La niebla (VII – La confesión)

Pozuelo se refrescó la cara en el lavabo. En la calle hacía frío, pero la calefacción dentro de las dependencias policiales estaba demasiado fuerte y el contraste de temperatura era grande. Se miró en el espejo viendo como goteaba el agua desde la punta de la nariz y quedó pensando un momento en el giro que todo aquel asunto había dado desde que se tuvo la sospecha de que había un grave problema de salud pública en el pueblo de San Cristóbal.

-En realidad- pensó -hemos vuelto al punto de partida, pero con un escenario bien diferente. Este es un problema, en efecto, de salud pública, pero ¿quién sabe hasta dónde ha podido llegar? Ha traspasado fronteras. Hay que poner en alerta al Ministerio de Sanidad para que activen todos los protocolos internacionales en materia de salud y de control de redes.

Estaba sudando y se sentía incómodo. Se quitó la chaqueta y se dirigió de nuevo en mangas de camisa hacia la sala donde Paco Lago, custodiado por dos guardias, le aguardaba. Sólo habían hecho un descanso para ir al servicio y la pretensión del inspector era continuar sin más interrupciones hasta que el detenido le hubiera contado de pe a pa toda la trama que desencadenó el asesinato de las tres víctimas conocidas, pero bien podrían no ser las únicas.

Se sentó de nuevo delante de Lago, que se mostraba abatido y con claros síntomas de haber llorado un buen rato. Cada minuto era más consciente del inmenso lío en el que se había metido y que no existía escapatoria alguna.

-Vamos a ver, Paco, esto ya sabes que pinta muy feo. Ten en cuenta que en estos momentos no sólo eres el asesino de tres personas, sino que es posible que hayan fallecido o se encuentren muy enfermas, muchas otras personas por tu culpa.

Lago se hundió más aún en la silla y comenzó a atusarse el flequillo hacia atrás compulsivamente mientras asomaban a sus ojos gruesas lágrimas que rodaron como un reguero hasta a mesa. No contestó, se limitó a sollozar. Pozuelo sacó un paquetito de pañuelos de papel del bolsillo de su chaqueta, que había colocado cuidadosamente en el respaldo de la silla y se lo ofreció al detenido.

-¡Eh! ¡Mírame! Me gusta que me miren cuando hablo con alguien. Suénate y sigamos con esto.

Paco Lago se sonó la nariz ruidosamente y se limpió la cara.

-¡La he cagado inspector! ¡Se me fue el asunto de las manos!

-Bueno- contestó Pozuelo –lo que has hecho ya no tiene remedio, pero es necesario frenar la barbaridad que has iniciado con esa actividad, así que, vamos a seguir hasta el final, si colaboras, el juez lo tendrá en cuenta.

-De acuerdo- respondió el detenido sacando un nuevo pañuelo del paquete.

-Dime ¿qué pasó después de que muriera el mendigo?

-Me marché a mi casa y no pude dormir en toda la noche. Por la mañana no tenía que ir al trabajo, era domingo, así que aproveché para preparar más dosis, Hughes me había llamado con más encargos y quería tenerlos preparados el lunes para enviarlos por correo.

-¿Dónde los tenías que enviar?

-Tenía varias direcciones de España, pero también Italia, Colombia, Chile y Perú, creo recordar.

-Sigue ¿cuándo decidiste matar a Parrés?

-Toni me había enviado un correo anunciándome que iría el sábado a mi casa,  que teníamos que acabar de una vez con ese asunto. Le pedí que no viniera porque la asistenta solía ir los sábados a planchar la ropa que ponía a lavar los jueves y así yo la tenía lista el resto de la semana, pero Toni se había levantado con uno de esos días en los que era insoportable y no se podía hablar con él, no me hizo el menor caso y se presentó en mi casa.

-¿Y entonces llegó Antonia?

-Sí. Antonia llegó un rato antes que Toni y se puso a hacer sus tareas por la casa. Intenté que no nos oyera discutir, pero ya le he dicho que Toni tenía días en los que estaba insoportable y levantaba mucho la voz. Le dije que se marchara de mi casa y le abrí la puerta para que se fuera, entonces me gritó que me daba solo hasta el lunes para devolverle el dinero o pondría una denuncia con pelos y señales. Cuando cerré la puerta y me di la vuelta, Antonia estaba detrás de mí con la boca abierta y unas camisas sin planchar en la mano.

-Eso te desconcertó

-No. Eso me acojonó. Me sentía enfurecido y acorralado, parecía que todo se volvía contra mí. Sólo le grité a Antonia que era una cotilla metomentodo y que si estaba espiándome.

-¡Qué dijo ella?

-Nada, creo que estaba más asustada que yo. Terminó de planchar en media hora y se marchó.

-¿Y Parrés?

-En ese momento era él el que más me preocupaba, por eso fui esa tarde a buscarle, intenté por todos los medios hacer las paces y llegar a algún acuerdo intermedio, pero él no estaba por la labor y volvimos a discutir en la plaza. Lo que pasó luego con el tipo ese ya se lo conté antes.

-Sí, pero aún no me has dicho cuando decidiste matar a Parrés.

-Bueno, el domingo por la mañana, mientras yo preparaba la mercancía, Toni me llamó por teléfono, me dijo que tenía serias dudas de si yo había tenido algo que ver con la muerte del vagabundo que habían encontrado en la plaza. En ese momento tuve claro que Toni tenía que palmarla antes de cumplir el plazo que me había marcado para darle el dinero. Yo sabía que él salía a correr todos los días temprano antes de acudir al trabajo, así que le esperé en las inmediaciones de la zona deportiva por dónde solía ir. Había una niebla intensa, tuve incluso miedo de equivocarme de persona, me tenía que acercar mucho y me apostillé detrás de un árbol al borde del circuito. Su chándal amarillo era inconfundible. No me vio. Le dejé pasar de largo un par de metros y luego me abalancé sobre él. Fue rápido. Le metí más o menos lo mismo que al mendigo, pero en jeringuilla. Luego me fui al trabajo y traté de que no se me notara el nerviosismo, sobre todo cuando el jefe me preguntó si sabía algo de Parrés porque se retrasaba.

-Le dijiste que no, claro.

-Claro.

-¿Y la asistenta?

Lago se revolvió el pelo antes de contestar. Empezaba a estar agotado y el calor de la calefacción le embotaba la cabeza.

-Por favor ¿podrían quitar la calefacción? Me estoy agobiando mucho.

Pozuelo salió de la sala un momento. Cuando entró parecía que el calor empezaba a bajar de intensidad. Se sentó de nuevo frente a Lago.

-Yo también empezaba a agobiarme. Y ahora continúa ¿por qué te cargaste a la asistenta?

-La hija de puta me llamó el lunes por la tarde. Me preguntó si no me había enterado de que habían encontrado muerto a Toni Parrés, yo le dije que no tenía noticias, pero ella insistió – Lago afinó la voz imitando la de una mujer -¿cómo? ¿no se ha enterado? Pues ha salido en las noticias, aquí lo sabe todo el mundo y mi prima que vive en Villar del Duque dice que allí también se ha enterado todo el pueblo. Insistí en que no sabía nada y la muy puta me fue dejando claro lo que quería- volvió a imitar la voz de la mujer –Pero, si eran íntimos ¿o no era Toni Parrés el amigo con el que usted discutió el sábado?. Entonces le pregunté que a dónde quería llegar y me soltó a bocajarro- volvió a imitarla –Creo que tenían ustedes mucho dinero en disputa, me imagino que se ha ahorrado usted un buen pico. Yo estaría dispuesta a callar lo que sé si comparte conmigo ese pico.

-¿Intentó hacerte chantaje?

-Lo intentó igual que el cabrón del pordiosero aquel y lo mismo que Toni Parrés.- Dio un puñetazo en la mesa ¡Hijos de la gran puta! ¡Carroñeros de mierda!-  Volvió a golpear la mesa, primero con el puño, luego con la cabeza -¡Me obligaron a hacerlo! ¡Yo no quería que pasara todo esto! ¡No quería! ¡No quería!

Pozuelo y el guardia que custodiaba en la puerta sujetaron al detenido, luchando con él para impedir que se lesionara. Estaba fuera de sí.

-¡Para ya! ¡Para ya!- le gritó el inspector –¡Cálmate, por favor o pediré que te calme el médico! ¡Basta!

Lago cayó rendido en la silla con la frente enrojecida por el golpe que se había propinado contra la mesa. Rompió a llorar escondiendo la cara entre los brazos.

Pozuelo resopló y paseó por la sala con los brazos en jarra. En cierto modo, Paco Lago le daba pena. La había cagado, eso estaba claro, pero bien cagada. Se lo había buscado, pensó. Las compañías turbias, como el misterioso inglés y la codicia, eran un cóctel explosivo y a Lago le había estallado en toda la cara.

 

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