Las profundas raíces de la violencia de género -¿es la educación la clave?-

Publicado en Revista “Libre Pensamiento” nº 85 – Invierno 2015/20

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Por su extensión publico en tres partes.

En Europa, los países más castigados por violencia machista son los del norte, que paradójicamente invierten más en programas de educación para la igualdad de género, pero que también son fuertemente competitivos en términos económicos, comerciales y también políticos. Podríamos decir que son países enormemente masculinizados en cuanto al concepto de éxito social, incluso aunque las mujeres participen en un porcentaje alto en la productividad de la riqueza del país.  Más de 25 millones de mujeres europeas fueron víctimas de este tipo de violencia durante el año 2014 según la Agencia Europea de Derechos Humanos realizada en marzo de 2014.

No existe una política unificada entre los países de la UE para acabar con la violencia contra las mujeres, pero aunque cada uno de ellos ha hecho una serie de programas diferentes de educación para la no violencia y tienen recursos para trabajar en la dirección de la igualdad entre las personas, ninguno ha dado el resultado esperado.

Los países que encabezan la lista de casos de violencia machista son Dinamarca (52%), Finlandia (47%), Suecia (46%), Francia y Reino Unido (44%). Son datos de agresiones físicas y sexuales desde los 15 años de edad. España tiene menos de la mitad de casos en términos porcentuales, un 22%. Claro que, no podemos olvidar tampoco, que las mujeres del centro y norte de Europa son más conscientes y por tanto, más propensas a denunciar los casos de violencia vividos, por lo que los datos de mujeres españolas y de otros países de la UE, pueden no ajustarse a los datos reales, pero lo que no pueden maquillarse son los asesinatos efectivos.

Diana Russell utilizó el término “femicide” por primera vez en 1976 ante el Tribunal Internacional sobre los Crímenes contra la Mujer en Bruselas, para definir las formas de violencia extrema contra la mujer. La misma Russell, junto con Jane Caputi, redefine ese concepto en 1990 como “el asesinato de mujeres por hombres motivado por el odio, desprecio, placer o sentido de posesión hacia las mujeres”. Un gran aporte de Russell y Caputi fue visibilizar que los motivos por los que históricamente se han asesinado personas debido a su raza, nacionalidad, religión, origen étnico u orientación sexual, son los mismos por los que se asesina a las mujeres y de ese modo enmarcan el femicide como un crimen de odio.

A los hombres se les permite ser violentos en rangos y grados distintos. Las masculinidades prevalecientes todavía están cargadas de violencia, que tiene que demostrarse a través de los deportes, las competencias rudas, la política y hasta en el terreno de la delincuencia. La mayor parte de los crímenes en todo el mundo (alrededor del 90%) son cometidos por hombres. Los varones que asesinan a sus compañeras sienten que son superiores y que tienen derecho sobre su vida por la suposición de propiedad sobre las mujeres.

La neuróloga Debra Niehof, afirma lo siguiente: <<La violencia es el resultado de un proceso de desarrollo, una interacción permanente entre el cerebro y el medio ambiente […]. Es importante entender que la violencia no tiene una causa única, puede venir de cualquier parte de la estructura psicológica. Todo lo que nos encontramos o experimentamos en nuestras vidas tiene el potencial de afectarnos y no hay un factor único al que echar la culpa. La violencia es el resultado de un bucle de realimentación compleja,. Pero ese bucle puede romperse. La biología no es destino.>>

Las causas generales que provocan violencia en los varones, suelen provenir del miedo, la inseguridad y la incapacitación para soportar su existencia en un mundo que les está exigiendo constantemente ser responsables, valientes, competitivos, conquistadores… ante la sociedad patriarcal en general, pero en particular ante sus propios congéneres varones.

El maltrato es un mecanismo de control. La no aceptación por parte de algunos hombres, del nuevo papel de la mujer en una sociedad democrática y con una convivencia en igualdad, podría ser uno de los motivos por los que, a pesar de las medidas que se vienen adoptando, no se haya producido un descenso en este tipo de conductas violencias y es que, la existencia de una cultura basada en la violencia en sus distintas formas como medio para resolver conflictos y frustraciones, es un factor determinante para la perpetuidad del problema. El hombre percibe, en definitiva, que su situación de “privilegio” está amenazada y lo defiende de la única forma que aprendió a hacerlo, por medio de la violencia, incluso llegando a la forma más extrema: el asesinato.

Como hemos visto, la violencia machista tiene unas raíces bien profundas. Resulta difícil pensar que esa lacra social se pueda acabar sin tocar las estructuras mismas de la sociedad. Lo peor, es que si ese convencimiento no se extiende a la consciencia de la población y de forma imprescindible a aquella parte responsable de la organización social, jamás acabaremos con ella, incluso, como hemos comprobado, aunque nuestro país alcanzara mayores cotas de riqueza y posicionamiento político, comercial e industrial en el mundo, nuestra sociedad seguiría asentada sobre unas bases de interiorización de la masculinización de las relaciones sociales e individuales.

Una sociedad fundamentada sobre los valores “masculinos” por antonomasia, incapaz de transformarse y dejar de desvalorizar todos aquellos valores “femeninos” a los que ha renunciado y de los que reniega, continuará educando a sus miembros en el mito arcaico basado en la desigualdad y el sometimiento.

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8 comentarios

  1. Algo importante para acabar con la violencia en general es que las familias eduquemos bien a nuestros hijos. La educación en valores, el respeto al prójimo y la convivencia se aprende en el hogar. Un abrazo.

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  2. […] profundas raíces de la violencia de género: ¿De qué hablamos?, Tipos de violencia y ¿La educación es la clave? Sadismo y crueldad Agua y corrupción en la Comunidad de […]

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  3. Mariano · · Responder

    Hola Maruja, qué gusto encontrar esta nota. Es interesante poder realizar una línea directa de relación entre la cultura capitalista y las razones del femicidio. Digo esto en términos de la cuestión “mujer-propiedad”
    Pensaba también en el concepto de lo “líquido” en términos de Baumann. Una sociedad que está viviendo cambios profundos en las reglas del género, disolviendo las columnas machistas, entiendo que debe generar inseguridades enormes en los hombres que podríamos denominar “1.0”, esos tipos que no se permiten aceptar que la mujer es libre en sí misma y no porque un hombre la deje.

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    1. Hola Mariano, Gracias por leer mi artículo. No sabes como me alegra encontrar hombres que entienden la violencia de género como algo que les afecta y les hiere igual que a nosotras. La sociedad no puede avanzar por caminos de paz si ambos géneros no lo hacemos juntos. La violencia impregna cada paso en nuestra vida: la historia, la familia, el entorno, la publicidad, las relaciones laborales, las relaciones personales… Todos y todas hemos mamado violencia y hemos mamado machismo, tanto a unos como a otras nos ha afectado y nos ha metido en la vida y en las células de nuestro cerebro. Luchar contra ello para erradicarlo es, tal vez, mucho más duro para los hombres, por eso admiro que tantos tengáis la valentía de unir vuestros hombros a los nuestros en esta cruzada contra esa semilla tan arraigada que es la violencia y sobre todo, la violencia contra las mujeres. La libertad es dura de conseguir, nosotras lo sabemos bien.
      Un abrazo

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      1. Mariano · ·

        Creo que nuestra sociedad es múltiplemente violenta, el femicidio es una de sus formas, pues el género femenino ha sido uno de los oprimidos de esta sociedad, lo mismo que la clase obrera o las clases pobres. De esto resulta que la mujer sufre una triple opresión: por mujer obrera o por mujer pobre… o lisa y llanamente por las dos anteriores a la vez.
        Me tocó ver muy de cerca esto: mi familia marcadamente patriarcal, mi Abuela viviendo supeditada a los designios de mi Abuelo: sin voz, sin voto, sin independencia. La sujeción por el miedo a quien debía ser su compañero y no su dueño…

        Siempre me cuenta que cuando tenía quince años, habiendo terminado un curso de corte y confección, le ofrecieron ser profesora del instituto: iba a cobrar casi el doble que su padre (mi bisabuelo). Ella fue feliz a la casa a contarlo, sentía que iba a poder aportar al hogar un dinero que permitiera descansar de los esfuerzos a sus padres. Sin embargo, cuando lo contó, su padre la miró y le preguntó con sequedad: “¿no comiste hasta ahora?”

        Lo más terrible del machismo es la cuestión cultural: ni mi Abuelo ni mi bisabuelo eran malas personas (de hecho mi bisabuelo era socialista!) sin embargo tenían tan naturalizado el predominio masculino que ni pensaban que le cortaban las alas a sus mujeres.

        Haber vivivdo eso eso desde chico me abrió mucho la cabeza y me decidió a no ser igual. Naturalmente debo tener mis cosas: no me preocupa las cosas que soy conciente que no debo repetir, sino las aristas machistas que debo tener naturalizadas y que se mantengan fuera de mi percepción.

        A veces sueña que maneja un coche (cosa que nunca le dejaron aprender)

        Un hallazgo tu blog, me pasaré seguido a visitarte.
        Un abrazo

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      2. Hola Mariano. La historia de tu abuela es, tristemente, la historia de millones de mujeres. Los avances en el terreno del reconocimiento a la independencia económica de las mujeres han tenido un éxito relativo. Aún hoy hay mucha gente que considera que las retribuciones de la esposa al hogar son una “ayuda” a la economía familiar, igual que considera al mismo tiempo, que los trabajos domésticos que los hombres de la casa realizan, son una “ayuda” a la madre de familia.
        Yo he tenido que escuchar de compañeras de trabajo aquello de “mi marido me ayuda mucho en la casa”, como si la responsabilidad de las tareas domésticas las asumieran como propias y la “manita” que le echa el marido fuera de agradecer y no de exigir. En el terreno laboral aún se mantienen posos de ese machismo que atribuye el mantenimiento de la familia al varón y por tanto, de alguna manera, la propiedad de todo lo existente dentro de la casa, incluidos la esposa y los hijos.
        La violencia y la acumulación de bienes y dinero como protagonistas del poder en la historia de la humanidad, se trasvasa a la vida cotidiana hasta en los más pequeños detalles. También mi padre decía que era de izquierdas (muy de izquierdas) pero el machismo que ejercía sobre nosotras era igual al de cualquier otro hombre de derechas, porque el machismo, como digo en mi artículo forma parte de la lucha de clases, de esa otra lucha de clases, la machista y la feminista (entendiendo como feminista lo que nosotras entendemos: igualdad entre los sexos) sobrevolando cualquier otra condición: económica, social, académica…
        Quien pAga manda y quien pEga, también. La fuerza del dinero y la fuerza del castigo han sido a lo largo de la historia la posesión más preciada por los varones y aún hoy lo sigue siendo desgraciadamente.
        Anima a tu abuela a coger un coche, acompañada y en algún lugar llano, solitario y bien alumbrado. Disfrutará.
        Un abrazo

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  4. Hola Marinside. Aunque estoy de acuerdo básicamente en lo que dices, no me quedaría ahí, la educación familiar no es el cien por cien de la educación de los individuos. Conocerás, como yo, muchas familias en las que cada uno de los hijos, habiendo tenido la misma educación, siguen caminos opuestos, con valores opuestos.
    La educación de las personas empieza en su núcleo familiar y continua en el entorno social, en la escuela, el barrio, los amigos y de forma cada vez más intensa, a través de los medios de comunicación, en una sociedad donde ningún individuo está aislado.
    Formamos parte de un sistema social, político, laboral… la violencia lo impregna todo de una manera sutil a veces y agresiva en otras ocasiones. Por eso es necesario cambiar la sociedad, reinventar el mundo.
    Sí, ya se que parezco loca, será porque lo soy.
    Un abrazo

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  5. Me uno a tu locura Maruja, tienes razón, hay que cambiar la sociedad y reinventar el mundo, no sé como lo haremos, pero sin duda el primer paso es saber que queremos hacerlo.
    Un abrazo.

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