Maldito Lunes

Los lunes son odiosos. Me cuesta volver a la rutina, pero sobre todo, me cuesta abrir los ojos, abandonar el cálido etéreo de los sueños, la placidez y la tibieza de las sábanas. Pero allí estaba el despertador, insistente, impertinente, recordándome con su ruidito perturbador, que tenía que incorporarme cuanto antes y retomar el camino diario que hacía posible mi subsistencia, sin ninguna ilusión, solo subsistencia, pura y dura.

Aún estaba oscuro y el cielo anunciaba lluvia inminente. Algunos relámpagos se hicieron visibles por un segundo a través de la ventana del cuarto y un escalofrío me atravesó la espalda, antes de calzarme las zapatillas y colocarme la bata sobre el pijama.

Desayuno, ducha y un día previsible y aburrido. Eso era lo que tenía planeado.

Un rato después, salí de casa bostezando, con el paraguas colgado del brazo. Busqué en mi bolso las llaves para darle dos vueltas a la cerradura, como cada mañana antes de enfilar mis pasos hacia el ascensor, pero cuando apenas las había sacado, un empujón inesperado me empotró contra la puerta entreabierta, abriéndola de par en par y haciéndome caer de bruces contra el suelo.

La sorpresa me hizo soltar un “¡Ay!” ridículo y antes de que mi cerebro encajara la situación, una mano me tapó la boca y la nariz con tal fuerza, que me impedía respirar. Empecé a temblar aterrorizada tratando de destapar, aunque solo fuera uno de los agujeros de mi nariz. Escuché el portazo tras de mí y me supe atrapada en mi propia casa. ¡Qué mala suerte!. Posiblemente el único ladrón madrugador en todo el barrio y me había tenido que tocar a mí. Unos labios se acercaron a mi oreja y me susurraron:

-Si te estásss calladita, te destapo la boca, pero como intentesss gritar o hacesss alguna tontería, te clavo el pincho.

Sentía el calor de su aliento en mi oreja, pero sobre todo, sentía las gotitas de saliva que me la humedecían, ocasionándome cierta repugnancia. Claro que, pensé, no debía demostrar asco ni ninguna otra cosa que pudiera ofender o cabrear a aquel que me aplastaba contra el suelo con un “pincho” en mi costado, cuya punzada ya sentía clavada atravesándome la ropa.

Asentí sumisa. Ya vería más tarde como hacer para salir de allí pitando a pedir ayuda. Me soltó sin dejar de presionar su “pincho” contra mis costillas. Ni siquiera me atrevía a mirar su mano, temiendo encontrarme una navaja automática, de esas que te atraviesan las vísceras sin darte tiempo a decir ni “mú”. Tampoco me atrevía a mirar a la cara de aquel individuo, eso podía resultar muy peligroso. Una vez que le has visto la cara ¡se acabó! ¡la has cagado! Tiene que matarte para que no le identifiques. Pura lógica.

Gané tiempo recogiendo el contenido de mi bolso, que ahora estaba esparcido por el suelo y sin mirarle, le supliqué. No me quedaba otra, no se me ocurría nada mejor.

-No me hagas daño, por favor, te daré lo que quieras, coge lo que quieras y márchate. Ni siquiera te he visto la cara- Evidencié, por si no había caído en la cuenta.

-Solo quiero esperar aquí hasta que la policía se vaya.- Respondió el intruso.

Le miré. ¡Gilipollas de mí! Fue un acto reflejo. Ahora tendría que matarme. Allí estaba la tonta del culo, a cuatro patas recogiendo los clínex del suelo y haciendo, justo, lo que un segundo antes me había jurado a mí misma no hacer. En cambio, a él no pareció importarle. Se sentó abatido en una silla y agachó la cabeza cogiéndosela con ambas manos. Entonces vi su “pincho”. Era un bolígrafo. Reconozco que aquello me tranquilizó bastante.

            Él percibió mi desconcierto. -¿Me conoces?.- Dijo mirándome de frente.

            -No.- Mentí. Su cara me sonaba un montón. Le había visto entrar o salir del piso de mi vecina de enfrente. Seguramente era su novio o algo así. Aquella mujer llevaba poco tiempo viviendo en el edificio y me había cruzado con ella algunas veces en el ascensor, pero nuestra relación se había limitado a los saludos formales y, como mucho, a comentar si el tiempo iba a ser bueno o malo, o sea, de lo que se habla cuando no hay nada que decirse.

            Él sonrió con cara de saber que yo mentía. Yo tragué saliva, sabiendo que él sabía, que yo sabía, que él sabía que yo mentía.

            -Está muerta, pero yo no la he matado.- Dijo de pronto.

            -¿Quién?.- solté con los ojos como platos.

            -Ella, mi novia.- Y empezó a llorar. Me senté a plomo frente a él. Su bolígrafo ya no me intimidaba, pero tampoco tenía muy claro aquello que me estaba contando, podía ser una estrategia para que colaborara en la escapada de un asesino. De hecho, ahora que lo tenía de frente, me di cuenta de que en su camisa y en su pantalón, a la altura de las rodillas, llevaba grandes lamparones oscuros que, a todas luces, parecían de sangre.

            -Pero ¿Qué ha pasado?- Quise saber.

            -Anoche ya lo sabía, por eso estaba tan tensa.- Continuó él.

            -¿Qué sabía?.

            -Una amiga nos vio y la muy cabrona se lo contó.-

            -Perdona- insistí -no tengo ni puta idea de qué estás hablando ¿Podrías explicarte un poco?

            -Si, si. Claro. Disculpa. Es que estoy muy nervioso.

            -Dadas las circunstancias, no es para menos.- Respondí comprensiva.

            -Hace algunas semanas… en fin… le puse los cuernos.- Soltó de un tirón.

            -¿Así? ¿Sin más?

            -Hombre, no. Sin más no. Pero es que la piba estaba muy buena y me lo puso a huevo.

            -Claro- Dije cruzando los brazos en actitud despectiva –Es una razón de peso.

            Él siguió hablando con los ojos fijos en el bolígrafo, el cual pasaba nervioso entre sus dedos una y otra vez, mareándome al máximo.

            -El caso es, que una imbécil metomentodo se lo tuvo que chivar a mi novia. Que conste- me miró un segundo a los ojos –que solo fue un rollo de una noche, yo no tenía ninguna intención de cortar con Diana, mi novia- aclaró.

            -Bien, entonces habéis discutido y te la has cargado, ¿no?.-

            -¡No! ¡No! Por dios, no ha sido así.

-¡Vaya! ¿y cómo ha sido?- Ahora me preguntaba yo, por qué mierda aquel tío me estaba contando su vida y encima yo ejercía de investigadora, haciéndole preguntas que me importaban un carajo. ¡Coño! ¿Para qué estaba la policía? Si había sido un accidente, no tenía más que notificarlo y punto.

-Esta mañana nos hemos levantado y me ha dicho: “Ahora te vas a enterar pedazo de mierda”. Ha debido de estar toda la noche pensando a ver cómo me jodía. Ha cogido el móvil, ha marcado mientras yo miraba sin entender qué coño estaba haciendo y de repente se ha puesto a gritar y a lloriquear: “¡Socorro! ¡Ayúdeme! ¡Me va a matar! Calle Ochoa nº 3”. Y ha colgado. Le he preguntado: “Pero, ¿qué mierda estás haciendo?. Y ella me contesta: “Te vas a cagar, cabrón. La policía ya viene a por ti, ¡llevo tu semen desde anoche para que no haya dudas, hijo puta!. Y entonces ha sacado un cuchillo del cajón y se lo ha clavado en mitad del pecho.-

-¡Qué horror!- Exclamé atónita.

-Pues sí. Ha empezado a brotar sangre que te cagas, se ha convulsionado un poco en el suelo y se ha quedado inmóvil. Entonces me he agachado para ver si respiraba y me he manchado la ropa. Ahí ha sido cuando me ha entrado el pánico. No sabía qué hacer ni dónde esconderme. He abierto la puerta para salir por piernas y entonces te he visto. No sé qué me ha pasado por la cabeza. Perdona chica.- Y volvió a hundir la cabeza entre las manos.

Antes de que yo pudiera reaccionar ante la historia que acababa de escuchar, sonó el timbre de la puerta seguido de tres golpes fuertes sobre la madera y una voz potente e impersonal:

-¡Abran! ¡Policía!

Tuve que apretar los esfínteres. –Todo se va a aclarar- Dije al presunto asesino, o víctima, o yo que sé. -La policía científica es la pera. Desde que se puso de moda lo del CSI, comprueban hasta lo imposible. Verás que todo se va a arreglar.-

Me di la vuelta y alcancé la puerta mientras el intruso lloraba desconsolado en mi salón. Esperaba ver un señor con gabardina en el descansillo de la escalera, pero quién apareció fue mi vecina de enfrente con la blusa empapada de sangre o algo similar. Esta vez sí que solté un grito importante.

-¡Jódete, cabrón!- gritó ella metiendo la cabeza en mi casa en dirección al gilipollas de su, posiblemente, ya ex novio.

-¿Y la sangre? ¿Y el cuchillo?- Dije estupefacta con un hilo de voz, señalando su blusa que estaba para tirar a un contenedor.

Diana se encogió de hombros y dijo con desdén: -Artículos de broma. En los chinos hay de todo.- Y se fue.

A ver como explico yo a mi jefe estas dos horas de retraso. No se va a creer ni una palabra de esta historia. Ya tengo bronca segura. ¡Maldito lunes!

 Autora: Maruja Moyano Peña

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