La decisión de Daniela

mujer tristeCuando Daniela colgó el teléfono dejó caer las manos sobre el regazo sentada en su sillón,  mirando la pantalla del televisor sin fijarse siquiera en las imágenes que bailaban ante sus ojos sin forma.

-Le dejo mamá.- Le había dicho su hija. -Cojo a la niña y me voy contigo un tiempo, solo hasta que encuentre un trabajo y un lugar donde vivir, pero no aguanto ni un minuto más. Esta vez se ha pasado.

-Esta es tu casa. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, para siempre si tú lo decides.- Le había contestado – pero tal vez venga a buscarte aquí.

-No me importa. No volveré. Voy a pedir el divorcio, ya lo tengo visto. Sus celos ya eran insoportables hasta ahora, pero una bofetada, eso no se lo consiento. No quiero verme como tú durante todos esos años que pasaste aguantando a papá.

Daniela había recibido esa frase como una coz en el estómago, pero su hija tenía razón. Hacía ya cinco años que su marido había muerto y se había quedado sola en la casa, felizmente sola, pensaba sin atreverse jamás a confesarlo de viva voz. Como un resorte, tras ese pensamiento se santiguaba automáticamente, avergonzada por el sentimiento de liberación que le invadía.

Durante años había sufrido los golpes y los insultos de su marido, todo el mundo lo sabía, pero en el pueblo ella no era la única mujer sometida al maltrato del esposo. Nadie se hubiera atrevido a mediar en “asuntos matrimoniales” como se decía por allí. El párroco había escuchado en confesión aquellas historias de infelicidad, pero siempre aconsejaba la obediencia debida al varón por parte de la esposa, e incluso reñía a las llorosas parroquianas por haber contrariado al marido provocando su enfado.

Esa era la experiencia de Daniela, incapaz de escapar de aquella vida de trabajo y sometimiento. Tenía cincuenta y ocho largos años y no había conocido otra cosa que el trabajo y la obediencia, primero ante sus padres, luego ante su marido, ante el párroco e incluso ante sus hijos.

A su abuela le había oído decir muchas veces que las mujeres nacen para sufrir. Ella lo había asumido sin duda, lo había asumido con tal convencimiento que no conocía más felicidad que el nacimiento de sus dos hijos y el de su nieta, en ese acontecimiento ya era libre de su verdugo. El día de su boda no recordaba haberlo disfrutado demasiado, pues desde el primer día había trabajado el doble que en su anterior vida de soltera, pasando a ser la sirvienta de un solo señor con derecho a todo.

Tenía ganas de arrancarse de una vez aquella vieja piel de mujer triste y sonreír a plena luz del día sin importarle las frases malintencionadas que sancionan todo atisbo de felicidad. En aquel pueblo ser feliz parecía una prohibición implícita, latente y Daniela aún se sentía cobarde para enfrentarse a eso, al fin y al cabo tenía que seguir viviendo en aquel lugar, en aquella casa, cuidando de sus animales que le permitían una ayuda económica más para seguir viviendo con la suficiente holgura.

Sus hijos se habían marchado años atrás: Manuel a Madrid, bien joven, a trabajar de camarero en una cafetería con mucha clientela, más tarde pidió un préstamo y, junto a otros dos amigos, montaron un pub en una zona de copas. Le había ido bien y Daniela estaba orgullosa de su hijo. Su hija Rocío se había casado y se marchó con su marido a Barcelona. Parecía un buen chico, pero las cosas no le habían funcionado como esperaba y su carácter había cambiado dirigiendo toda su ira contra su mujer. El carácter de Rocío era fuerte y los encontronazos se habían sucedido durante los últimos años, incrementándose con el paso de los meses. Ahora, Rocío había tomado una decisión: quería ser feliz de nuevo, o al menos quería desterrar de su vida la angustia de saber que no se iría a la cama sin una nueva discusión, día tras día, semana tras semana.

-No puedo reprochárselo.- Se escuchó decir Daniela en voz alta. –Tiene todo el derecho a vivir tranquila, con su hija. Es joven y tiene por delante toda una vida para rehacerla sola o con otro hombre. Soy su madre, no voy a permitir que sea una infeliz como yo.

Pocos días después, Rocío llegaba en un autobús acompañada de su hija y dos maletas. La niña había crecido mucho desde que Daniela la vio por última vez. Rocío también había cambiado, estaba más delgada y le notó la cara como envejecida, apenas se había arreglado el pelo y sus ojos, sus labios, sin color. Ella, que no salía de casa sin maquillar. Siempre había sido una chica guapa y muy presumida, desde pequeña, ahora aparecía mal peinada, sin arreglar y con cara de amargura, como si se hubiera echado diez años más encima. Daniela sintió un pinchazo de tristeza en medio del pecho.

-La mala vida.- pensó –Eso es que le ha dado mala vida.

Había limpiado con especial esmero la habitación que su hija había dejado vacía unos años antes. La cama era amplia y podría dormir con la niña cómodamente. –Si se quedaran conmigo- dijo en un suspiro – la niña podría quedarse en la habitación de su tío Manuel. El solo viene de visita un par de veces al año, nos apañaremos bien cuando él venga.

Daniela fantaseaba con esa hipótesis. Volver a tener ruido en la casa, el parloteo de María, su nieta, escuchar algo más que la música de la radio por las mañanas y los aburridos programas de televisión con los que se dormía cada noche. Pero eso era decisión de Rocío, querría encontrar un trabajo, no iba a estar siempre metida en aquella casa. Nunca le había gustado cuidar del huerto y menos aún de los animales. Era difícil encontrar algo de trabajo en el pueblo, aunque había crecido mucho y la fábrica de embutidos ocupaba a bastantes muchachas de la zona. También sabía coser, ella misma la había enseñado y no se le daba nada mal. A lo mejor tenía una salida cosiendo ropa a medida o haciendo arreglos.

Había preparado una cena especial, conocía los gustos de su hija y procuró que no faltara nada en la mesa, incluido aquel flan casero que le salía tan rico y que era el postre favorito de Rocío. Daniela se sentía feliz, pero no sabía por qué tenía algo dentro que le creaba desasosiego, como un mal presentimiento. Acostaron a la niña y Daniela preparó café. Las dos mujeres se sentaron frente al televisor mientras lo tomaban a pequeños sorbos, disfrutando de la paz de la noche y de la alegría de mirarse la una a la otra de nuevo.

-Mañana iré al pueblo a visitar a antiguos conocidos,- Dijo Rocío mirando de frente a su madre.

-Mañana deberías tomarte el día con tranquilidad y descansar, hay tiempo de sobra.- Respondió Daniela.

Rocío tomó otro trago de café y aspiró hondo recostándose en el sofá. -Posiblemente tengas razón, mamá, estoy tan cansada… pero debo encauzar mi vida de nuevo, aquí o en cualquier otro lugar, pero lejos de él.

-¿Tan mal lo has pasado, hija?.- Daniela cogió la mano de su hija y la apretó con suavidad, temerosa de la respuesta.

-¿Pasarlo mal?- Se rió sin gana –Cada vez que me llamaba inútil me acordaba de ti.

-¿De mí?

-Sí, mamá, de ti. Me acordaba de cómo Manuel y yo nos escondíamos debajo de la cama cuando papá empezaba a zarandearte, a insultarte, a menospreciarte y a gritar. Siempre acababa en golpes. Nosotros nos tapábamos los oídos y temblábamos de miedo por si venía a sacarnos a rastras y a pegarnos igual que a ti.

Daniela dejó la taza sobre la mesa y comenzó a llorar. –Por dios, hija, no hablemos de eso ahora. Hace ya mucho tiempo, es agua pasada.

Rocío la abrazó. –Mamá, por favor, no llores, perdóname, no quería removerte el pasado. No he podido evitar recordarlo. Mi vida con Andrés comenzaba a parecerse demasiado a aquello. ¿Recuerdas cuando Manuel se lanzó a defenderte y papá le rompió el brazo? ¿Te acuerdas?.

-Claro que me acuerdo.- Daniela sollozó aún con más fuerza. Sacó un pañuelo del bolsillo de su delantal y se limpió los ojos y la nariz.

-Pues yo no quiero que mi hija pase por ahí. No quiero que algún día la situación degenere tanto que Andrés le llegue a hacer daño a mi niña.

-Yo no sabía como hacer para que vosotros no sufrierais aquella situación. De verdad que no sabía. Perdóname, por favor, perdóname por no saber.

Ahora lloraban las dos.

El teléfono comenzó a sonar. Daniela tendió a su hija otro pañuelo y ella se secó las lágrimas dirigiéndose a la mesita donde el aparato sonaba insistentemente. Ambas se tensaron. Eran casi las once de la noche y Manuel no solía llamar a su madre tan tarde para no molestarla. Rocío descolgó con la mano temblorosa y la forma en la que su puño apretó el pañuelo, permitió adivinar a Daniela que no podía ser otro más que Andrés el que llamaba a aquellas horas.

Rocío hablaba tratando de parecer resuelta, pero un ligero temblor en la voz evidenciaba temor y nerviosismo.

-Si hubiera querido esconderme,- dijo –no estarías hablando conmigo ahora.

Escucho callada durante unos segundos y continuó alzando más la voz, esta vez con entereza. –Eso lo determinará el juez, de momento María se queda conmigo.

Unos segundos más de silencio mientras aumentaba la angustia de Daniela, que, sentada en su sillón, seria y tiesa como un palo, retorcía entre sus manos el pañuelo que momentos antes había enjugado sus lágrimas.

-¡Ni se te ocurra aparecer por aquí!.- gritó de repente Rocío –Si te veo venir llamo inmediatamente a la Guardia Civil. Aquí no tienes nada que hacer hasta que se resuelva el asunto en el Juzgado. ¡No te lo diré otra vez! ¡Aléjate de mí!.

Colgó con un golpe y miró alterada la escalera, temiendo que las voces hubieran despertado a su hija que dormía en el cuarto de arriba. Daniela se levantó crispada. Ya no lloraba, pero temblaba.

-¿Qué te ha dicho? ¿Qué va a venir? No se atreverá ¿verdad?

-No lo sé mamá.- Hundió la cara entre las manos y tomó bocanadas de aire, como si los pulmones no tuvieran la suficiente capacidad para oxigenarla. –Vamos a dormir mamá.  Estoy muy cansada, vamos a dormir.

-Si, cariño, vámonos a la cama. Mañana llama a tu abogado y resolveremos este asunto.

Daniela no pegó ojo en toda la noche. Temía escuchar el motor del coche de su yerno. Cualquier ruido de la casa, el crujido de la madera, el silbido del mismo viento que se filtraba por alguna ventana mal encajada, le hacía tensar todo su cuerpo en estado de alerta.

Se levantó temprano, como siempre, aún de noche, para dar de comer a los cuatro gorrinos y las gallinas. Después se lavó bien en el cuarto de baño y se dispuso a preparar el desayuno para las tres. Tenía pensado llevar a María a la guardería de la señora Cecilia. La niña tenía tres años y era muy sociable, seguramente no habría problema en que se fuera relacionando con los otros niños y así, Rocío tendría tiempo de buscar trabajo mientras que ella, continuaría con la casa, el cuidado del huerto y los animales.

El olor del café despertó a Rocío. Miró a su alrededor y recordó su infancia no demasiado feliz, pero aún así, el entorno le resultaba entrañable, ligado a aquel olor a café y pan tostado. Los muñecos sobre la estantería de enfrente habían quedado allí, sentados, para recordarle que ella no se había ido para siempre, que aún la aguardaban para jugar un rato sentada en la alfombra junto a la ventana. Ahora sería su hija María la que disfrutara de aquellos viejos muñecos que le seguían sonriendo con aquel gesto invariable.

Despertó a María y se la llevó en brazos al cuarto de baño. Cuando bajaron a la cocina la mesa ya estaba preparada y la mermelada de melocotón que Daniela hacía, lista para untar en el pan caliente.

María estaba contenta en casa de la abuela, quería ir a ver las gallinas y los cerditos sin haber acabado aún de desayunar. Estaba agitada, llena de vitalidad, emocionada por las cosas nuevas que iba a descubrir y de las que le hablaba Daniela mientras intentaba que tomara un poco más de leche con cacao. Rocío las miraba con una sonrisa divertida en los labios, durante aquel rato en la mesa se le había olvidado por completo el episodio de la llamada nocturna de Andrés. De repente le vino a la memoria y tuvo que disimular su estremecimiento.

El frío empezaba a ser intenso a pesar del sol en aquel cielo despejado con pequeños jirones de nubes blancas y Rocío abrigó a la niña antes de que Daniela se la llevara de la mano a la guardería de la señora Cecilia. Ella se arrebujó en el jersey de lana que se había colocado mientras las veía alejarse por el camino hablando sin parar.

Puso un tronco más en la estufa de leña y se arremangó para fregar los platos. Limpió la mesa y barrió el piso, luego subió la escalera, entró en el cuarto, arregló la cama y se dispuso a colocar la ropa de las maletas en el armario. Hasta ese momento solo escuchaba el piar de los pájaros y el rugido lejano de los coches que pasaban por la carretera y comenzó a tararear una canción cuya letra no recordaba.

El sonido de un motor se ampliaba avisando de la llegada de un vehículo a la casa. Un sonido conocido: era el coche de Andrés. A Rocío se le escaparon las prendas de las manos cayendo al suelo junto con la percha. Salió de la habitación y echó a correr escalera abajo para cerrar con llave la puerta de la entrada, pero no tuvo tiempo. Andrés había saltado del coche en la misma puerta y empujó la hoja de madera antes de que Rocío lograra cerrarla.

Caminó dos pasos hacia atrás dando traspiés por el impulso.

-¿Qué haces aquí? ¡Vete de esta casa!

-Saca a la niña, me la llevo.

-María no está aquí.

-¡Mientes!

Andrés la empujó hacia un lado y subió las escaleras de dos en dos mientras su mujer le gritaba desde el piso de abajo. Volvió a bajar enfurecido y la cogió del pelo.

-¡Dime donde está o te mato! ¿Me oyes puta?

-¡Suéltame! ¡No te vas a llevar a mi hija! ¡Te denunciaré!

El hombre la miró con desprecio, soltó el pelo de su mujer quedándose con un mechón pegado a sus dedos, cerró el puño y descargó un golpe en la ceja izquierda de Rocío que cayó de espaldas golpeándose la cabeza contra la pared.

-¿Qué me vas a denunciar hija de puta? No te van a quedar ganas cuando acabe contigo.

La levantó de un tirón de su brazo izquierdo. Rocío gritó de dolor, el hombro emitió un crujido. Sangraba y no veía nada por el ojo golpeado que comenzó enseguida a cerrársele por la hinchazón. Andrés le lanzó otro puñetazo, esta vez en mitad de la cara. Notó como uno de sus dientes se partía y un dolor agudo la atravesó, cayó de nuevo al suelo y sintió una patada en el estómago que la dejó sin respiración.

Daniela avanzaba por el camino. Caminaba deprisa, tenía aún muchas cosas que hacer aquella mañana y había prometido a Cecilia que volvería por su nieta a la hora de comer.

Escuchaba a lo lejos lo que parecían gritos y conforme se acercaba a su casa, eran más perceptibles. De pronto se le agrandaron los ojos ¡su hija!. ¡No, no era posible!. Pero aquel pálpito que había tenido el día anterior, por alguna razón se había mantenido dentro de su pecho como un nudo. Echó a correr con torpeza, sus piernas aún eran fuertes, pero no lo suficientemente ágiles como para alcanzar la casa a la velocidad que ella hubiera querido. Aún así, Daniela corría más rápido de lo que cabría esperar para una mujer de su edad. Había soltado el bolso que quedó tirado en medio del camino. Respiraba por la boca y el corazón bombeaba con fuerza sintiéndolo en la garganta.

El pequeño cobertizo de aperos, se situaba unos metros antes de llegar a la entrada de la casa, a la derecha de la verja de madera. Recordó la escopeta de caza de su marido, cuando él murió la guardó allí, detrás de unos sacos de material de obra. Nunca supo manejarla ni quiso hacerlo, la guardó como tantas otras cosas, como un trasto más, ni siquiera sabía si estaba o no cargada. Llevaba años allí, pero Daniela la recordó como un relámpago en su cerebro. No tuvo dudas, empujó la puerta del pequeño habitáculo y fue directa a aquellos sacos que llevaban años durmiendo en un rincón y allí estaba, metida en su funda tal y como ella la dejó.

Daniela no tuvo que abrir la puerta de su casa, ya estaba abierta. Llegó a tiempo de ver como Andrés pateaba a su hija en el estómago, tirada en el suelo, cubierta de sangre y gritando de dolor. Apuntó al agresor y le gritó con la voz ronca de ira.

-¡Nunca más, nunca más! ¡A ella no!.

Andrés la miró, primero con sorpresa, luego se echó a reír.

-¡Mira la vieja cerda! ¿Qué haces con ese cacharro? ¿Quieres asustarme?

La carcajada de Andrés se quebró tras el estruendo del disparo. Daniela cayó de espaldas por el retroceso del arma. Se levantó dolorida y se acercó a su yerno que, tumbado en el suelo y con el gesto torcido, se palpaba la herida recibida en medio de la barriga. La sangre le empapaba el jersey y el pantalón y comenzaba a formar un charquito junto a su cuerpo. La mujer cogió de nuevo la escopeta y apuntó a la cara de Andrés. Él la miró aterrorizado, balbuceaba y alargó su mano manchada de sangre implorando. Un ¡no! salió de su boca en un quejido. Apretó el gatillo, pero esta vez solo hubo un ¡clic! y nada más.

Rocío, con la cara ensangrentada y un ojo totalmente cerrado, trataba de incorporarse sin fuerzas.

-¡Mamá, mamá!- Se desplomó desvanecida sobre las baldosas.

Daniela soltó la escopeta y corrió hacia el cuerpo de su hija. Comprobó que respiraba, miró la mesita donde tenía el teléfono y dirigió unos pasos hacia ella, frenó en seco, se volvió de nuevo y miró a Andrés que respiraba con dificultad desangrándose y haciendo intentos por levantarse. Corrió a la salita, cogió uno de los cojines que reposaban sobre el sofá y volvió de nuevo al hall. Andrés se había arrastrado un metro alcanzando ya la puerta de la calle y dejando un rastro de sangre. Se abalanzó sobre él, colocó el cojín sobre la cara de Andrés y dejó caer todo el peso de su cuerpo. Lucharon. Él la arañó, consiguió tocar su cara con la mano, pero Daniela le mordió con todas sus fuerzas, clavándole los dientes y haciendo que brotara la sangre. En la barriga del hombre, a través de la sangre de su herida, se dejaba entrever lo que parecían intestinos. Sin duda era doloroso, tanto que mermaba la fuerza física de él permitiendo que Daniela ganara la batalla. Al cabo de un momento dejó de moverse. Todavía esperó un poco más apretando el cojín contra la cara del cadáver y luego, exhausta y con el pelo revuelto, lo levantó con precaución mirando estremecida los ojos abiertos, sin vida, fijos en un punto inconcreto del techo.

Volvió junto a su hija, la besó una y otra vez con los ojos anegados de lágrimas y colocó el cojín bajo su cabeza mientras llamaba a la Guardia Civil.

Momentos después, las sirenas de la ambulancia y de los vehículos policiales llegaron a la casa encontrando a Daniela sentada en el suelo junto a su hija, que tapaba con su abrigo. En la puerta de la entrada, el cadáver de un hombre medio desangrado con un tiro en el vientre.

La recuperación de Rocío sería lenta pero completa. El forense determinó que el hombre había muerto sin duda por el impacto del disparo y su posterior desangrado. El juez dictaminó defensa propia.

Autora: Maruja Moyano

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2 comentarios

  1. Muy bueno, me tuviste bien enganchado…y lo a gusto que me dejó el final. Hay que clonar un millón de Danielas.

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  2. Gracias Antonio. Por desgracia, historias como esta suceden con demasiada frecuencia. Esta es ficticia, pero bien podría ser una real.

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