Rentabilidad Económica VS Rentabilidad Social

Un nuevo Dios reina en el mundo. Por encima de todos los demás dioses a cuya sombra y para su complacencia, siguiendo las normas divinas de la historia de la humanidad, se ha sometido, masacrado y exterminado a millones de seres humanos.

Un Dios ante el que, naciones enteras se inclinan y presentan sus ofrendas y sacrificios, incluyendo la sangre de otros muchos millones de seres. Ese Dios es La Economía Mundial y sus sacerdotes, los guardianes del dinero, las mafias bancarias, las mafias armamentísticas, los gobiernos obedientes, los paraísos fiscales, la acumulación de una riqueza que compra más silencios que joyas o yates.

 Y todo Dios que se precie, no solo exige ofrendas, también impone normas mediante las tablas de sus leyes. Para aplacar la ira de este nuevo Dios, que se ha dado en llamar “crisis económica”, la solución, dicen los altos sacerdotes de la Economía, pasa por ser más productivos o mejor dicho: más rentables. Quien no es rentable, es excluible, pues no adora suficientemente a Dios.

Se ha instituido la inmediatez de la rentabilidad económica como símbolo de éxito social y los gestores de la economía, ya sea a nivel macroeconómico como a nivel de empresas, aplican sus medidas con una visión inmediatista de la rentabilidad que, lejos de complementar y lograr la verdadera riqueza de los pueblos: la rentabilidad social, como es el caso de la ONCE, se convierte en una medida antagónica, con consecuencias desintegradoras de la filosofía de rentabilidad social, que establecen sus principios fundacionales. Todo ello, sin plantearse ni de lejos, si la falta de rentabilidad económica es más atribuible a su ineficacia como gestores, más empeñados en desviar fondos de favores económicos a partidas de interés reducido, personal y/o político, que a la cobertura de una riqueza a largo plazo: la rentabilidad social. La rentabilidad social que proclama la mucha y millonaria propaganda de la ONCE, se ha evidenciado como un lavado de cara en una Institución respaldada y subvencionada por el Estado (que somos todos) y que, gobierno tras gobierno, uno de cada color, se han ido sacudiendo la responsabilidad de su vigilancia interna, pero ¿cómo no? si todos sirven al mismo Dios.

Unos, los gestores, representantes políticos de la nación, locos por no hacer enfadar a los grandes sacerdotes de la economía, se han empeñado en cercenar la sanidad, la educación, las pensiones, la investigación, las ayudas a la dependencia… todo aquello que hace verdaderamente grande a un país, pero que no acumula dinero contante y sonante a corto plazo aunque con ello, se consiga a largo plazo una sociedad sana, estable, avanzada, responsable, íntegra, solidaria…

En su caso, la ONCE hace mucho tiempo que ya se subió al carro de la moda de los recortes en sus servicios y prestaciones sociales, incluso fue pionera cuando estableció dos escalas salariales abonando un 30% menos a los trabajadores y trabajadoras contratados que, por supuesto jamás consolidaron su plaza, siendo despedidos en su mayoría a los tres años de trabajo para volver a contratar a algunos un año después y pasando a ser, lógicamente, contratados eternos. Una sub-raza laboral que ha aumentado en mayor proporción que disminuye el número de fijos en plantilla, a los que cada vez más se les alienta a pactar despidos (o ni siquiera pactarlos, esto son lentejas) o a acelerar su jubilación anticipada, que aparece ya como única esperanza a la subsistencia.

La sombra del paro, es un argumento convincente ante el chantaje descarado de la explotación. Los sistemas esclavistas vuelven a tomar auge, convirtiéndose la ONCE en una empresa más de las que se frotan las manos ante el panorama económico, sometiendo a los individuos a jornadas que exceden las diez y doce horas diarias, siete días a la semana, por más que su contrato rece ocho o cuatro horas, si es media jornada, con dos días de descanso semanal que casi nunca se cumplen. Es decir: arrastrando a los trabajadores, sobre todo a los que sufren ceguera total o grandes minusvalías, hacia la precarización de un trabajo que se convierte en imposible, no para ganar más, sino para ganar lo mismo o incluso menos. Todo ello, dice la empresa y muchos de los propios afectados: “voluntariamente”. Cualquiera entrega el bolso voluntariamente, si le dan a elegir entre “la bolsa o la vida” en un callejón, con una navaja apuntándonos a la barriga. Pero la verdadera razón, es que si no cubren los mínimos de venta mensual que la empresa les impone, es decir, si no alcanzan los niveles exigidos de “rentabilidad” los contratados no vuelven a firmar contrato y los fijos, son sancionados sin empleo y sueldo por periodos que van en aumento hasta llegar al despido. Una espiral de la que nadie que haya entrado, vuelve a salir.

Ahora, también les ha tocado el turno del paro a los Servicios Médicos de Empresa, despidiendo en pocos meses a una treintena de médicas/os y enfermeras/os de media España y poniendo a la cola de ese mismo destino a la otra media. Pero volvemos al punto de partida: la prevención de la salud no es “Rentable” para la ONCE. La rentabilidad social es un lastre para ellos y externalizan ese servicio, necesario para sus trabajadores, ahorrando coste social para aumentar beneficio económico que, paradójicamente, sería el que debería cubrir ese servicio. Pero está claro y grabado queda en las tablas de su ley: la salud no es rentable, lo han dicho los grandes sacerdotes de la economía.

Hace pocos años la ONCE añadió, para más inri, el invento de la venta de productos a través de gasolinera y estancos, que incurren en competencia desleal y directa con los propios vendedores de cupón, pues, sabido es, que el mercado tiene un techo y lo que se venden por estos canales, no se vende a través de los trabajadores minusválidos, imposibilitando alcanzar los niveles de rentabilidad exigido por la empresa y cuyo listón es cada año más alto y más inalcanzable. En un principio la ONCE mintió a los trabajadores y a la prensa, asegurando que los productos puestos a la venta en estos establecimientos, serían diferentes de los que comercializaran los vendedores, pero las mentiras tienen las patas cortas y ahí está la evidencia: son los mismos productos. Todas estas cuestiones, desde CGT las venimos denunciando desde hace mucho.

Sin embargo, también desde hace años, venimos pidiendo que se aireen las sumas de dinero que perciben los altos directivos de la ONCE. Podemos conocer lo que ingresan los diputados, eurodiputados, concejales… hasta el mismo Presidente del Gobierno y hasta el propio Rey, en cambio, se siguen ocultando sin ningún pudor los sueldos millonarios de los dirigentes de la ONCE que, como en un espejo del resto de una sociedad podrida por el culto al Dios de la rentabilidad económica inmediata, va ensanchando la brecha que separa los ricos, cada vez más ricos, de los pobres, cada vez más pobres. Será que ellos sí son rentables para el Dios que tantos sacrificios de sangre exige a los simples mortales y por eso se auto complacen justificando su merecido premio en forma de dinero, palmeándose mutuamente las espaldas por contribuir al retroceso social, económico y político de este país.

La rentabilidad social, que debería ser la beneficiaria de la rentabilidad económica, ha sido ninguneada en los programas electorales y en las políticas de empresa de Instituciones como la ONCE, que se ha sumado encantada, al coro de rampantes adoradores del nuevo Dios.

Cuando el concepto de rentabilidad cambie radicalmente en los programas políticos de partidos y entidades pretendidamente sociales, como la ONCE; cuando quienes se encumbran en la dirección y gestión de esas organizaciones, dejen de gobernar para sí mismos, con objetivos de rentabilidad económica a corto plazo, es decir, para lo que prevén ellos que pueden durar en el cargo antes de jubilarse con luengas ganancias; cuando se gestione la sociedad a partir de objetivos de rentabilidad social, entonces, los ciudadanos y ciudadanas, podremos decir que se abre una ventana a la esperanza.

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