La muerte y una canción de cuna

Cuando era pequeña me morí, o al menos eso es lo que me han dicho siempre. Yo no puedo recordarlo a pesar de que he hecho intentos a base de concentración y voluntad, pero, claro, es imposible, yo era un bebé de apenas año y medio. Nadie ha sabido explicarme que fue lo que ocurrió durante aquel tiempo indefinido en el que dejé de respirar y me encontraron, tal vez en el momento preciso, con los ojos fijos en el techo, inerte y con la boca llena de espuma. Un ataque dijeron, pero, ¿un ataque de qué? En realidad, en aquellos tiempos le llamaban “ataque” a todo aquello que producía una muerte inexplicable.

A los gritos de mi madre acudieron los vecinos y, con la misma manta que cubría mi cama, me envolvieron y comenzó una carrera de toda la comitiva vecinal a través del descampado que separaba mi casa de la casa de un médico del barrio. En mitad del camino, con la noche sobre el grupo angustiado de adultos en pijama y bata, quizá por el traqueteo de la carrera y los saltos del hombre que me llevaba en brazos, mi corazón latió de nuevo, el aire volvió a entrar en mis pulmones y exhalé un grito, un llanto como el primero de mi vida, como un segundo nacimiento.

El médico que había saltado de la cama tras la llamada urgente a golpes en la puerta de su casa, no supo definir, tras la exhaustiva revisión que me hizo, a que se había debido aquella muerte y resurrección súbitas, puesto que mi estado en aquel momento era de perfecta normalidad. Jamás a lo largo del resto de mi vida, volvió a repetirse un episodio semejante.

Siempre he sentido curiosidad por saber que me pasó. Estuve muerta durante un tiempo, desconozco cuanto, pero muerta al fin y al cabo. ¿Por qué volví a la vida? Si ese hecho hubiera ocurrido años después, cuando mi capacidad de verbalización hubiera permitido el relato directo, no existiría en mi historia una página en blanco como esa. Es posible que hubiera podido describir la muerte tal y como es y no como imaginamos que es.

Se nos dibuja la muerte como un ente terrorífico, un esqueleto cubierto con un inquietante manto negro y con la guadaña con la que siega la vida, pero, tras mi experiencia, no creo que sea así. En realidad, lo que nos aterra de la muerte no es ella en sí misma, sino el tránsito que hacemos hasta ella: ¿será doloroso? ¿me arrastrará hasta un lugar de sombras y de soledad?…

Nos aferramos a la vida porque es lo único que podemos recordar, nunca nos recordamos muertos, como yo, solo vivos, aunque sea llorando, pero vivos. La muerte es la última etapa de nuestra existencia conocida pero también se ciñe a las leyes del Universo. La verdad es, que la muerte es el estado más democrático que pueda existir, nadie escapa a ella y nos vamos tan desnudos como llegamos a la vida, sin importar la condición, el sexo, el lugar de nacimiento… nada, todos somos iguales a sus ojos.

Podría decir de la muerte, que es una señora amable que muchas veces es la liberadora de todos los pesares y dolores de la existencia viva. Otras veces, aparece como portadora de la tristeza más profunda, de la injusticia, castradora de futuros, pero considerando su estricta aplicación de unas leyes ajenas al control humano, no decide en base a simpatías o conveniencias de cuyo sentido carece con seguridad, sino que se esmera en la ejecución estricta de sus funciones con fría imparcialidad.

En mi caso, el desliz de la muerte no debió ser un acto de piedad, puesto que la piedad es aplicable a todos los seres y yo no hubiera sido el único bebé fallecido sin aparente causa. Pienso que no era mi momento y la muerte, eficiente como siempre, continuó su camino hacia otro lugar.

Años después, cuando ya los achaques de la edad comenzaban a dejarse notar con cierta fuerza, caí gravemente enferma y debía ser operada con rapidez. Una de mis amigas, también con sus teclas y sus dolores, pues contaba unos pocos años más que yo, se empeñaba en velar mi primera noche en el hospital tras la inminente operación. Me negué desde el primer momento, pues quería despertar y ver a mis hijas antes que a nadie en el mundo. Ella me llamaba todos los días preguntándome si había recibido ya la fecha para mi cita con el quirófano y tras su llamada, continuábamos discutiendo, ella que sí, yo que no…

Dos semanas antes de mi ingreso, conducía yo mi vehículo camino del trabajo cuando escuché sonar el móvil dentro mi bolso. Como no dejaba de sonar, aproveché un semáforo para mirar la pantalla y averiguar quién llamaba con tanta insistencia, eran las siete y media de la mañana. Vi su nombre en la pantalla, pero no podía cogerlo y continué conduciendo hacia el trabajo.

Al llegar a la oficina la llamé pensando en lo pesada que se estaba poniendo con el tema de mi operación. Respondió su hija y le dije que tenía una llamada perdida de su madre, pero ella me respondió: -No, no era mi madre, era yo.

-¿Cómo?- respondí –¿Ha pasado algo?

Su respuesta fue breve. –Mi madre ha fallecido. La encontré ayer muerta en el suelo de su habitación.

Tardé en reaccionar. ¿Cómo era posible? Habíamos discutido tanto en los últimos días sobre su empeño en quedarse conmigo la primera noche de mi operación, cuando nadie daba un duro por mi vida. Había acabado su tiempo mientras mi reloj continuaba marcando una hora tras otra.

Han pasado ya dos años de aquello, yo sigo viva y ella está muerta. Qué extraña es la existencia y qué absurda la vida o al menos eso parece. Por segunda vez la muerte me ha dado un poco más de tiempo sin conocer sus razones.

Todavía no estoy segura de haber salido de aquel trance de hace más de cincuenta años, cuando volví a nacer en medio de la noche, en medio del campo y entre los brazos de un hombre del que jamás conoceré el nombre porque todo aquello se perdió en mi memoria.

Aún no se si lo que he vivido ha sido real o una especie de película que la muerte me ha querido mostrar, aprovechando la particularidad relativa e irreal del tiempo, para que conozca lo que hubiera podido ser y nunca, nunca será.

Autora: Maruja Moyano

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