El caminante

Un caminante subía por un sendero que bordeaba un pueblecito, y cansado del largo camino recorrido, pensó en sentarse a consumir algunas de sus provisiones. Vio entonces una pequeña portezuela metálica que cerraba una valla baja y le pareció un lugar adecuado para sentarse a descansar al abrigo del viento.

Atravesó pues la puerta metálica y se sentó sobre una losa blanca. Entonces se dio cuenta de que el lugar estaba lleno de pequeñas losas blancas todas ellas con inscripciones. Se levantó rápidamente al darse cuenta de que aquello era un cementerio.

Tal vez por curiosidad, tal vez porque no tenía nada mejor que hacer, se puso a leer las inscripciones de las lápidas:

“Javier, 8 años, 6 meses 4 días y dos horas”
“María, 3 años 10 meses 20 días y una hora”
“Andrés, 5 años, 2 meses y 7 dias”
“Josefina, 10 años, 3 meses, 4 días y 10 horas”

Y así una tras otra. El caminante compungido al darse cuenta de que aquello era un cementerio muy especial, se puso a llorar desconsoladamente.

Un labrador que pasaba cerca, al escuchar el llanto entró en el cementerio y encontró al caminante deshecho en lágrimas.

¿Por qué llora hombre de Dios?
Lloro por la tremenda desgracia que al parecer habita en este pueblo.
¿Qué desgracia?– preguntó el hombre
¿Cómo que qué desgracia? ¿Acaso no es terrible que en un pueblo tan pequeño mueran tantos niños?

El hombre sonrió y pasando su brazo por el hombro del caminante se sentó junto a él para contarle:

Es costumbre en mi pueblo– dijo el labrador –que al cumplir los quince años se nos coloque un librito colgado al cuello. En él vamos anotando todos aquello acontecimientos de nuestra vida que nos hacen felices: el primer amor, el beso robado, nuestra boda, el nacimiento de los hijos, conseguir el sueño por el que luchamos, abrir la tienda, ver triunfar a quienes amas, abrazar a tus nietos. Cuando morimos se cuenta el tiempo de felicidad de cada uno y ese es realmente el resumen de nuestra vida. Así que, no llores, hombre, en realidad esa es la verdadera edad.

No hay que ponerle años a la vida, hay que ponerle vida a los años.

(Autor desconocido)

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