El cabrero

Sabía elaborar el mejor queso del mundo, había seguido con atención las instrucciones de su abuela que a su vez, había aprendido de sus mayores, una generación tras otra. Él había quedado viudo y sin hijos, pero, a pesar del silencio cotidiano del paraje, jamás se sintió totalmente solo. En el pueblo, pocos kilómetros de camino más abajo, siempre estaban los amigos dispuestos a compartir unos vasos de vino y una partida de cartas.

También le acompañaban sus tres perros, a los que hablaba como si pudieran entenderle y tal vez lo hacían, por el modo en el que le miraban durante sus monólogos sobre la vida, sentados todos frente al fogón de su cocina.

Conocía por su nombre a todos los animales de su cabaña y sabía de quién era hijo cada cordero que nacía, al fin y al cabo, él era el comadrón en los partos de sus cabras y pocas veces tuvo que pedir ayuda al viejo veterinario, solo un par de veces. En una ocasión, cuando uno de sus animales enfermó intoxicado y otra, cuando su perra pastora, la mejor ayudante que había tenido, cayó herida de muerte al enfrentarse a una alimaña defendiendo su ganado.

Sabía curtir las pieles con una pulcritud y destreza asombrosas. Cocinaba guisos exquisitos con cuatro cosas, “como toda la vida” decía él. Conocía el nombre y las propiedades curativas o alimenticias de cada yerba, de cada árbol y de cada flor y las utilizaba en su propio bien y en el de todo el que se lo pidiera.

Su casa no tenía cerrojos y era bienvenido todo aquel que, de cuando en cuando, se acercaba a visitarle. Conocía  bien la posición de las estrellas por cientos de noches observando el cielo, humeando un cigarro entre sus dedos y podía, por el color de las nubes y el olor del viento, predecir si el tiempo les traería lluvia, frío o calor durante los meses posteriores.

Hablaba del mundo y de la vida con la profundidad de cualquier sesudo filósofo y reflexionaba sobre las cosas con calma, pues capacidad y tiempo nunca le faltaron.

Pero no, no sabía escribir.

Autora: Maruja Moyano

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3 comentarios

  1. Saber escribir no le convertiría en más sabio, ni en mejor cabrero.

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    1. Así es. No todo se aprende en los libros, de hecho, la mayor parte de lo que sabemos lo aprendemos de nuestras observaciones y vivencias, tanto lo bueno, como lo malo.

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  2. […] faltan las palabras, ¿Escribir es una afición?, Yo estoy para dar vida, Dies Irae, El cabrero, La cuchara menguante, Música, El príncipe destronado, Escúpemelo en el alma, Vesania, [Reseña] […]

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