¿Cuánto vale una mujer?

¿Cuántas contamos ya en lo que va de año? ¿38? ¿39? ¿40? No sé, he perdido la cuenta de cuántas mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas y aún no hemos acabado el año. Seguramente pronto veremos un número exacto, una contabilidad detallada de vidas truncadas en las páginas de los periódicos. Una estadística en la que las líneas suben o bajan conforme las cifras se van plasmando sobre el año de cada suceso.

Ya no salgo a la calle a guardar minutos de silencio tras una pancarta, que es igual o parecida cada vez que otra mujer cae ensangrentada al suelo para no volver a abrir los ojos. Lo siento, es que no me sirve. No es que me haya dejado de importar, claro que no, es que me parece absurdo seguir guardando silencios como homenaje mientras no se cambia un ápice en la estrategia social para evitar nuevas muertes.

Diréis que nada tiene que ver una cosa con la otra, pero yo no lo veo así. Me siento absurda sabiendo que ese acto simbólico y bien intencionado, no va a evitar el siguiente titular.

A pesar de las campañas televisivas de los últimos años, en donde se pretende sacar a la luz una lacra que no es de ahora, que, es arrastrada por la sociedad desde muchos (tal vez todos) siglos atrás, dónde se pretende concienciar a la población y alertar del inmenso daño que nos hacemos todos y todas mientras se silencie el maltrato físico y psicológico contra las mujeres, a pesar de todo ello, no hemos avanzado nada. Las cifras suben, los ataques continúan, las mujeres siguen muriendo y sus hijos, también en demasiados casos.

Los gobiernos nunca han estado a la altura y jamás han priorizado la seguridad de las mujeres y la educación en igualdad de la población. Se han recortado los recursos destinados a la prevención, a la educación y a la protección de las mujeres. Se ha frivolizado siempre sobre todo aquello que tiene que ver con nosotras, como si no fuéramos importantes, tal vez porque no nos perciben importantes, demasiado dinero, (dirán ellos) que bien podemos invertir en negocios más fructíferos. Las mujeres siempre hemos estado a la cola de las prioridades públicas y privadas hasta el punto de que las propias mujeres hemos interiorizado ese rol secundario y de ahí, a callar ante los golpes y ante los insultos, de ahí a la vergüenza de confesar los ultrajes de todo tipo y color incluidas las violaciones.

En casi todos los casos, la decisión de la mujer a tener una vida propia y no dependiente de su pareja, separarse para reiniciar su destino en solitario, rompe los moldes establecidos por quienes se han auto designado amos y señores de sus cuerpos y de su vida. El hombre percibe como una humillación que la mujer ejerza su derecho a decidir y a caminar como un ser autónomo y perder sus riendas.

Educar en igualdad es una clave de prevención para una sociedad que camine hacia la exención del feminicidio. Pero es posible que no baste con que en las escuelas se formen personas con esos valores, también hay que cambiar el entorno en el que los individuos se desenvuelven, porque ese entorno también es parte de la educación de la ciudadanía, sea cual sea su edad y su sexo.

Miramos a nuestro alrededor y vemos como prácticamente todo, cada objeto, cada servicio, está dirigido a los hombres como usuarios del poder y a las mujeres, como usuarias de aquello que agrada al poder. Los anuncios, los programas televisivos, de forma explícita o de forma implícita, continúan perpetuando los valores en clave de rol femenino o masculino.

Los mensajes de cada cosa que compramos, que nos ponemos, que olemos, que utilizamos, todos ellos forman parte de la educación integral del individuo. La agresividad, el todo vale, los cánones de belleza y de éxito social, empapan nuestra vida allá donde miremos.

Mientras no haya modelos de comunicación plenamente conscientes del papel que juegan en el entorno en el que nos movemos, unidos a una educación en las escuelas enfocada a las personas como seres iguales, no acabará el recuento de mujeres muertas que pudo haber sido evitado.

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2 comentarios

  1. Te doy la razón Maru, a quienes tienen que hacer algo más les viene estupendo este parapeto que le proporcionan la “clásica” manifestación.

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  2. Porque siguen pensando que es una cuestión “privada”

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