La niebla (VIII – La verdad)

Carrillo asomó la cabeza por la puerta.

-¡Jefe! ¿puede salir un momento?

Pozuelo salió al pasillo

-¿Qué me traes?

-Con la documentación que había en casa de Lago y el rastreo que han hecho los de Delitos Tecnológicos, hemos localizado el IP de su ordenador y el lugar desde donde Hughes operaba.

-¿Le habéis localizado a él?

-¡Ja! El pájaro había volado, pero se dejó alguna huella que hemos conseguido cruzar y ponerle cara en colaboración con Interpol. No es ninguna sorpresa si le digo que James Hughes es solo uno de los muchos nombres que utilizaba ¿verdad?

-Estaba dentro de lo previsible

Carrillo se encogió de hombros.

-Pues bien, nos han enviado su foto por fax pero no creo que se encuentre ya en territorio español. La hemos distribuido por los aeropuertos, aunque puede haber salido con otra identidad y otro aspecto a estas alturas.

Pozuelo miró la foto como para grabar las facciones de aquel hombre en su cerebro. Era un hombre bien parecido, de entre 45 y 50 años, no más, pero era una de esas caras que podrían pasar desapercibidas en cualquier lugar, sin ninguna característica que pudiera ser llamativa para un transeúnte o para un policía de aduana. Volvió a entregarle la foto a Carrillo.

-Entonces, ¿Interpol le busca por este mismo delito?

-No exactamente.

-Explícate.

-Al parecer, la empresa Bayer denunció hace un par de años la desaparición de uno de sus empleados con documentación relativa a varios de los ensayos que venían haciendo con algunas sustancias poco o nada conocidas en el mercado y con las que aún no habían llegado a experimentar en humanos.

– ¿Me estás diciendo que durante todo ese tiempo Hughes ha comercializado un producto en experimentación sin que nadie le haya detenido en toda Europa?

-Extraño ¿verdad?- Asintió Carrillo

-O el chico es muy listo o Interpol muy tontos

-O Bayer no está diciendo toda la verdad- añadió Carrillo

Pozuelo reflexionó unos segundos antes de preguntar.

-Supongo que el Ministro de Sanidad está debidamente informado.

-Se le ha informado a través de Gobernación, jefe, este asunto es muy gordo.

Pozuelo volvió a la sala donde Lago esperaba. Había que hacer aún todo el papeleo y estaba cansado y hambriento.

-Yo ya he terminado contigo, Lago- dijo dirigiéndose al detenido.

-Ahora un agente te leerá toda tu declaración para que la firmes y luego duermes unas horitas en el calabozo hasta que el juez decida tu siguiente destino.

Lago movió la cabeza afirmativamente sin mirar apenas al inspector.

-Supongo que nos veremos en el juicio- añadió Pozuelo, luego recogió su chaqueta y salió de la sala.

Se dirigió a un bar cercano para comer un bocadillo. Pronto dejaría aquel pueblo y volvería a casa su labor estaba prácticamente acabada. Carrillo y él cogerían su coche en dirección a la capital al día siguiente, después del funeral por las tres víctimas. El Ayuntamiento había asumido los gastos del entierro del vagabundo desconocido. Lo colocarían en un nicho en tierra de nadie en algún lugar apartado del cementerio.

Pozuelo masticó despacio y luego dio un trago largo a su cerveza, le gustaba así, sin vaso.

-No me lo creo- Dijo en voz alta sacudiendo la cabeza, luego se dio cuenta de que estaba solo en la mesa y el parroquiano de su derecha le había mirado creyendo que se dirigía a él. Le sonrió como para disculparse y picó del plato de aceitunas que tenía delante. Se comía bien en los pueblos.

Pensó en la información que le había dado Carrillo. No era posible que a una empresa tan potente como aquella se le hubiera ido un empleado con una bomba de relojería como aquella y durante dos años nadie le hubiera localizado. La oferta de aquel producto había aparecido como uno más de los productos milagro que se anuncian cada día y hubiera sido muy fácil rastrearlo y detener a Hughes. Había medios de sobra en Interpol y más aún en Bayer si es que tenían de verdad ganas de localizar al inglés y recuperar la documentación y las fórmulas que sintetizaban la droga extraída por aquella planta desconocida.

No. No era creíble. Su olfato de policía experto le hacía sospechar de algo peor: El experimento se estaba llevando a cabo en humanos desde hacía tiempo con pleno conocimiento y control de la multinacional.

-Pondría la mano en el fuego y no me quemaría- pensó Pozuelo mientras daba otro bocado al suculento bocadillo.

-¿Cómo es posible que opere con tanta soltura y que cambie de identidad con esa facilidad si trabaja solo? Eso no es posible. Bayer le hubiera echado el guante hace mucho si de verdad se fugó con todo eso.

El móvil de Pozuelo sonó.

-Sí señor. Pero… si, si, de acuerdo, pero aún así… pero puede contar con mi colaboración. Sí, claro, estoy a sus órdenes. Adiós- Se le escuchó responder al aparato.

El inspector colgó y se quedó mirando la pantalla apagada de su móvil -¡Me cago en tus muertos!- exclamó y el hombre de la mesa de su derecha volvió a mirarle, pero esta vez no hubo sonrisa de disculpa.

La llamada había venido de Gobernación. Le informaban de que su trabajo ya había acabado por completo y de que la investigación sobre el tal James Hughes, la dirigirían directamente desde allí por otro equipo más capacitado para asuntos internacionales. Pozuelo sabía de sobra que era mentira, una capa de niebla sobre aquel asunto para que se perdieran en ella y nadie conociera la verdad. Sabía que sus sospechas no andaban erradas y que Bayer tenía potencial económico suficiente como para dar carpetazo al asunto pasando por encima del Gobierno, de Interpol y de la Santísima Trinidad.

Ya tenían un cabeza de turco: Paco Lago, el memo que había estropeado el negocio en la zona al haberse pasado matando a tres personas y descubriendo parte de aquel entramado que iba mucho más allá, pero eso, Pozuelo sabía que jamás se iba a descubrir aunque él estaba seguro de conocerlo. En unas semanas nadie se acordaría de los sucesos de San Cristóbal. Habían cogido al asesino y nada del trasfondo de todo aquel asunto afloraría nunca más.

Al funeral por las víctimas asistió casi todo el pueblo de San Cristóbal. Los familiares y las autoridades locales y provinciales se sentaron en las primeras filas.

Tomás y Raúl se colocaron en la última fila de bancos de la iglesia. –Para salir los primeros- dijo Tomás –vengo por respeto a las familias- añadió –pero a mi estas cosas me dan “yuyu”.

El día había amanecido frío y el sol permanecía oculto tras las nubes.

-Debo reconocer que al final de todo tenías razón- soltó Raúl dando una palmada en el hombro de su compañero.

Tomás sonrió satisfecho. –Lo tuve claro desde el primer momento. A la gente, la matan o se muere.

-Pues diste en el clavo: Los mataron.

-¿Ves como toda la parafernalia que montaron era una gilipollez?

-¡Hombre! ¡tampoco es eso! Las medidas preventivas y en esas circunstancias tan extrañas eran necesarias. ¡No te pases!

-Bueno, pero yo tenía razón

-¡Siiii… tenías razón!

-Eso quería escuchar- volvió a sonreír satisfecho.

-Cambiemos ya de tema- exclamó Raúl resignado –el domingo ¿te apuntas al partido de fútbol?

-Prefiero una partidita pero de cartas en el bar de Manolo.

-¡Joder, Tomás! Con razón te crece la barriga. Te estás haciendo viejo

-¿Viejo yo? ¡tus cojones!

La niebla se cerró tras las dos figuras que caminaban calle arriba, ajena a la tragedia a la que había asistido, ignorante de su complicidad en los hechos, indiferente ante la muerte o ante la vida, solo dispuesta a inclinarse ante el tímido sol que luchaba ente nubes por iluminar el día.

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