Cuando el 016 no es suficiente

Aún no hemos acabado el año y ya llevamos casi medio centenar de mujeres muertas a manos de sus parejas o exparejas, sumando a todas esas vidas perdidas,  varios cientos de mujeres asesinadas durante los últimos años.

Da miedo pensar que estos sucesos pasen a ser parte de los acontecimientos habituales en los noticiarios, que se asuma como una parte desgraciada pero inevitable, en la interrelación social. De hecho, aunque sorprenda, escucho  comentarios, en la calle y en algunos foros, tanto de hombres, como de mujeres, que, aunque no aprueben el asesinato, de una forma o de otra, parece que justifiquen las agresiones, culpabilizando a las víctimas del fatal desenlace.

No es por casualidad, que las denuncias que llegan a materializarse ante la amenaza de una agresión, se les quite hierro en las comisarías y en los juzgados. Yo misma he sido testigo  en un par de ocasiones, de las preguntas que algún miembro de estos Organismos públicos, lanzan a las denunciantes con cara de aburrimiento, como si les importase un pimiento lo que ellas tienen que decir, aunque observen la angustia en sus caras o en sus voces. No consideran maltrato las agresiones verbales si no van acompañadas de golpes, heridas o gritos que sean audibles a varios cientos de metros del lugar de la disputa. Parece que su propia experiencia vital, no les haya enseñado que  las peores amenazas, son aquellas que se dicen bajito. El temor en los ojos y el temblor en las manos de la mujer que denuncia, no es considerado un síntoma claro de que existe un riesgo que ella sí percibe nítidamente. ¿Quién mejor que la víctima conoce a su verdugo? Sabe de lo que es capaz, porque, seguramente, antes de decidirse a interponer una denuncia, ya se lo ha hecho saber muchas veces.

De ahí que las valoraciones, tanto de alto riego como de riesgo extremo que exigen vigilancia permanente para proteger a la mujer y  que se emite tras una denuncia por violencia de género, han descendido en un 31% y un 46% respectivamente, dejando  a un gran número de víctimas desprotegidas, precisamente, porque las autoridades han decidido que el problema del que esas mujeres huyen, tiene escasa importancia. Del mismo modo, han aumentado considerablemente el número de mujeres que retiran su denuncia o que no continúan con el proceso, por miedo a la desprotección tras las sentencias y al no disponer de dinero suficiente para aguantar el envite de un proceso largo.

Paradójicamente, en los casos en los que el riesgo es tan evidente que no es posible ningunear la situación de las mujeres en riesgo de agresión,  son ellas las que han de vivir escondidas, vigiladas constantemente en cuanto traspasan el umbral de su casa y, aunque a los agresores se les sentencie una orden de alejamiento, pueden vivir libres y campar por el mundo sin trabas. No son ellos quienes viven mirando constantemente hacia atrás, son las víctimas las que sufren la privación de libertad.

Sin embargo, a pesar de que esta lacra continúa pesando como una losa en nuestra sociedad sin que merme lo más mínimo, desde que el PP tomó el poder, los fondos destinados a luchar contra la violencia de género y a la protección de las mujeres y sus hijos e hijas, han descendido en más de 6.600 millones de euros. Se recorta en protección para las víctimas de agresión igual que se ha recortado en educación, pilar fundamental para proveernos de una ciudadanía más proclive a la igualdad de ambos sexos en materia social, laboral y personal.

Por supuesto, la cuestión educacional no es exclusivamente materia escolar o académica. La educación en igualdad debe también traspasar las aulas e impregnar los programas televisivos, el lenguaje, las fotografías que exhiben la imagen de la mujer como  un artículo de consumo. La cultura de la igualdad es una asignatura pendiente en la sociedad y, sobre todo, en el orden de prioridades del gobierno de la nación.

No. No exagero. Lo que nos jugamos es un modelo de convivencia. Este tipo de actitudes acaban en dolor y muerte, casi siempre por la decisión de romper una relación difícil o no deseada por parte de la mujer, decisión que no todos los varones asumen como legítima, pues siguen considerándose con derechos de propiedad sobre ella y su libertad de elección. Se cosifica a la mujer, se le castiga por osar decidir en contra de quien se considera propietario de su vida y de su cuerpo.

Da miedo que este grave problema social, se quede solo en unos cuantos anuncios televisivos ofertando la ayuda a través de un teléfono de atención a las víctimas, cuando los pasos posteriores a esa llamada, que son decisivos, no se den por parte de las autoridades con la suficiente y contundente responsabilidad.

Se hace necesario dotarse de mayores medios, como piden las asociaciones de mujeres, para evitar la tragedia, pero no menos importante es dotarse también de medios para prevenir esa terrible realidad y no enquistarla en la sociedad y en consecuencia, en las generaciones futuras.

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