roble José. Sus padres y su abuela empezaban a reconocer los cambios que se iban produciendo poco a poco en la vida del niño, sabían que estaba fuera de su control y sólo les quedaba apoyar  con todas sus fuerzas y con todos sus medios a aquel amado ser, delicado como un cristal y valioso como un tesoro.

El Director del colegio no se despertó a la mañana siguiente: una hemorragia interna durante la noche había acabado con su vida. Tal y como Roble predijo.

Roble José había experimentado por primera vez en su corta vida la presencia de la muerte, algo que aún no podía interiorizar sin estremecerse, algo en lo que nunca había pensado aunque en alguna ocasión escuchara a los adultos comentar la muerte de alguien, pero jamás se lo había planteado como algo tan cercano y tan certero, ahora sabía en realidad lo que suponía.

IV

Aún pasó algún tiempo hasta que Roble José empezó poco a poco a relacionarse casi como antes con los demás niños del pueblo. Nadie podía entender concretamente como habían sido las sensaciones que el pequeño había experimentado tras aquel suceso, pero un sentimiento de respeto hacia él se había extendido entre la gente del pueblo. Los comentarios sobre las sobrenaturales facultades del niño corrían por las calles y los corrillos, cosa que no hacía ninguna gracia a sus padres y a la abuela Lucía.

Alrededor de la mesa de la cocina, los tres debatían con preocupación las posibles consecuencias que acarrearía para el pequeño Roble José su especial sensibilidad para predecir  la vida  y la  muerte.  Aunque  en el  pueblo ya lo sabían todos, no parecía que tuvieran en cuenta que seguía siendo un niño de tan solo seis años, a pesar de que sobresalía por su madurez entre todos los demás. Sabían el duro golpe que le había supuesto percibir de repente el dolor y el horror sin poder evitarlo, con la impotencia de un espectador.

La abuela, que adoraba especialmente a su nieto, decidió hablar con él y mitigar sus miedos ante eso que los humanos sentimos como aspectos negativos de la existencia, y así,  tras la merienda,  cogidos de la mano, abuela y nieto iniciaron un tranquilo paseo por el bosque de coscojas y pinos.

–           ¿ Por qué se muere la gente, abuela?.-

–           Por la misma razón por la que se marchitan las flores, o acaba la vida de cualquier otro animal. Porque la vida debe renovarse. Unos mueren para que otros vivan. El día precede a la noche y la noche al día, y así hasta el infinito. No existe nada en la tierra que se mantenga inmutable. Todo se regenera al morir para dar lugar a otras vidas. Así es la ley del Universo.-

–           Las piedras no.-

–           También las piedras. Observa con atención: el viento, la lluvia y el sol, e incluso los animales, desgastan, pulen, parten y funden las piedras con un trabajo lento pero permanente. Los montículos y los picachos que ahora vemos tú y yo desde aquí, no son exactamente iguales que cuando los miraba siendo yo una niña de tu edad.-

Mientras hablaba, la abuela Lucía acariciaba el pelo del niño retirando el flequillo siempre despeinado de su frente, y no pudo evitar, mirando los ojos expectantes de su nieto, que las lágrimas se le escaparan de pura ternura. Podía sentir en lo más profundo de su alma que la vida futura del pequeño no iba a ser un camino de rosas, sino todo lo contrario, aquel don tan especial iba a marcar su existencia en un doloroso camino, a no ser que de adulto comprendiera la necesidad de elaborar una coraza que le protegiera de su propio poder.

-Pero las piedras no lloran cuando otra piedra se desgasta. Y las flores tampoco lloran cuando otra flor se marchita.- Insistió Roble José.

–           Eso es cierto- Dijo la abuela y añadió:

–           ¿Qué es realmente lo que te preocupa, la muerte o el sufrimiento que conlleva?-

–           Sufrir me da miedo, abuela.-

–           Eso es lo que yo suponía. Las personas somos seres muy especiales, corazón. El resto de los seres vivos no dan tanta importancia a esas cosas, simplemente viven. La muerte para ellos sólo es parte de la vida. Es una ley natural. Nosotros no aceptamos con naturalidad esa ley, pero tampoco sé muy bien el porqué.-

Abrazó a su nieto y viendo que el Sol hacía un rato que había iniciado su retirada, decidió que era hora de volver y disfrutar de la cena que seguramente ya habría preparado mamá.

V

Durante los cinco años que siguieron a aquel suceso, Roble José, casi sin notarlo, estuvo protegido muy de cerca por su familia aunque con una prudencia exquisita, tal y como les había aconsejado un caro psiquiatra de Barcelona al que acudieron sin reparar en gastos temerosos de que el pequeño desarrollara algún trauma irreversible. Sobre todo procuraron que los vecinos del pueblo no agobiaran en ningún momento a su hijo, pues algunos habían confesado evitar su contacto por miedo a alguna predicción nefasta, otros en cambio, se acercaban a preguntarle si su mal tenía cura o era fatal, e incluso algunas mujeres con desarreglos o retrasos menstruales le buscaban impacientes esperando escuchar la buena nueva de una preñez ansiada.

La personalidad serena de Roble José le había permitido sobrellevar resignadamente la expectación que muchos de sus vecinos mostraban en su presencia, con toda la incomodidad que eso le producía, pero no podía cambiarse, así que fue asumiendo como naturales aquellas sensaciones extraordinarias igual que otros asumían una alergia incómoda o una enfermedad crónica.

La pequeña Lucía, había estado todo el día anterior quisquillosa y desganada. Su madre había tenido que reñirla severamente aquella mañana: se negaba a levantarse para acudir a la escuela. Marchó a regañadientes, lloriqueando e insistiendo en que se sentía mal, pero su madre, acostumbrada a la fortaleza física de sus hijos creyó más bien que la pereza le hacía mentir.

A media mañana mandaron avisar a la madre de la niña para que fuera a recogerla. Había vomitado y ardía de fiebre. La mujer corrió a buscarla llena de remordimientos por no haber creído a su hija. Hasta entonces ninguno de sus dos hijos le habían dado motivo de preocupación en ese aspecto y había perdido la perspectiva de que los niños enferman y de que sus hijos no eran tan diferentes de los demás como para mantenerse al margen del resto del mundo.

Roble José corrió  también a la cama de su hermana en cuanto llegó a la casa, soltó su cartera de libros sin ni siquiera mirar, y subió los escalones que ascendían al primer piso en donde se encontraban los dormitorios. El médico ya la había visitado y mientras su madre y su abuela se movían nerviosas por la casa, su padre, con las manos aún manchadas con la grasa negra del taller, se había marchado a comprar los medicamentos para su hija.

La niña parecía dormida cuando su hermano se acercó a la cabecera de la cama. Ardía y se quejaba de dolores en el estómago. Había tenido diarreas y vómitos durante toda la mañana y sus ojos hundidos y febriles parecían ahora más grandes que nunca. Roble José tocó primero la frente de su hermana y apretó aquella mano ardiente y pequeña entre las suyas. Perdió absolutamente la noción de todo: Se sintió mareado, le invadieron las náuseas y sintió un intenso dolor abdominal. Cayó de rodillas junto a la cama con una mano apoyada en la frente de la enferma y la otra sujetando con más fuerza aún la mano de la niña. Cinco minutos más tarde la abuela Lucía apareció en la puerta con una jarra de agua y el remedio recetado por el médico. Se acercó presurosa dejando la bandeja sobre la mesilla y levantando a continuación al niño del suelo. En un primer momento creyó que se había contagiado con el mal de su hermana, pero tanto Lucía como Roble José abrieron casi al mismo tiempo los ojos como despertados de un sueño profundo.

La fiebre de la pequeña Lucía había desaparecido, tan sólo se encontraba algo cansada y pidió a su abuela que le acercara su pony y sus muñecas a la cama

después de beberse dos grandes  vasos de agua.

Roble José aún estuvo durante un rato mareado, pero poco a poco se fue recuperando y aquella noche tomó su cena como si tal cosa ante la mirada perpleja de su familia que no querían creer lo que en el fondo ya sabían: las facultades especiales de aquel niño se estaban ampliando.

Nunca habían hablado abiertamente con Roble José sobre aquellos dones que el cielo le había otorgado y su padre decidió aquella noche que ya tenía edad y entendimiento suficiente para hacerlo.

–           Sabes lo que ha pasado, ¿verdad?- dijo el padre, casi en un susurro.

El muchacho apenas levantó la cabeza al contestar. –Sí. Lo sé, padre, lo sé.-

-Llevas contigo una bendición de Dios y eso nos enorgullece, pero tememos por tí.- prosiguió emocionado el hombre -todo el bien que puedes hacer a los demás puede convertirse en un problema para tu vida. En general la gente no agradece el bien que reciben y tu corazón es demasiado noble para ser egoísta, es necesario que entre todos controlemos esta situación para que nadie te dañe, al menos mientras podamos evitarlo.-

Rodeaba con su brazo los hombros del muchacho, necesitaba obstinadamente proteger a su hijo y pensó en aquel momento que se enfrentaría con cualquiera que se atreviera a tocarle.

La madre y la abuela asintieron con la cabeza. Roble José les lanzó una sonrisa esperando que alguien le dijera en concreto que era lo que tenía que hacer.

La abuela Lucía se inclinó sobre la mesa al hablar. –No se te ocurra decirle a nadie que puedes curar, se echarían sobre ti como lobos y no lo vamos a consentir.-

–           ¿Y si no lo puedo evitar?. ¿Y si se me acercan tanto que los tengo que tocar?.¿Qué hago, abuela?-

–           ¡Evítalo!. – casi gritó al decirlo –Y si no puedes, procura que nadie relacione tu intervención con la curación de su mal. Ya has visto el acoso al que te someten los vecinos para que les digas si lo suyo es grave o si su vaca o su mujer están preñadas, imagínate que harán si supieran que además puedes curarles.- Las palabras de su abuela sonaban suplicantes -¡Hijo protégete!. Eres todavía un niño.  Encontraremos una solución, alguna forma de que te dejen vivir en paz, como

cualquier otro muchacho del mundo.

–           ¡Dios mío!- exclamó la madre –Lucía es muy pequeña y lo habla todo,  ¿creéis que se ha dado cuenta de lo que ha pasado?-

Su marido la tranquilizó –No lo creo. Tú simplemente mantenla en cama durante dos días más, dile que lo ha ordenado el médico y te creerá. Su maestra verá lógico que tarde unos días en recuperarse. ¡Aquí no ha pasado nada!-

Era difícil que el muchacho ocultara durante demasiado tiempo aquel nuevo poder, lo único que podía hacer era morderse la lengua y apartarse todo lo que podía cuando un cuerpo enfermo le llamaba con aquel lenguaje indetectable para cualquier sensibilidad humana, pero tan claro y nítido para él, tal y como  hacía al percibir el final inmediato de sus vecinos. Pero la Naturaleza no le había otorgado aquel poder para mantenerlo oculto, sino para desplegarlo generosamente a su alrededor. Él comprendía que así era pero se resistía a ser diferente, le hubiera gustado disfrutar despreocupadamente de todo lo que la vida brindaba a los jóvenes de su edad, igual que sus amigos de la escuela, en cambio, aquel don le marcaba ante los demás porque le sabían distinto y le limitaba internamente porque, por alguna razón incomprensible para él, se sentía depositario de una responsabilidad encomendada y planificada por una fuerza muy superior a lo humano.

El día siguiente amaneció cubierto, el final del otoño se acercaba. El viento soplaba fresco entrando por la ventana entreabierta. Roble José se levantó de la cama frotándose los brazos, sentía frío y se dispuso a cerrarla antes de quitarse el pijama. Miró a través de los cristales a “el general” que en lo alto de la colina, le daba los buenos días cada mañana. En aquellas fechas, de sus ramas apenas pendía alguna hoja, pues el viento de otoño le iba desnudando antes de dar paso al invierno, le parecía más pequeño sin su gran sombrero verde. Muchas veces, había dibujado con la imaginación entre las rugosidades de su corteza un rostro humano y esa mañana, en la lejanía de su ventana volvió a verlo, pero esta vez también le pareció que aquellos brazos de largos dedos leñosos se agitaban saludándole con un gesto amigable, o tal vez llamándole. Sacudió la cabeza y se dispuso a lavarse antes de que se hiciera más tarde para acudir a sus clases.

Mientras caminaba por las calles del pueblo camino de la escuela, se iba uniendo a otros chicos y chicas de edades variadas. El pueblo había crecido por sus tierras más bajas en los últimos años. La industria textil había colocado en las afueras de la localidad varias fábricas formando un complejo industrial cercano a la autovía, por suerte, pensaba Roble José, en la zona opuesta a donde se encontraba su casa y donde aún podía disfrutar del verdor de la naturaleza. Los trabajadores, inmigrados en su mayoría de otras comunidades españolas, se habían afincado en la localidad y la construcción de nuevas viviendas había proliferado modificando inevitablemente la estructura original del pueblo. Había oído decir a su padre que gracias a eso su negocio de taller mecánico se había visto favorecido  por  la afluencia  de  nuevos  clientes,  aunque se hubieran abierto dos talleres más en pocos años.

Casi llegando al muro que rodeaba el centro escolar, oyó a sus espaldas que, entre risas, la voz de otro muchacho se dirigía inconfundiblemente a él: -¡Ese es el tío raro!, ¡Eh!, ¡Tío raro!… Dice mi madre que estás endemoniado.-

–           ¡Cuidado!- rió otro -¡Si te toca te mueres!-

–           ¡O te deja preñao!- gritó el anterior.

Roble José sintió el latido de la sangre en las sienes, nunca antes había sentido tanta rabia dentro. Se revolvió tirando su mochila al suelo y rodeando con su brazo el cuello de uno de los chicos, le hizo caer al suelo cortando de golpe las carcajadas del grupo que le rodeaba. Tenía la cara roja de cólera, quería partirle el cuello, acabar con él y luego con los demás, no sentía ninguna piedad y mientras le atenazaba no era consciente de que su oponente, mientras pataleaba y daba manotazos al vacío, se iba poniendo morado por momentos. No escuchaba nada a su alrededor aunque la chiquillería gritaba y le tiraba de la ropa para que soltara al chico. Un profesor llegó corriendo seguido de la directora, y entre los dos consiguieron hacerle soltar su presa antes de que pudiese asfixiarle.

Mientras trasladaban a la enfermería del colegio al chico que recuperaba el aire entre  toses  y  sonoros  pitos,  Roble José  fue  conducido  al  despacho  de la

directora.

-¡Sabes que tenemos que poner en conocimiento de tus padres lo que has hecho, ¿verdad?!- le increpó la directora con el tono alterado.

Roble José sollozaba cabizbajo. –¡No fue mi culpa!- Se limpió las lágrimas con la manga de su jersey.

La mujer le extendió un pañuelo de papel que sacó de su bolso. –Límpiate los mocos- Observó al muchacho, tenía la cara y los pantalones manchados de barro. Le conocía desde hacía cinco años, desde que tras el fallecimiento del anterior director, se le había asignado plaza en aquel pueblo, y siempre le inspiró simpatía aún cuando apenas había tenido un contacto muy directo con él.

–           ¿Qué te ha pasado, Roble?-

-No lo sé. Se reían de mí, me llamaron endemoniado, y no sé que me pasó, sólo que tenía mucha rabia. Quería que  dejaran de reírse de mí,  pero no me dí cuenta de que le estaba haciendo tanto daño, ¡de verdad!. ¡No sabía que apretaba tanto!-

–           ¡Bien, yo te creo!, pero entiende que no puedo permitir que en esta escuela haya agresiones ni peleas de ningún tipo, las provoque quién las provoque, ¿puedes entender eso?-

–           Sí. Lo comprendo. Pero yo no empecé la pelea,  no es justo que pague yo sólo.- Fruncía el ceño y apretaba el pañuelo con fuerza. –No tiene derecho a insultarme. Ese chico es nuevo y no me conoce, ¿por qué me insulta?, ¿por qué se ríe de mí?.-

–           Puede que tengas razón. También él debe responder por su comportamiento, pero ahora no estamos juzgando su actitud, sino la tuya, y debes reconocer que la agresión física no es la mejor forma para solucionar los problemas. Es la primera vez que organizas un altercado como este y, por tanto, serán tus padres quienes se encarguen de imponerte el castigo que mereces, la próxima vez tendré que abrirte un expediente y cargarás con las consecuencias. ¿Me he expresado con suficiente claridad?.- Las palabras de la directora eran tajantes e  hicieron que  Roble José permaneciera erguido y  pegado al respaldo de su silla.

–           Si, señora- respondió en voz baja.

–           Márchate ahora a tus clases. Hablaré con tus padres.-

Se marchó preocupado. Empezaba a darse cuenta de que había perdido el control y se lamentaba por ello. Seguramente, pensó, a partir de ese día nadie querría volver a jugar al fútbol con él. Le tendrían miedo. Le invadió el cuerpo el temor de quedarse solo, le gustaba relacionarse con sus compañeros y la posibilidad de perder su amistad le asustaba profundamente.

Don Sergio, su profesor de aquel año hablaba con la señorita Adela, la que fue años atrás su maestra y por la que sentía un gran cariño. Trataba a los niños con un afecto especial. Ahora, mirándola mientras se aproximaba a ellos la notaba envejecida, había muchas canas entre su pelo antes negro y alrededor de sus ojos se habían formado bolsas que le hacían parecer fatigada a todas horas. Apoyaba las manos en sus costados y flexionaba el cuello hacia atrás con un gesto de dolor. Don Sergio le aconsejaba señalando un papel que sujetaba en su mano.

–           ¡No seas tonta!, estas cosas no suelen remitir, al contrario, se van agravando con el tiempo. Yo que tú cogería un periodo de descanso.-

Roble llegó a la puerta de su aula y miró la espalda de la señorita Adela. Casi con la misma nitidez que podía ver los cuadros verdes y marrones de su falda, distinguía una parte de la columna vertebral de la mujer. Allí, donde irradiaba mucho más calor, a la altura de los hombros, podía ver entre dos de sus vértebras una protrusión blanda que sobresalía de ellas. Podía percibir el dolor de la maestra a causa de aquello.

La voz de Don Sergio le hizo apartar la vista. -¡Vamos chaval!, entra de una vez en clase… ¡Menudo trago me has hecho pasar de buena mañana!-

Durante todo el día las clases transcurrieron tranquilas. Al entrar al aula, Roble pudo ver algunos de los chicos que, junto con el lesionado, habían provocado el incidente matinal, cruzaron miradas de desafío pero ninguno se movió ni le dirigió la palabra. Se sentó en su pupitre y el compañero de su derecha le sonrió y levantó su dedo  pulgar en  señal de  aprobación.  Eso hizo que  Roble José  respirara  con

alivio: ¡había alguien que no le odiaba!. Aquel chico también era nuevo, apenas había cruzado algunas palabras con él desde que comenzó el curso hacía pocas semanas. Se llamaba Marcos y sus padres trabajaban ambos en una de las fábricas textiles que habían abierto pocos meses antes.

Notó unos golpecitos en su espalda, se volvió encontrando la cara sonriente de Alicia Cabello: -No te preocupes por lo de esta mañana. Ese chico es un imbécil. Dicen que en el colegio que estaba antes también montaba peleas continuamente y que le habían expulsado, yo creo que hasta ahora nadie le había zurrado la badana.-

Roble José respondió sonrojado: -Gracias.-

Alicia Cabello tenía la misma edad que Roble y desde el primer año asistían juntos a la misma clase. Asombrosamente para Roble, hasta aquel día nunca se había fijado en ella. Las chicas jugaban por su cuenta en el recreo y no se interesaban jamás por las mismas cosas que sus amigos, por eso, a pesar de conocerse de toda la vida, era raro que compartiesen demasiadas cosas, pero a aquellas edades, la química natural de sus cuerpos comenzaba a cambiarles y empezaban a descubrir prioridades distintas de las que hasta entonces habían tenido.

Cuando sonó el timbre que anunciaba la salida al patio en el tiempo del recreo, se organizó como siempre un estruendo de sillas, pupitres, gritos, risas y carreras de chiquillos ansiosos por salir a desahogar su energía y a comer los tentempiés que guardaban en sus mochilas escolares.

Don Sergio alcanzó por el brazo a Roble, casi al vuelo, pues éste corría junto con los otros para salir del aula. -¡Roble! ¡Espera por favor!,-

El chico se giró. –Lleva esta tarjeta a la señorita Adela- Le entregó una tarjeta en donde podía leerse: “Arturo Lloria Bofill. Traumatólogo” con una dirección y un número de teléfono de Barcelona. –Yo tengo que salir. Dile que llame cuanto antes, ¡Que no lo deje ni un día más!-

Roble corrió hacia el aula que años atrás ocupara él mismo. Encontró a la maestra sentada en su silla, con la frente apoyada en  los brazos cruzados sobre la

mesa, levantó la vista al oírle entrar. -¡Hola Roble! ¿Qué pasa?-

–           Nada. Don Sergio me ha dado esto para usted.- Se fijó de nuevo en el resplandor opaco que irradiaba su espalda. –Dice que llame cuanto antes-.

La mujer alargó la mano cansinamente. Aunque trataba de disimularlo, no podía ocultar el sufrimiento que le producía la hernia discal que le habían diagnosticado meses atrás. Leyó sin interés la tarjeta.

–           Tiene tiza en la blusa, señorita Adela, ¿se la puedo sacudir?- La maestra hizo ademán de mirar a su espalda, pero desistió. –Sí, gracias Roble. He debido rozarme con la pizarra. Ten cuidado por favor- La voz de aquella mujer seguía siendo amable a pesar del dolor.

Roble José simuló barrer con los dedos la zona que veía afectada. Concentró toda su atención en ella y apoyó las dos manos en la espalda de la mujer. La señorita Adela cayó de nuevo sobre sus brazos como en un vahído en el mismo instante en que el muchacho sentía un dolor punzante en el centro de su columna. Apretó los dientes y avanzó hacia la puerta.

Minutos más tarde, la señorita Adela abrió los ojos, el muchacho ya no estaba allí y se sintió ridícula por haberse dormido. Tardó horas en darse cuenta de que el dolor que la torturaba había desaparecido. En las radiografías que le realizaron después de esa fecha no hubo rastro de hernia discal y ella nunca supo que pensar.

A la salida de la escuela, Roble se dirigió a su casa preocupado, sabía que le esperaba un buen rapapolvo por haberse peleado aquella mañana. Su padre era un hombre recto en ese sentido y temía su enfado. Cuando casi estaba llegando rodeó por la calle anterior dirigiéndose camino de la colina que desde su habitación, por detrás de la casa, podía ver cada día. Se sentía mal no sólo por la regañina que seguramente le esperaba, sino por su propio cuerpo al que sentía cansado y dolorido. Por alguna razón y sin premeditarlo, sus pasos le conducían hacia aquel lugar tan familiar para él sin importarle el viento frío de la tarde. Se paró ante el árbol que le vio nacer y dejando con cuidado su mochila sobre la hierba se abrazó a su tronco apoyando la cara en la áspera rugosidad de su superficie.

El cansancio y el dolor iban desapareciendo como aspirados por el árbol dejando paso a una sensación de paz indescriptible. Podía oír el latido de su propio corazón y nada le preocupó en aquel instante. El viento había dejado de soplar a su alrededor, o al menos él no lo notó. Ya no sentía frío, ni dolor. Oyó dentro de su cabeza cómo le hablaba con un lenguaje sin palabras, pero no sintió miedo.

Se despegó del árbol y comenzó a bajar hacia la casa de piedra. Iba relajado y tranquilo. Ahora sabía mucho más que antes.

VI

La amistad entre Marcos y Roble José se hizo cada día más fuerte, compartían juegos y confidencias y siempre andaban juntos a todas partes. Marcos era tan alto como su amigo pero mucho más delgado y desgarbado que él, le gustaba gastar bromas constantemente y sus ocurrencias hacían reír a Roble menos cuando bromeaba sobre los sentimientos que Alicia Cabello despertaba en su tímido amigo. Desde aquel día, meses atrás, en que se desató la pelea en la puerta del colegio, Roble sentía una abrumadora emoción al hablar con su amiga Alicia y ésta, tocada por el mismo sentimiento, aprovechaba cualquier ocasión para acercarse a él.

Había confesado a su amigo Marcos lo mucho que le gustaba Alicia, cosa que era muy evidente pues sólo de verla llegar de lejos se sonrojaba. A veces, en clase, Alicia le susurraba algo al oído o se inclinaba junto a su cara para leer sus apuntes, y a Roble le parecía que el olor inconfundible a canela que desprendía su pelo y su vestido era el más maravilloso perfume que se había inventado.

Las vacaciones de verano habían llegado y Roble pidió a sus padres permiso para ir a comer a casa de Marcos. Era algo que solían hacer con cierta frecuencia. El postre se lo tomaron sentados en el balcón disfrutando de la brisa que corría por aquel lado de la vivienda. El padre de Marcos tosía tumbado en el sofá, hacía tiempo que se encontraba enfermo.

Roble no dejaba de mirar de reojo al hombre que se movía molesto de un costado a otro, -¿Desde cuando tiene tu padre eso en los pulmones?- interrumpió de pronto a Marcos que le contaba algo sobre unas botas deportivas de su primo.

-¿Qué?-

–           Digo que desde cuando tiene eso en los pulmones.-

–           No sé. Hace mucho. Cuando nos trasladaron de la otra fábrica ya tosía así. ¿Por qué?-

–           Es por el veneno que respira en el trabajo ¿verdad?- siguió Roble.

–           Debe ser. Mi madre dice que no toman suficientes precauciones y que se traga toda la mierda de los tintes, pero aunque toma muchas medicinas siempre está igual.-

–           Igual no.- Inquirió Roble –se está secando.-

–           ¿Qué se está secando?- Marcos le interrogaba extrañado.

–           Sus pulmones se están secando.- El muchacho tragó saliva, sabía que se estaba metiendo otra vez en un terreno peligroso. Quería hacer algo por el padre de su amigo pero sin llamar, como siempre, la atención de nadie. Podía ver bajo el pecho de aquel hombre manchas oscuras, fibras necrosadas y la sensación clara de que la vida se le escapaba si  él no hacía algo pronto.

–           ¡Voy al baño!.- Se levantó antes de que Marcos dijera nada y entró en el salón. Simuló tropezar y se apoyó sobre el cuerpo del hombre que se incorporó de golpe.

–           ¡Lo siento!- Lo dijo agarrando su camiseta y tratando de recuperar el equilibrio.

–           Tranquilo muchacho- el hombre le sujetó por los hombros. Fue cuestión de segundos: el padre de Marcos aspiró profundamente con los ojos cerrados, dejando caer lentamente su nuca sobre la almohada dispuesta en el sofá; una enorme fuerza brotó de las manos de Roble José invadiendo el pecho enfermo, purificando cada milímetro de sus pulmones, activando el recorrido de la sangre por las arterias, pero la punzada que el chico recibió a cambio en su pecho le hizo caer de rodillas.

Se levantó lo más rápidamente que pudo, tosió y le dolió al hacerlo. Miró hacia la puerta abierta del balcón: Marcos no se había enterado de nada. Volvió de nuevo a sentarse junto a su amigo que trataba de explicarle insistentemente una jugada futbolística  magistral,  pero Roble  no le oía,  aspiraba  el aire caliente de la

tarde tratando de controlar el malestar que revolvía ahora su estómago. Trató de seguir la conversación asintiendo a cada afirmación de su amigo mientras el sudor le empañaba la cara y el dolor se iba haciendo más y más lejano.

–           ¡Mira mi padre!. Por fin se ha dormido.-

Aquel episodio hubo de repetirlo en varias ocasiones más entre otras personas conocidas, con otras afecciones distintas o similares. Procuraba no llamar la atención ni dejar entrever la relación entre su contacto y la desaparición de los males que curaba, tal y como su familia le aconsejaba. El secreto de su don lo llevaban los Palau muy bien guardado, incluso la pequeña Lucía que crecía leal a su hermano y consciente de ser una pieza importante en su protección.

Cada tres o cuatro curaciones, Roble José acudía como la primera vez a abrazarse al roble y éste le transmutaba invariablemente el dolor en placidez. Era tal la unión del muchacho con el árbol, que a veces, mientras descansaba su cara en el tronco, perdía la noción de su cuerpo creyendo ser uno sólo. A veces, le parecía que las ramas del roble le abrazaban y se sentía sujeto y protegido como lo sintiera su madre años antes cuando aquellas mismas ramas asistieron su parto sirviéndole de apoyo.

VII

El tiempo pasaba y a Roble, como todo muchacho de quince años, le cambiaba la voz y el vello sombreaba su bigote y su barbilla. Siempre fue un chico grande y ahora, con su cuerpo de hombre, parecía más fuerte y de más edad.  La abuela Lucía le repetía veinte veces diarias que era el chico más guapo del planeta y a Roble le hacía enrojecer de vergüenza, sobre todo cuando se lo decía entre besos en presencia de sus amigos.

El final del curso se acercaba y las notas de Roble no podían ser mejores. Llegó corriendo a su casa, impaciente por enseñar su hoja de calificaciones y por tomar la merienda que, como cada tarde, le tendría preparada su abuela, y así era, pero esa tarde el muchacho percibió algo distinto al sentarse a la mesa, los ojos de la anciana tenían un brillo diferente y podía reconocer claramente que su marcha se acercaba. Comenzó a llorar silenciosamente sin poder evitarlo, la abuela Lucía le besó en la cabeza como hacía siempre, y no hicieron falta las palabras.

La tarde del funeral, una lluvia fina se unió a las lágrimas de los Palau, una parte fundamental de la familia se había marchado para siempre y la huella que la abuela Lucía dejó en la memoria de Roble José no pudo borrarse jamás.

Se preguntaba una y otra vez por qué la naturaleza no le había dotado del poder de evitar la muerte, así la abuela seguiría viva siempre junto a él, pero no encontró respuesta ni explicación. Ella se había ido y a Dios no parecía importarle su dolor.

Aquel verano fue largo a pesar de que todos cuantos rodeaban a Roble José hicieron lo imposible por animarle. Alicia y Marcos le organizaron una fiesta de cumpleaños campestre, decían que debía cambiar de aires pero en realidad querían sacarle de la casa, hacerle olvidar otras fiestas de cumpleaños en la cocina de la abuela. Sus padres estuvieron de acuerdo. Todo con tal de arrancar de nuevo una sonrisa de su hijo.

Las hormigas dieron buena cuenta de los restos de la comida. Los chicos se habían tumbado boca abajo sobre las mantas a la sombra de los árboles, adormilados con el piar de los pájaros y el canto de las chicharras, mientras Alicia sacudía disgustada los insectos que cosquilleaban en sus piernas.

-Deberíamos bajar a la piscina municipal antes de que me muera de calor- dijo de pronto Marcos.

Alicia se volvió hacia él. –No antes de que pasen dos horas. Tenemos que hacer la digestión.-

Marcos cambió de postura dándole la espalda. -¡No jorobes!-

Roble José distrajo la atención de sus amigos. -¿Os habéis fijado en lo organizadas que están las hormigas?-

-¡Pues claro!- Saltó Alicia. -¡Vaya una novedad!. Se meten por todas partes, me invaden, me pican, ¡Me dan un asco…!-

-¡No!- insistió Roble –miradlas bien…-

Se tumbaron a ambos lados de su amigo con la barbilla apoyada en los puños, esperando ver lo que tanto llamaba la atención de Roble. Desde su posición,   observaban el ir y venir de los insectos en líneas casi rectas, bordeando sólo los obstáculos más grandes, desde su hormiguero hasta el tronco de un árbol por el que ascendían para luego  descender cargadas con un trozo de hoja o cualquier otra partícula orgánica que introducían incansables en su nido. Algunas se agrupaban para transportar pedazos mayores y otras, seguramente exploradoras,  se apartaban dibujando en el suelo un código desconocido con una danza ritual cada vez que encontraban nuevos focos de alimento.

-¿Cómo nos verán a nosotros?- reflexionó Marcos.

–No sé. Somos demasiado grandes para ellas. A lo mejor ni siquiera nos ven.- Contestó Roble. –Así como tampoco nosotros podemos ver el conjunto de lo que nos rodea por el tamaño comparado de nuestros cuerpos.-

-¡Pues olernos, nos huelen!- protestó Alicia –¡Porque a mí me llevan frita!-

Los chicos se echaron a reír. Roble continuó hablando cómo para sí mismo.

–Su vida es mucho más corta que la nuestra. Cuando nacen, nosotros estamos aquí mirándolas, y cuando se mueren seguimos aquí y así podemos ver nacer y desaparecer cientos de generaciones de hormigas sin que eso signifique demasiado tiempo para nosotros.-

Alicia intervino. -¿Casi cómo Dios?-

Marcos se incorporó y palmoteó cómicamente en la cabeza de Alicia. -¡Te has “pasao”!-

-¡No se ha pasado!. ¿Por qué?.- continuó Roble José –Acuérdate de lo que nos dijo Don Sergio: todas las cosas son relativas. Todo depende de, en relación de con qué otras cosas las compares. No es descabellado lo que dice Alicia. Al fin y al cabo siempre nos han dicho que Dios ya estaba antes de todo y que siempre continuará después de nosotros y después de todo lo que conocemos o podamos conocer. Si el tiempo en realidad no existe, ¿qué es en realidad el antes o el después, el siempre o el jamás?.-

-¿De qué hablas Einstein?- rió Marcos.

-De que lo que nosotros llamamos tiempo, no es más que la evolución de nuestras células en comparación con la evolución de las células de otras especies animales o vegetales de este planeta.-

-No creo que las hormigas derrochen tanta filosofía.- exclamó Marcos desperezándose con un sonoro bostezo.

Alicia le riñó riéndose. -¡Mira que eres burro!-

-¡Cállate!, ¡E-na-mo-ra-da!-

-¡Idiota!-

Los tres amigos recogieron las mantas y las cestas con los restos de la comida e iniciaron el camino de vuelta dispuestos a acabar la tarde dándose unos buenos chapuzones en la piscina municipal y mientras descendían por la suave pendiente de la colina hablaban del siguiente curso escolar y de sus proyectos para el futuro.

Alicia cogió a Roble de la mano. -¿Tú sabes ya lo que vas a ser? Porque yo no tengo ni idea todavía.-

-Si.- contestó el muchacho, -Voy a estudiar medicina.

-Es una carrera larga y…- bajó los ojos para decirlo –te tendrás que ir lejos mucho tiempo.-Roble apretó su mano.

–Pero volveré todos los fines de semana, Barcelona no está tan lejos.- Se dirigió luego a Marcos que caminaba dos metros delante de ellos. -¿Y tú, Marcos?, ¿Qué vas a hacer tú?.-

El chico se volvió poniendo su mano de visera sobre los ojos. –A mi lo que me gusta de verdad son los coches. Tu padre es un buen mecánico, ¿crees que me dejará trabajar de aprendiz con él?, ¡ya tengo la edad!.-

-¡Pregúntaselo!- respondió Roble encogiendo los hombros.

-¡Mejor se lo preguntas tú!…, para eso eres su hijo y te hará más caso. A mí me da corte.-

-¿Quieres que se lo diga hoy… o cuando?-

-Si se lo pides hoy y te dice que sí, te doy un beso.-

-¡Quita, payaso!.-

El padre de Roble José aceptó a Marcos como aprendiz. Apreciaba al muchacho y conocía la férrea amistad que le unía con su hijo. Sabía que el destino de Roble no era precisamente el de continuar regentando el negocio familiar, aunque a él le hubiera gustado que así fuera, pero se sintió orgulloso de poder enviarle a estudiar a  la Universidad.

VIII

Con los años, Marcos fue un digno sucesor en el taller mecánico de la familia, y más aún cuando Lucía Palau, a los dieciocho años comunicó a sus padres su reciente noviazgo con él, algo que se sospechaba desde hacía tiempo, porque sus miradas y sus continuas citas en la discoteca o para ir al cine, aunque en compañía de su grupo de amigos, dejaba entrever un interés muy especial entre ambos jóvenes.

A Alicia, la marcha de Roble José a Barcelona le supuso una semana entera de llanto, hasta que éste bajó del autobús cargado con su maleta de fin de semana y, por supuesto, unos cuantos libros para continuar machacando asignaturas en casa. Su amor por él le duró toda la vida, pero el destino había previsto caminos muy diferentes para ambos.

Uno de aquellos fines de semana en los que Roble volvía a su casa, sólo vio esperándole en la estación de autobuses a su madre y a su hermana Lucía que acudían a recibirle. Se extrañó de que Alicia no las acompañara como siempre y después de besarlas y abrazarlas efusivamente preguntó por ella.

-Se ha marchado urgentemente a Zaragoza.- le informó su madre. –Ha dejado una carta para ti.-

-¿Una carta?,- El joven miraba a las dos mujeres sin entender. -¿Es que no va a volver?, ¿Se puede saber que ha pasado?-

Su madre continuó hablándole mientras subían su maleta en el coche de Lucía. –Ha ocurrido una desgracia, al parecer el coche donde viajaba su padre se salió de la autopista, no sabemos la causa, pero el pobre hombre se ha matado.-

-¿Y Alicia?.-

-¡Imagínate!. Su madre y ella se han ido enseguida para allá.-

-Pero, va a volver, ¿verdad?.

-No lo sé hijo, espero que sí.

Al llegar a la casa besó apresuradamente a su padre y corrió a encerrarse en su habitación para leer la carta que le había dejado Alicia. En aquellas líneas temblorosas podía leer toda la tristeza de quién ha perdido algo muy querido, Roble conocía bien aquel sentimiento.

Le contaba su dolor y las circunstancias de la muerte de su padre. Todo había ocurrido a la vuelta de un viaje a Zaragoza de donde procedía parte de su familia para solucionar papeleos relacionados con la herencia de sus abuelos. Desgraciadamente, un fallo cardíaco le hizo desvanecerse y se salió de la autopista, el impacto fue muy fuerte y falleció enseguida.

El hermano menor de su padre le ofreció a su cuñada un puesto bien retribuido en su despacho de arquitectura y ésta aceptó inmediatamente, al fin y al cabo, los únicos ingresos que hasta entonces les sustentaban, era por el trabajo de su padre y una vez desaparecido no aguantarían mucho con tan sólo el dinero que cobrarían del seguro de vida. El trabajo en el pueblo era muy escaso en esa época.

Alicia le rogaba que no dejara de escribirle a su nueva dirección de Zaragoza en casa de sus tíos y le prometía volver a verse en el pueblo cada verano. La joven temía no volver a verle y aquella fatalidad hacía muy difícil la continuidad de su relación.

Roble José lloró amargamente hasta la hora de la cena. Su familia, conscientes del mal trago que estaba pasando, trataba de animarle por todos los medios pero sin ningún éxito, ni siquiera cuando le anunciaron la próxima boda de su hermana Lucía con su amigo del alma. A esa noticia Roble contestó con un gran beso a su hermana, pero no hizo más que recordarle su separación de Alicia.

Después de cenar, se encaminó como cada vez que volvía de la Universidad, hacia el roble que le esperaba para transmutar su dolor. Se mantuvo abrazado al árbol durante mucho rato. Esta vez sufría más su mente que su cuerpo y por tanto más difícil de limpiar. Las palabras inaudibles del árbol le calmaron, tenía que asumir que su vida lejos de aquel pedazo de tierra era imposible.

En su vida de estudiante, lejos de casa, su facultad para detectar los males y sanarlos no había mermado, sino al contrario. Había desarrollado la habilidad de ejercer su don con tal maestría que ninguno de sus profesores o compañeros había notado jamás su intervención en la desaparición inexplicable de dolores y afecciones de todo tipo. Pero desde el primer momento se había manifestado como un genio ante los catedráticos de todas las asignaturas.

Su facilidad para aprender, para diagnosticar una determinada enfermedad o para identificar síntomas u órganos dañados, había asombrado a los médicos más renombrados y gozaba de las simpatías de todos ellos.

Pero la necesidad de volver al árbol para limpiar todo lo nocivo que arrancaba a los demás, le hacía tan dependiente como un diabético de la insulina, con el inconveniente de que aquel enorme roble no podía ser transportado a cualquier sitio.

Casi había terminado sus estudios, cursaba el último año de carrera y su hermana Lucía acababa de dar a luz a su primera hija. Todo parecía perfecto en la vida de Roble José Palau, pero la vida siempre nos mezcla una almendra amarga entre las dulces.

El teléfono de la residencia de estudiantes sonó y por los altavoces se escuchó la llamada para el señor Palau. En ese momento estaba estudiando en su cuarto, se apresuró a ponerse los zapatos y bajó corriendo las escaleras que conducían a recepción.

-¡Diga!-

-¿Roble?- la voz de Marcos sonaba nerviosa -¿Eres tú?-

-¡Sí, sí!, ¡soy yo!. ¿Qué pasa?.-

-¡Coge el primer autobús que encuentres!, Tu padre está muy mal.-

Colgó rápidamente sin esperar más explicaciones, sólo recogió su chaqueta y algo de dinero. Se lanzó hacia el primer taxi que pasaba y casi en marcha pudo alcanzar el último autobús que le llevaría a su casa. Durante el trayecto, rogó al Cielo que aguantara vivo a su padre. Confiaba en llegar a tiempo, concentraría toda su fuerza en mantenerle con ellos muchos años más, aún era un hombre joven. No podían arrancarle de sus vidas cuando aún le necesitaban tanto. No era justo.

Marcos le esperaba en la estación. Se unieron en un abrazo interminable. El sollozo ahogado de su amigo se lo dijo todo: había llegado tarde.

Roble tuvo que hacer alarde de fuerzas para poder hablar. -¿Qué ha pasado?-

-Subíamos uno de los coches con el elevador para repararlo- Tuvo que dejar de hablar durante un momento. –Parece que el vehículo no estaba bien sujeto y se volcó. No le dio tiempo a apartarse, cayó sobre él y le aplastó el pecho.- Se abrazó otra vez sin consuelo a Roble José. -¡Te juro que no pude evitarlo!, ¡Te lo juro!.-

Llegaron a la casa de piedra, había mucha gente, demasiada. Los vecinos se apartaban a su paso tendiéndole la mano en señal de pésame. Cuando entró, su madre y su hermana se lanzaron a sus brazos rotas por el dolor.

-¿Dónde está?- a Roble apenas le salía un hilo de voz. La madre señaló una puerta. –Ahí en la sala.-

Roble se volvió hacia su hermana. -¿Y la niña?.-

-Con mi suegra.-

Quería dormirse y despertar fuera de aquel mal sueño. Pestañear y darse cuenta de que nada de aquello estaba pasando, pero sí estaba pasando. Puso sus manos como había hecho cientos de veces sobre el cuerpo inerte del padre para restablecerle de nuevo, volverle a la vida, reírse de la muerte, pero no le estaba permitido transgredir las leyes de la Naturaleza y no pasó nada, seguía inmóvil, invariable en la escena patética de su desesperación, de su impotencia. No podía luchar contra la muerte, pero ¿qué significaba entonces su dolor disuelto en el inmenso mapa cósmico?. Nada. Imperceptible. No había piedad, la Naturaleza no  podía pararse  a compadecer el sufrimiento de unas cuantas criaturas,  porque para la Naturaleza, en su ciclo inagotable de vida-muerte, el dolor humano es incomprensible.

 IX

Nadie entendió por qué Roble José Palau, el mejor alumno de la Facultad de Medicina de todas las promociones que recordaban sus profesores, rechazó las ofertas de trabajo, en las mejores clínicas de Barcelona, que jamás se habían hecho a un Licenciado con la carrera recién estrenada.

Terminadas sus prácticas. Roble decidió instalar su propia consulta en su pueblo. Necesitaba cada vez con mayor frecuencia visitar el árbol y no tenía otra opción.

Hacía ya tiempo que los planes de unión con Alicia se habían roto. Había conocido a otras chicas en la Facultad, pero el recuerdo de Alicia y la esperanza de poder vivir con ella algún día había frenado cualquier impulso. Nadie le gustaba más que Alicia y a nadie podría querer más que a ella, pero la joven se negaba a abandonar Zaragoza, había construido allí una nueva vida y ahora, dejar su trabajo  y a su familia para volver a una ciudad tan pequeña, no le apetecía nada. Había tratado de convencerle para que se instalara con ella en una ciudad más grande donde, seguro, le esperaba un gran porvenir, pero Roble optó por no descubrirle las verdaderas razones de su obstinado asentamiento en aquella tierra porque, creyó y con razón, que la pondría entre la espada y la pared y eso no le parecía justo, así que decidió continuar una amistad por carta, cosa que terminó por distanciarles inevitablemente.

Así que, convertido en un médico de inmejorable reputación y visitado por enfermos de todas las comarcas de Cataluña, Roble José pasó de tener una pequeña consulta en su casa, a otra, mucho más grande en el centro del pueblo. Tuvo que contratar a Amelia, una enfermera de edad madura que resultó ser amable y eficiente para que le ayudara a organizar las visitas y los historiales médicos. Constantemente tenía pacientes esperando, su fama de médico infalible se había extendido no sin razón. En el fondo estaba contento de poder ayudar a la gente con su secreto don y con todos los conocimientos adquiridos, esa era al fin y al cabo su misión y la razón de su vida.

La madre de Roble estaba orgullosa de sus hijos, pero sobre todo de ser la madre del Doctor Palau. Le esperaba cada día con la comida y la casa dispuestas, a veces con la sorpresa de recibirle con su nieta en brazos. La niña se parecía extraordinariamente a su tío, incluso en el carácter tranquilo y el aspecto siempre saludable.

La viuda parecía haber superado la trágica pérdida de su marido, pero algunas veces su hijo la había encontrado llorando en la cocina con su foto entre las manos.

Roble se levantó temprano, como cada mañana, y entró en la ducha antes de desayunar. Pasó su mano por el espejo empañado de vapor para afeitarse. Pensó en la cantidad de cosas que, de forma mecánica, hacen las personas todos los días. Le llamó la atención algo en su pecho en lo que no había reparado. Inclinó la cabeza para mirarse y arrancó de entre el vello unas pequeñas partículas verdes. Las observó con detenimiento, sin duda había arrancado pelo de su cuerpo al recogerlas pues le había dolido al hacerlo. No tenía ni idea de como se le habían podido quedar pegadas allí. Encogió los hombros y continuó con su afeitado sin pensar más en ello.

Durante la cena de la noche siguiente, inclinado sobre el plato, Roble José hablaba con su madre del nuevo embarazo de su hermana, la mujer se levantó de la mesa para alcanzar algo del armario de la cocina y al pasar junto a su hijo arrancó algo pegado a su pelo y que le hizo dar un salto en la silla.-

-¡Ay!, ¿qué haces mamá?-

-¡Perdona!, he debido de arrancarte algún pelo al quitarte esto.-

Roble se quedó perplejo al mirar unas hojillas verdes que su madre le mostraba en la palma de su mano.

-¿Dónde te metes, hijo?-

La pregunta no esperaba respuesta y Roble se mantuvo sabiamente callado el resto de la cena. Se marchó pronto a la cama meditando sobre aquellas pequeñas hojas que sorpresivamente habían aparecido por segunda vez en su cuerpo. Con la misma naturalidad con que a otros hombres les salen canas, el cuerpo de Roble José creaba pequeñas hojas lobuladas iguales a las del roble.

Tuvo que acostumbrarse, porque durante los siguientes años, empezando por la primavera y acabando con el otoño, Roble José Palau arrancaba de su cuerpo muchas hojillas cada mañana. Lo hacía secretamente incapaz de compartirlo con su propia familia. No quería provocarles más preocupaciones.

Su madre nunca supo aquel nuevo secreto. Dejó de existir un año después del nacimiento de su segunda nieta. Se fue igual que la abuela Lucía: casi en silencio. Roble lo supo una mañana al levantarse y otra vez le fue vedada la posibilidad de retenerla, porque así debía ser.

La muerte de su madre le supuso un duro golpe. Los recuerdos de su niñez, sus cuidados, aquella risa tan particular que le hacía reír a él al escucharla, cada rincón de aquella casona tan enorme ahora, todo le recordaban a su madre.

No se sentía solo, pero sí cansado. Si le hubieran dado a elegir hubiera diseñado otra vida más normal, pero el destino llega a sus propias conclusiones y no se siente en la obligación de dar explicaciones a un corazón humano.

Los días pasaban todos iguales y el Doctor Roble José Palau ya no sabía bien quién era ni de que forma tenía que seguir viviendo. La mitad de su vida había sido en realidad un gran secreto, y un hombre no puede vivir ocultándose del mundo y de la gente eternamente, y menos aún haciendo cómplices de su silencio a todos aquellos que le han amado siempre. Una carga, sin duda, demasiado pesada para un hombre que sólo quiso ser feliz.

 X

La enfermera se impacientaba, hacía casi dos horas que el Doctor Palau debería haber llegado. Solía ser siempre el primero en llegar, nunca había conocido un médico tan atento con sus pacientes ni tan puntual. Él le decía que los enfermos siempre son lo primero, que un paciente no puede esperar. Aquella tardanza tan larga, sin justificación previa, sin un aviso, no era normal. Llamó a su casa, pero no contestó nadie. La consulta estaba llena y los pacientes protestaban. Dos de ellos ya se habían marchado hartos de esperar. Insistió con el teléfono, llamó dos, tres veces más, pero nadie contestaba. Cayó en la cuenta de que el taller mecánico de Marcos Pastor no estaba lejos del domicilio del Doctor Palau y se apresuró a buscarlo en la guía telefónica. Sonó sólo dos veces y al otro lado del hilo escuchó al cuñado del médico.

-¡Talleres Palau!, ¡Dígame!-

-¿El señor Marcos?-

-El mismo. ¿Quién llama?-

-Buenos días.- La voz de la enfermera sonaba impaciente. –Soy la enfermera del Doctor Palau. No ha llegado aún a la consulta y estoy preocupada, no es normal en él. Por favor, ¿sería tan amable de confirmarme que se encuentra bien?-

Marcos levantó las cejas extrañado por la pregunta. -¿Ha llamado a su casa?-

-Por supuesto. Varias veces, pero nadie coge el teléfono, por eso he decidido molestarle a usted. De verdad que siento alarmarle pero, ¿podría?, por favor……-

-¡ Naturalmente!. Iré ahora mismo. Gracias por llamar.-

Marcos colgó el teléfono intranquilo. Tuvo el presentimiento de que algo malo estaba pasando, Roble José era realmente formal, sobre todo tratándose de sus pacientes. Él jamás faltaría a su consulta sin un aviso previo o una razón muy justificada. Vivía únicamente para la medicina.

Se lavó las manos secándose después con un paño sucio y se encaminó hacia su moto dando instrucciones a los dos empleados del taller.

Sólo tardó unos minutos en llegar a la puerta de la casa de piedra de Roble José Palau, tocó con los nudillos varias veces sin éxito y decidió a continuación empujar la pesada puerta de madera que se abrió sin mucho esfuerzo. Su amigo no la cerraba casi nunca con llave, Marcos lo sabía y eso le preocupó más aún.

La casa estaba en orden, como siempre, pero Roble no estaba. Sus libros, su ropa, todas sus cosas permanecían en su lugar, pero no era posible que su amigo hubiera desaparecido así, sin más. Se le puso un nudo en la garganta al pensar en un accidente pero lo descartó enseguida, Roble no tenía coche, se trasladaba andando de su casa a la consulta en el centro del pueblo y siempre recorría el mismo camino, en caso de que hubiera tenido algún accidente todo el mundo lo sabría a aquella hora. Llamó desde el teléfono de la casa a la consulta.

-¡Amelia!. Soy Marcos Pastor, estoy en casa de mi cuñado y aquí no hay nadie, ¿aún no ha llegado?-

-Aún no. ¿Qué hago?-

-Llama a la Guardia Civil-

-¿Está seguro?- Marcos dudó unos segundos y por fin contestó.

-No, pero llama.-

 XI

Nadie había visto al Doctor Palau desde el día anterior. Su comportamiento fue normal en todo momento, cómo siempre, según atestiguaron la enfermera y los pacientes a los que atendió la última tarde. La casa se encontraba en perfecto orden: la cocina, el baño, su dormitorio y todas las estancias de la casa.

–Mi hermano siempre fue muy ordenado para sus cosas.- Lucía se secaba los ojos sentada en la cama de Roble José mientras el oficial y su ayudante revolvían con guantes transparentes por todos los rincones y tomaban notas.

-Es curioso- interrumpió el oficial, -sus maletas siguen colocadas en el altillo del armario y al parecer no falta nada de ropa.- Se volvió hacia Lucía. –Porque estas serán sus maletas y toda su ropa ¿verdad?.-

-Sí, así es. Yo vengo de vez en cuando a echarle una mano con la colada y no he echado nada en falta. La señora que le hace la limpieza vino ayer mismo, por la mañana y…-

El oficial volvió a interrumpir –Sí, sí. Ya hemos hablado con ella. Todo está tal y como lo dejó al marcharse, al parecer ni siquiera ha pasado aquí la noche y no hay signos de violencia, esa hipótesis está ya descartada. Analizaremos las huellas pero por lo que puedo observar, dudo mucho que encontremos otras que no sean las de la señora de la limpieza o las del propio Doctor.-

El ayudante se dirigió también a Lucía –Tal vez nos aclare algo saber que sitios frecuentaba: casas de amigos, alguna mujer, bares, establecimientos de ocio…-

-¡No!- Lucía se levantó de golpe –¡Mi hermano no frecuenta ningún sitio raro si es eso lo que sugiere, y sólo se dedica a su trabajo!.-

-¡Tranquila señora!- rectificó el guardia –no pretendía ofenderla, sólo necesitamos que nos aporte pistas para poder encontrarle. ¡Compréndalo, por favor!. Puedo entender su nerviosismo pero eso no nos va a ayudar. –

Lucía sujetó su cabeza entre las manos mientras buscaba el apoyo de su marido. -¡Lo siento!, ¡Lo siento!-

El oficial continuó –comprendan ustedes, es normal que la gente tenga amigos o novias o lo que sea, al fin y al cabo el Doctor Palau es un hombre joven, no sería nada del otro mundo que después de la nochecita que tuvimos ayer y tal y como sigue el tiempo, se hubiera marchado a casa de algún conocido y haya pasado la noche allí.-

-Una noche es posible- intervino Marcos –pero no un día entero y faltando a su trabajo. Eso no es propio de Roble José, le conocemos demasiado bien, quítense ustedes esa idea de la cabeza.-

-De todas formas debemos investigarlo además de rastrear toda la zona, empezando por ese bosque de ahí.- El guardia civil aspiró hondo mientras observaba las lágrimas que Lucía no podía contener. –Lo siento. Hay que descartar cualquier posibilidad.-

Casi toda la colina fue acordonada rápidamente. Había ropa desgarrada y medio enterrada por el barro y todo indicaba que era propiedad del desaparecido. No hubo duda. El maletín de Roble José Palau se encontraba a escasos metros del lugar en donde se encontró la ropa, la cartera con dinero y con su documentación, también.

-¡Digan a todos esos curiosos que se aparten!.- gritó el oficial a sus hombres.

-Aquí no hay nada para ellos y están obstaculizando la investigación.-

-¡A sus órdenes, sargento!.-

-¡Orinaga!, ¿Ha llegado ya el forense?-

-¡No, señor! Pero me comunican de la central que hace rato que salió. Está a punto de llegar.-

El ayudante se acercó al oficial al mando. –Lo vamos a tener crudo. Después de la tormenta de anoche no quedan huellas, no hay más que barro.-

-¿Qué hay del rayo?- preguntó el sargento.

-Al parecer sólo partió y quemó parte del árbol pero en la ropa que hemos encontrado no hay rastro de fuego ni de sangre.-

-Eso lo dirá el laboratorio- inquirió Navarro.

El ayudante rectificó –quiero decir a simple vista, mi sargento.-

Un guardia se acercó arrastrando con cierta dificultad las botas embarradas. –¡Sargento Navarro!, el forense ha llegado.-

Los dos hombres se estrecharon las manos. El forense habló primero:

-¿Han encontrado el cadáver?-

-Aún no, pero a la vista del estado de las ropas no debe andar muy lejos. Parece el ataque de una fiera o algo así, pero me extraña, por estas comarcas no existen animales de esas características, sólo alimañas de pequeño tamaño y no son tan agresivas ni tan fuertes cómo para arrastrar el cuerpo de un hombre adulto. Hemos pensado también en la posibilidad de que le haya alcanzado el rayo que partió anoche este árbol, pero en ese caso ¿dónde está el cuerpo?-

-Un hombre no desaparece así porque sí- contestó el forense mientras manipulaba cuidadosamente la camisa destrozada y la metía en una bolsa de plástico. –Habrá  que cavar, puede que esté enterrado.-

Los trabajos de excavación comenzaron pronto. La lluvia empezaba a caer de nuevo con insistencia haciendo más desagradable y más dificultosa la tarea de los hombres. Desde la casa, Lucía y Marcos miraban abrazados a través de los cristales mojados presintiendo amargamente que Roble estaba muy cerca de ellos pero no de la manera que les hubiera gustado tenerle.

Uno de los hombres, empapado por la lluvia a pesar de su impermeable,  gritó agitando la mano en el aire.

-¡Sargento!, ¡Sargento Navarro!-

El oficial y su ayudante tiraron sobre el barro los cigarrillos que se estaban fumando bajo un paraguas negro y corrieron hacia el guardia que les hacía señas seguidos por el forense.

-¿Hay algo?-

-Sí, sargento. Hemos encontrado enterrados unos zapatos. –Se apartó el agua de la cara con el dorso de la mano y continuó. –Pero no hay cuerpo.-

-¡Cómo es posible!- Rugió Navarro -¡esto no tiene sentido!. Están los zapatos, la ropa, la documentación, ¡todo!. ¿Le gustaba pasear desnudo bajo la lluvia o acaso le han quitado la ropa para comérselo?.

El forense le palmeó el hombro para tranquilizarle. –Incluso en ese caso se encontrarían al menos unos huesos juntos o dispersos, o restos de vísceras o de cualquier otra parte del cuerpo, pero lo encontraremos, no parece una desaparición voluntaria.-

La investigación continuó durante algunos meses, pero el cuerpo de Roble José Palau jamás apareció. A la familia se le notificó el archivo del caso a la espera de que alguien aportara nuevas pruebas para poder reabrirlo, pero eso nunca ocurrió.

XII

Le había dado las buenas noches a Amelia y se dispuso a apagar las luces de su consulta médica y a comprobar que todas las ventanas quedaban cerradas. Se sentía de nuevo mareado, no acababa de acostumbrarse al malestar, a la náusea. Pensó que el fresco de la noche le restablecería un poco, la noche era lluviosa y fría y el sonido de lejanos truenos anunciaba que una tormenta se acercaba con bastante fuerza.

Se quedó en el portal durante un minuto antes de decidirse a salir. Miró al cielo con los ojos entornados, la lluvia arreciaba y, como siempre, no había tomado la precaución de coger su paraguas. Se abotonó el cuello del abrigo y apresuró sus pasos. Aún le quedaba algo por hacer antes de llegar a su casa. Barajó la posibilidad de dejarlo para el día siguiente, pero no era posible, no se encontraba bien, conocía esa sensación. Sólo sería un momento. Al fin y al cabo la lluvia no le resultaba incómoda, pero sí el pensar en el camino cuesta arriba y cubierto de barro que le esperaba hasta alcanzar el roble. La primavera iba a ser especialmente verde ese año a juzgar por la cantidad de agua que estaba aportando.

Sentía sus piernas cansadas  y   parecía que  no se acortaba  la  distancia  por rápido que quisiera andar. Atravesó las últimas calles, ahora desiertas, dio la vuelta por detrás de su casa y se encaminó a través del llano que precedía a la colina coronada por el contorno oscuro de los árboles.

Sonó un estruendo que le hizo estremecerse y unos segundos más tarde la noche se iluminó bajo una flecha de fuego. Roble José se había parado a pocos metros de su árbol sanador, con la luz fantasmal del relámpago le pareció un gigante imponente, con los brazos extendidos en toda su grandiosidad. Respiraba dificultosamente bajo el aguacero, hizo ademán de alcanzar el árbol y en ese preciso instante, otro rayo, como una espada, atravesó con violencia la oscuridad e iluminó de nuevo el árbol antes de clavarle su destructora hoja. Roble José abrió los ojos horrorizado y gritó, gritó con toda la fuerza de sus pulmones alargando los brazos hacia el tronco en llamas, hacia las ramas que se desplomaban sobre el  suelo empapado.  Se abrazó a aquel  ser  generoso sin el que ya le era imposible vivir. La lluvia no pudo impedir, antes de apagar las llamas, que la mitad del árbol quedara casi por completo carbonizado y partido en dos.

El hombre seguía llorando y suplicando a gritos a los Cielos que no destruyera el alma del bosque, el origen de su propia vida y de nuevo el Cosmos hizo su conjuro para llevar a cabo sus caprichosos planes.

Una fuerza envolvente salió del tronco herido del árbol y penetró en el cuerpo del hombre que, como otras veces, apoyó su cara contra la corteza mojada. Desapareció entonces el dolor, el miedo, el cansancio. Miró hacia la copa del árbol; más lejos aún: hacia el oscuro insondable de las nubes, o tal vez más allá y sintió como sus pies se hundían en la tierra y sus brazos y sus dedos se extendían y brotaban. El árbol y el hombre fundieron sus cuerpos con un revuelo vertiginoso de átomos, de intercambios y mezclas genéticas, de pequeños universos danzantes dentro de uno sólo, formando un tronco nuevo y vigoroso, con nuevas ramas y nuevas hojas, con raíces más profundas, cumpliendo así con la ley universal del ciclo renovador de la vida.

Nada desaparece,  nada  muere del  todo.  La materia  que habita  el Universo, siempre la misma,  se mezcla, se renueva y se deshace para buscar nuevas formas, no se limita, sólo juega a vivir, porque la vida es prolífica, eterna y variopinta y la muerte, en realidad inexistente, es sólo un concepto vacío.

Autora: Maruja Moyano

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