En el nombre del padre

Yo nunca estudié en colegios religiosos, lo hice en aquellos que llamaban “nacionales”. Era una época de dura represión, donde la letra entraba con sangre, donde el maltrato físico a los niños y niñas estaba consentido, justificado y asumido y donde la desobediencia y la rebeldía estaban catalogadas como un pecado mayor y constituía un desprestigio y un rechazo en el ámbito escolar que traspasaba las puertas del colegio y continuaba en casa con casi la misma severidad.

Hablar de sexo era inimaginable, un pecado tan grande que la condenación eterna era segura, porque, aunque colegio “nacional” con profesorado secular, la religión católico-talibán reinaba por encima de cualquier otra norma o enseñanza y su vulneración podía ocasionarte humillación pública y lapidación psicológica, hasta rogar a Dios que la tierra se abriese y tragase sin misericordia tu cuerpo pecador.

En Semana Santa no se cantaba, ni se bailaba, ni se reía, era pecado y una falta de consideración al Señor muerto por nuestros horribles pecados. En la radio solo se oía música sacra, o como mucho, música clásica, siempre lo más triste posible, porque la tristeza era obligatoria.

Pasados los años, cuando ya las lenguas empezaban a soltarse y a liberar tanta mierda tragada, conocí gente que había tenido el privilegio de estudiar en colegios religiosos (aunque nunca entendí cual era la diferencia, a excepción de la vestimenta del profesorado). Digo privilegio porque a quien estudiaba en colegios de curas o de monjas, según su sexo, claro, se le suponía un mayor posicionamiento en la escala social.

Pero volviendo al tema, decía que conocí, sobre todo a muchachos que me contaban confidencialmente desagradables experiencias en sus respectivos colegios. Curas de manos largas que les acariciaban aquellas piernecillas sin pelos y aún con pantalón corto; que les palmeaban el culito duro y suave de su infancia cuando “se portaban mal” y que, a pesar de no tener ni idea de cualquier cosa relacionada con la lujuria, ni haber tenido ni una sola fantasía sexual por escasez de años y excedentes de miedo al infierno, la sensación de desagrado y de vergüenza eran una constante en sus recuerdos.

No hace tantos años que algunos valientes comenzaron a sacar aquellas pesadillas y otras peores del baúl de los recuerdos olvidados, no por olvido en sí mismo, sino por ganas de no recordarlos. Aún así, muchachos de todas partes empezaron a sacudir a la luz las denuncias de abusos, producidas en sus años de escuela a cargo de sus profesores religiosos. Abusos y violaciones que niños y niñas sufrieron y siguen sufriendo al amparo del silencio de la iglesia católica, pasando por encima de la vergüenza y de los traumas inferidos por quienes condenaban cualquier atisbo de curiosidad sexual o erótica por parte de los niños y niñas y de los adolescentes.

¿Cuántos de esos pederastas reconocidos han sido condenados, bien por la iglesia católica suspendiéndoles en su labor sacerdotal, como penalmente, haciéndoles pagar con penas de cárcel como a cualquier otro mortal por ese delito? ¿Dos o tres tal vez? No he visto más de dos casos de expulsión en los medios.

Sin embargo, cuando hace solo dos días que un cura polaco Monseñor Krysztof Olaf Charamsa, se atrevió a declarar públicamente ante el mundo entero su condición de homosexual, presentando en sociedad a su novio y reivindicando el derecho de los homosexuales, lesbianas y transexuales a ser reconocidos y a manifestar su amor como cualquier otro ser humano, la iglesia entera retumbó de pavor y los huesos de los santos se revolvieron en sus tumbas.

Por supuesto que ha sido drásticamente expulsado del sacerdocio, ¿cómo se le ocurre? Monseñor Krysztof Olaf, a la iglesia católica nunca le ha gustado airear esas cosas y menos aún reivindicarlas como si el amor fuera legítimo de por sí, ¡que no, hombre! ¡que no! Existe el amor legítimo, siempre que sea debidamente autorizado y con una sexualidad encauzada exclusivamente hacia la reproducción y si es posible sin disfrutar lo más mínimo, que tampoco hay que excederse; luego está el ilegítimo, o sea, el no autorizado, pero depende de quien lo ejerza, por ejemplo los pederastas con sotana, se les perdona rezando dos Avemarías y media docena de Padrenuestros y eso siempre con la persiana bajada, a los demás no, por mucho amor que quieran demostrar, eso son memeces, el amor solo a Dios y al santo falo del cura de turno.

A ver si de una vez empiezan a salir curas del armario y dejan de meter a los niños dentro de ellos, verán como la salud psicológica mejora, tanto de unos, como de los otros.

Anuncios

2 comentarios

  1. Maruja, creo recordar que nos llevamos un día, no sé quien a quien, y, por lo tanto, has calcado muchas vivencias, palmaditas en las inocentes nalgas incluidas (en algún post mío he hablado de esto). Todo se andará, ya ves, el el PP también hay gays y se casan, me parece estupendo, lo que no entiendo es la tremenda hipocresía que encierra ese hecho, la incoherencia…

    Le gusta a 1 persona

  2. Me han contado tantos casos, tan coincidentes unos de otros, que parece evidente que las prácticas de pederastia están enraizadas desde hace muchas décadas en la iglesia católica y, seguramente, diciendo “décadas” me quedo muy, pero que muy corta. Sobre todo los niños, habéis sufrido abusos desde que se inventó este negocio de velar por nuestras almas.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: