Las profundas raíces de la violencia de género – ¿De qué hablamos?-

Publicado en Revista “Libre Pensamiento” nº 85 – Invierno 2015/20

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Por su extensión publico en tres partes.

Hablar de violencia de género, no es hablar de algo nuevo. Hablar de violencia de género es hablar de la historia de las mujeres desde el principio de los tiempos a lo largo y ancho del planeta que habitamos. La parte negativa es esa: que el problema subsiste a pesar del paso de los siglos. La parte positiva es, que al fin, podemos hablar de ello como un fenómeno a erradicar que nos preocupa y mucho.

Si hay algo que unifica a todas las culturas del mundo, eso es un sistema sociocultural basado en el sometimiento de unos sobre otras, de superioridad de los hombres sobre las mujeres, lo que llamamos “sistema patriarcal”.

La división de los roles en ambos sexos desde las primeras tribus y organizaciones humanas, orientados, sobre todo, a la protección del grupo frente a los depredadores y a la alimentación de la prole, marcó de forma definitiva el futuro de millones de generaciones hasta nuestros días, como si el tiempo y los acontecimientos históricos no se hubieran sucedido unos tras otros, de tal forma, que la fuerza física continuó siendo el símbolo del poder, desvalorizando cualquier otro atributo o virtud por muy valioso que resultara para el desarrollo sano y armonioso del resto de individuos que lo componían.

Parémonos un momento para enumerar los estereotipos atribuidos a cada uno de los géneros.

Los valores identificados con lo masculino son:

Fuerza – Independencia – Dominación – Agresividad – Decisión – Raciocinio – Valor – Competitividad – Espacio social o público.

Por el contrario, los valores identificados con lo femenino son:

Debilidad – Dependencia – Sensibilidad – Generosidad – Emociones – Intuición – Candidez – Reproducción – Espacio privado o doméstico.

Por tanto, desde el principio, niños y niñas aprenden y asumen cuáles son las formas de comportamiento y aquello que se espera socialmente de ellos y de ellas. El aprendizaje es sutil en ocasiones y va implícito en los comportamientos de los miembros de la familia, del vecindario, de los amigos, de los mismos juegos infantiles y, sobre todo, de los mensajes de aprobación o desaprobación del entorno conforme las actuaciones y/o palabras del niño o de la niña.

En otras ocasiones, el aprendizaje es explícito: “los hombres no lloran” “compórtate como una señorita”… a través de los mensajes y de los programas televisivos, que reproducen una y otra vez los estereotipos asignados a los dos sexos: hombres poderosos, mujeres bellas. Los anuncios que les recuerdan cada día aquello que deben desear y que les hará, a los ojos de los demás, más hombres o más mujeres, más “varoniles” o más femeninas”.

Me atrevo a decir tajantemente, que las sociedades (y no excluyo a ninguna) están fuertemente masculinizadas y por tanto, lo deseable es todo aquello que represente los valores atribuidos a lo masculino y que infravalora los atribuidos a lo femenino. Luego, no es de extrañar que la educación absorbida por los niños y niñas desde su nacimiento y reforzada por los grupos de socialización más cercanos a su entorno, igualmente contaminados por la generación precedente, esté enfocada a reproducir y perpetuar los cánones de poder y de sometimiento. A nadie le gusta estar entre los perdedores y las familias inculcan a sus hijos e hijas la necesidad de triunfo en la sociedad en la que se desarrolla su vida, siendo la idea de “triunfo” todo aquello que se asemeje al máximo a lo deseable, es decir, a lo masculino: éxito social traducido a poder y dinero para los hombres. En el caso de las mujeres, una educación enfocada a dar esplendor a su marido en los entornos sociales en los que ambos se muevan, eso como prioridad y en última instancia, poder y dinero como fin último.

Tanto niños como niñas, asumen su rol desde el principio de su vida, unos han heredado la obligación de ser dominantes, cuestión que les hace mucho más atrayentes para las mujeres y las otras, han heredado la obligación de ser sumisas y complacientes, virtudes que las hacen también mucho más atrayentes para los varones. Una mujer sonriente y que no cuestione demasiado el poder del varón es mucho más deseable que otra mujer con carácter de líder y que compita con el varón en el mismo campo.

Podemos decir, que ese juego dual entre lo masculino y lo femenino, se aplica de la misma manera en la lucha de clases: lo masculino es el poder económico-político, lo femenino el sometimiento de una ciudadanía mayoritariamente obrera, las consecuencias del enfrentamiento entre ambas clases, suele ser similar a las que han existido durante siglos entre géneros, la violencia se ha ejercido desde el poder con la misma impunidad sobre las clases populares, el objetivo del poder es el control absoluto sobre los objetos de dominación, precisamente porque el poder dominante se legitima a sí mismo y es asumido como tal por gran parte de la ciudadanía, que lleva interiorizado su papel “femenino” o de inferioridad social.

Podemos decir también, que la lucha por la conquista de la igualdad entre hombres y mujeres, es una lucha de clases, la clase femenina y la clase masculina. Dicho así parece absurdo, pero, tengamos en cuenta que estamos analizando el porqué de la violencia de género y en esta materia, no existen diferencias entre mujeres de clase adinerada y mujeres de clase humilde, entre hombres de clase adinerada y hombres de clase humilde. La violencia de género se produce tanto en unos casos como en otros, porque es el rol del poder masculino el que maltrata, no el rol del mayor o menor desahogo económico. Igual que en el caso de las clases sociales (económicas) el poder masculino, la fuerza social dominante, tiene como objetivo el control absoluto sobre su objeto de dominación: la mujer.

Si hablamos de razas humanas, estaremos en el mismo punto de partida. El maltrato y las abominaciones sobre las mujeres por parte de los hombres, lo son en todos los continentes, no existen, que se sepa, ninguno que respete como iguales a la parte femenina de su población.

Y si analizamos una a una las distintas creencias religiosas, desde las más primitivas, incluso en aquellas en las que se admite deidades femeninas, el Dios supremo siempre es mostrado y/o nombrado, como un ser masculino, lo que refuerza la idea interiorizada de la supremacía masculina.

En todas las religiones se deposita en los varones la misión de representar en la Tierra a Dios mismo. Desde el principio de los tiempos, son los sacerdotes los encargados de administrar la palabra o la ley divina conforme a su exclusivo criterio. Si en algún momento hubo sacerdotisas, estas quedaron sepultadas en las profundidades de los tiempos como leyendas. Como mucho, las mujeres dedicadas al culto religioso, no son más que meras servidoras de los sacerdotes a los que están obligadas a obedecer y respetar como sus inmediatos superiores.

De hecho, han sido las distintas religiones las que más se han trabajado la conciencia social de la supremacía de los varones sobre sus compañeras. No solo han gobernado los templos, también han gobernado sobre la vida de las mujeres directamente, sobre todo, han gobernado sobre la sexualidad femenina y siguen haciéndolo, como forma de asegurar el sometimiento de las mujeres y la idea de propiedad de los hombres sobre ellas. La virginidad ha sido desde siempre una moneda de cambio a la hora de entregar la mujer a su nuevo dueño. Una mujer no virgen, se desvaloriza como un objeto usado hasta el punto de que, millones de mujeres han sido asesinadas por sus propios padres al descubrir la pérdida de su virginidad antes de otorgársela al nuevo dueño, pues la familia pierde el honor y también el dinero o cualquier otra cosa prometida como valor de cambio.

La mujer, por regla general, interioriza el rol que se le asigna como propio y natural dentro de la estructura patriarcal. La violencia contra las mujeres es estructural, no se debe a rasgos singulares y patológicos de una serie de individuos, sino que es una forma de definir las identidades y las relaciones entre los hombres y las mujeres dentro de una sociedad que mantiene un sistema de relaciones de género que perpetúa la superioridad de unos sobre otras y asigna diferentes atributos, roles y espacios en función del sexo.

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Un comentario

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