Tradición… evolución ¡Joer, que dilema!

Las costumbres son acciones que, a fuerza de repetirlas, acabamos por incorporarlas a nuestra vida cotidiana y casi, casi, a nuestro código genético. Las costumbres son, a fuerza de transmitirlas generación tras generación, eso que llamamos tradiciones.

Pero las tradiciones son variopintas. Los distintos grupos humanos hemos incorporado en nuestra vida esa serie de costumbres o tradiciones por razones desconocidas o conocidas, pero que se pierden en la historia y que no siempre tienen una base lógica en nuestro tiempo puesto que la vida y las personas evolucionamos, mientras que las tradiciones se quedan estancadas en un rincón del tiempo sin que sepamos muy bien el porqué las arrastramos con nosotros. A veces, demasiadas veces, las tradiciones no se impregnan de nuestra evolución, sino que somos nosotros quienes quedamos obsoletos, pegados a ellas e impidiéndonos avanzar y crecer como seres que evolucionan, que caminan, que aprenden, que crecen.

Os voy a contar dos pequeñas historias, de esas que pasan invisibles entre los millones de sucesos de la vida de nuestro mundo. Son las historias de Mina y de Rosco.

Mina nació fuerte y feliz, pero pronto empezó a aprender que la felicidad no era algo destinado a ella. Su vida pasó como una pesadilla eterna, llena de golpes y de gritos, llena de trabajo duro y sin descanso. Quedó embarazada una vez y tuvo un hijo hermoso del que disfrutó poco porque la dureza de su trabajo debía ejercerla callada y libre de otras obligaciones que no fueran el acarreo diario de las cargas más pesadas, sin horarios. Le amamantó por menos tiempo del que debiera hacerlo y se lo quitaron pronto. Jamás le volvió a ver aunque durante mucho tiempo el dolor de sus pechos rebosantes de leche se lo recordaban. Con el tiempo aprendió a olvidarle y a seguir obedeciendo a su verdugo sin ninguna otra posibilidad, sin ningún lugar por donde escapar, sin ningún rincón donde esconderse.

Rosco también nació fuerte y feliz, pero además nació libre, mucho más libre que Mina, en medio de una naturaleza espléndida en la que se sentía pleno. Era joven y no creyó nunca que existiera una vida mejor, sin embargo, igual que ella, su felicidad duró poco. Fue perseguido, acorralado y capturado por unos desconocidos, gente que jamás había visto y cuya crueldad era impensable, inimaginable para el joven Rosco. Le metieron en un furgón con olor a orina y a heces y aturdido y dolorido por los golpes y las heridas de sus tobillos y de sus muñecas, pasó en la oscuridad un tiempo tan eterno para él como la misma muerte. Llegaron a un lugar extraño, totalmente diferente al paisaje que el joven había conocido desde su nacimiento. No estaba solo, había más como él. Aterrorizados como él. Ni rastro de su familia a la que jamás volvería a ver. Le metieron en una jaula tan pequeña que solo podía estar en cuclillas sin apenas movilidad. Su libertad había desaparecido para siempre y su dolor, más el que sentía dentro de su corazón que el de los golpes propinados, iba en aumento cada hora que pasaba sin entender por qué su mundo había caído de repente al fondo de un abismo.

Mina se fue debilitando más y más mientras arrastraba su pesada carga diaria por caminos pedregosos sin que se le permitiera parar a descansar durante docenas de kilómetros, mal alimentada y apenas hidratada bajo un sol aplastante. Cuando intentaba hacer una pausa, solo un momento para recobrar algo de sus escasas fuerzas, recibía varios golpes en su espalda y en sus miembros. Si continuaba caminando moriría reventada, si paraba, moriría a palos. Las fuerzas acabaron por abandonarla, cayó al suelo bajo el peso de su carga y a continuación comenzó a sentir el dolor de los golpes que le propinaba su amo mientras le gritaba ¡levántate! ¡arre, arre! ¡vamos, hija de puta, que aún quedan dos kilómetros! ¡arriba, vamos, levántate!  ¡arre, arre!.

Pronto Mina dejó de sentir el dolor. La burrita había muerto reventada y exhausta.

Rosco aguantó muchas noches y muchos días metido en aquella jaula. Observaba cabizbajo cada centímetro de su prisión mientras le transportaban en otro furgón a otro lugar, otros individuos diferentes, pero a él le parecían iguales. A través de los huecos entre los tablones del remolque, podía ver movimiento y algunos árboles. Deseaba tanto poder moverse de nuevo entre la hierba y los árboles, beber el agua que corría fresca cerca de su casa, revolcarse al sol… Al cabo de varios días de viaje, se dio cuenta de que los barrotes de su prisión no eran demasiado fuertes, uno se había soltado de la madera podrida por la orina. Esperó a que el vehículo parara y vio a través de los tablones como aquellos individuos se alejaban entre voces y risotadas. Logró escapar y se encaramó al primer tronco que encontró, pero tuvo mala suerte, el ruido que hizo escapando de aquella cárcel alertó las miradas de varios transeúntes que comenzaron a gritar y a correr. Rosco, aterrorizado, saltó de un lugar a otro, subió a otro árbol que parecía más alto y más fuerte, pero sus captores aparecieron. Solo sintió un golpe, uno más, tan fuerte que le hizo caer estrepitosamente del árbol. Se miró el pecho y vio como brotaba un líquido viscoso y rojo, algo que había visto pocas veces en su corta vida. Luego, nada.

 Rosco no llegó al zoológico al que estaba destinado, hubiera sido un hermoso ejemplar de gorila para visitar y admirar.

Creíais que hablaba de personas, ¿verdad? ¿Creéis de verdad que somos los únicos seres que sufren o disfrutan, que conocen la felicidad y la desgracia, el amor, el temor, la inquietud por la vida…? Por eso despreciamos el dolor y los sentimientos del resto de los animales. Si, he dicho sentimientos. Si tenéis animales en vuestra casa, forzosamente tenéis que conocer que ellos tienen sentimientos, personalidad propia y una generosidad de la que los seres humanos tenemos mucho que aprender.

Nuestras tradiciones nos sitúan por encima de cualquier otro ser. Nos lo enseñan desde pequeñitos. Nos dicen que somos los hijos legítimos de dios y nos lo acabamos creyendo, nos lo creemos tanto, que nos otorgamos el derecho sobre la vida y la muerte del resto de seres de este mundo. Un mundo que les pertenece a ellos de igual forma que a nosotros. Han nacido en este planeta igual que cada uno de nosotros ¿por qué entonces nos atribuimos el derecho a la totalidad de la tierra?

Abarcamos con nuestras costumbre y nuestras necesidades, todo el territorio urbanizable posible, imposibilitando que cientos de especies animales vivan normalizadamente y en armonía con la naturaleza de la que todos somos parte, tanto ellos como nosotros.

Aplicamos nuestro concepto de vida a la suya, una vida basada en el utilitarismo. Solo permitimos un pequeño espacio a las demás especies en función de la utilidad que nos den a nosotros, pero en ningún momento pensamos en qué utilidad tenemos nosotros para la naturaleza y el resto de las especies. Asfixiamos su espacio, les negamos su derecho a vivir si no es para darnos servicio, les esclavizamos en función de nuestras necesidades.

En ese concepto utilitarista, incluimos algo que ellos jamás podrían entender: el uso lúdico de los animales, y en concreto de su sufrimiento. Un león no se plantea matar a un ñu o a una cebra por diversión, sino por pura supervivencia, participando como un eslabón más en la cadena de la vida. Nosotros no, por tradición.

La crueldad por tradición, la explotación por costumbre.

¡No al Toro de la Vega! ¡No a la crueldad contra los animales!

Los toros no viven para la exhibición y disfrute de los humanos. Tienen derecho a vivir en un entorno acorde con su naturaleza, porque sí, porque su vida es su derecho.

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7 comentarios

  1. Mariano · · Responder

    Hace un tiempo llevo dándole vueltas a la idea de que lo que nos hace humanos no lo monopolizamos como especie. Los rasgos de lo que llamamos “Humanidad” (en tanto lo que nos hace humanos, no en tanto especie) están diseminados en todas las especies concientes de nuestro planeta.
    Aún hoy todavía las otras especies animales son vistas como máquinas biológicas, cuyos comportamientos están determinados por “el instinto”. Y lo cierto es que los animales aman, sufren, temen, se alegran y disfrutan del mismo modo que nosotros. Quizá no sean capaces de construir satélites artificiales u ordenadores como el que ahora uso, puede ser… pero medir la inteligencia de un animal con la vara que medimos la nuestra es un error: ¿para qué quisiera diseñar un celular una mangosta?¿Para qué puede querer desarrollar la física un ñandú? Cada especie tiene la capacidad analítica que precisa en su medio, aún así: todos somos capaces de amar con la misma intensidad.
    El Homo Sapiens, como especie, vive hurgando en el Espacio Exterior otras inteligencias similares a la suya y se pregunta ¿estamos solos en el Universo? Y es tan triste… siente soledad mirando las estrellas, sin darse cuenta de la gratísima compañía de sus hermanos de viaje que habitan con él el hermoso Planeta Tierra.

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    1. Hola querido amigo. Leyendo lo que me dices, me parece estar leyendo mis propios pensamientos. Yo también pienso y siento como tú con respecto al resto de especies animales. en efecto, ellos utilizan su inteligencia para aquello que precisan y no para lo que precisamos nosotros sin que eso conlleve precisamente que no posean inteligencia. Cada especie tiene la que tiene y la desarrolla como su naturaleza le dicta. el ser humanos es cada día más irracional ensimismado en su propio ombligo.
      Un abrazo. Me alegra mucho ver que no soy un bicho raro en la tierra, que habéis muchos más como yo. Un abrazo.

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  2. Si nos consideramos hijos de Dios, nuestra responsabilidad es cuidar la creación. El mejor ejemplo de ello es San Francisco y su amor a los animales.

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    1. Aunque sabes que yo no soy creyente, respeto tu sentir porque, como ves, la espiritualidad y el amor universal no está reñido con eso. Esa es una confluencia en la que creyentes y ateos caminamos de la mano: el amor y el respeto.

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      1. Y eso es lo verdaderamente importante. Mi comentario fue porque los que creen que ser hijos de Dios significa tener derechos sobre la vida de otros seres cometen un grave error y hay maravillosos ejemplos de creyentes como Francisco de Asís que demostraron justamente lo contrario.
        Un abrazo.

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  3. […] Nota: Esta nota surge de un comentario que hice en una excelente nota de Maruja Moyano, en su blog “La vida en jirones“. La nota, aquí […]

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  4. […] escribí en el blog de Maruja Moyano, “La vida en jirones“. La nota está disponible aquí. Recomiendo calurosamente lean a Maruja: en sus notas se advierte una sensibilidad profunda y un […]

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