El demonio blanco

En el fondo de la sima la oscuridad era casi completa, tan sólo se filtraba un haz de luz procedente de la entrada, unos metros más arriba. La humedad de las paredes refrescaba la piel. Yaro podía ver lo suficientemente bien allá adentro pero prefería cerrar los ojos y dejarse llevar por los sonidos del exterior, sonidos que le llenaban de paz: el trinar de los pájaros, el susurro de los árboles atravesados por la brisa y los gritos alborotadores de los monos.

Hacía algún tiempo que había descubierto aquella cueva y le resultaba fácil bajar hasta el fondo deslizándose agarrado a las largas raíces que colgaban de sus paredes. No era grande, sólo suficiente como para albergar su cuerpo pequeño y delgado. Allí adentro se miraba la piel y le parecía oscura, oscura, como siempre quiso tenerla.

Era doloroso ser diferente. En su aldea era el único niño de piel rosada y pelo blanco, pestañas blancas, cejas blancas y casi ciego ante la luz del sol. Le dijeron que su madre tuvo también un hermano como él, pero le mataron muchos años atrás, cuando era un niño pequeño, más pequeño que Yaro. Ser albino significaba estar maldito, sin embargo, Yaro no sentía el demonio que tantas veces le habían dicho que vivía dentro de él, sólo sentía miedo y rabia por haber nacido con aquel aspecto raro, feo… Muchas veces se untaba de barro por completo, más para parecerse a sus hermanos y a sus vecinos que para protegerse de aquel sol que le hería con tanta frecuencia.

Empezaba a tener hambre y muy a su pesar debía volver pronto a la aldea. De su triste vida, una de las cosas que más le reconfortaban era abrazarse al regazo de su madre, ella nunca le reprochó ser diferente, aunque también sufría las habladurías de los vecinos. Haber parido un “maldito” y haber estado emparentada con otro años atrás también la habían marcado. Tal vez por eso los brazos de su madre y aquella sima escondida, eran los únicos lugares en donde Yaro se sentía seguro y confortado. Cuándo su madre le miraba a los ojos, con aquel brillo de tristeza, sin hablar, ambos podían entender los pensamientos del otro.

Le habían dicho que en otras aldeas también existían personas como él, pero no todas sobrevivían, sus manos cortadas tenían precio en el mercado y muchas partes de su cuerpo eran empleadas para rituales mágicos. Aquellas historias aterraban a Yaro, se las había contado su hermana mayor que a su vez, las había escuchado de labios de unos vecinos.

Por suerte, el gobierno tanzano había decidido poner fin a aquellos asesinatos legislando su prohibición, aunque no en todos los casos se aplicaba la ley y otras veces se limitaban a cortarles los miembros, así que, los cuerpos mutilados de otros como él seguían apareciendo en puntos diferentes del país.

Yaro pensaba que si sobrevivía cinco o diez años más, buscaría a otra “maldita” como él para poder casarse. Quería ser como los demás de alguna manera y el hecho de tener en el futuro una esposa normalizaba su existencia. Al fin y al cabo, él no se sentía diferente: jugaba al fútbol, jugaba al escondite, ayudaba a su madre en la recogida de leña. Tan sólo era su aspecto, aquella piel rosada que se quemaba con facilidad y que le hacía tan vulnerable y tan feo a los ojos de las niñas.

Yaro llegó corriendo a su cabaña, con los ojos entrecerrados para protegerlos de la luz solar que le cegaba. Comió con hambre lo que comía cada día sin apenas variación. Su madre se acercó a él sonriendo, hacía tiempo que no la veía sonreír y eso le alegró. Le contó que unos hombres del gobierno habían llegado aquella misma mañana y le habían ofrecido llevar a Yaro a un colegio especial lleno de niños y niñas como él. Al principio la madre desconfió temerosa por si no era más que una argucia para asesinar a su hijo, como ya ocurrió con su hermano. Aquellos hombres le enseñaron fotos donde los niños “malditos” jugaban al fútbol y estudiaban sobre mesas de madera, incluso le dijeron que podía acompañarle y más tarde visitar a Yaro en aquella escuela tan especial.

-Qué te parece?- preguntó la madre

El niño observó las fotos que su madre esparció sobre la estera y el corazón le empezó a latir con mucha fuerza. Quería, sí, pero por otro lado, temía. Temía separarse de su madre, de sus hermanos, de la sima que le cobijaba en sus momentos tristes.

-Lo que tu quieras, madre- respondió.

La madre cruzó las manos sobre el regazo y le observó con aquella mirada que sabía leer sus pensamientos, luego, acarició el pelo blanco de su hijo.

-Haremos una cosa: cuándo esos hombres vuelvan dentro de unos días, me iré contigo a visitar la escuela, si no te gusta volveremos los dos juntos de nuevo a casa.

Yaro levantó la mirada hacia su madre y esbozó una sonrisa de alivio. Si aquello era cierto su vida podía cambiar, podría ser un muchacho normal con una vida normal.

Su madre cumplió la promesa y le acompañó a aquel lugar al que quiso entrar de inmediato. Tal vez algún día volvería a bajar de nuevo por las raíces de la sima hasta la frescura de su fondo, pero entonces, solo lo haría para rememorar el olor de su pasado.

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4 comentarios

  1. Hermosa historia amiga, reconforta leerla. Los seres humanos podemos ser muy absurdos y crueles, pero también podemos estar llenos de bondad y crear espacios donde los demás sean felices. Un abrazo

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  2. Otro abrazo para ti Marinside, me alegra que te haya gustado.

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  3. Mariano · · Responder

    Es una narración plena de ternura… Muy, muy bonita y profunda. La de niños que habrán muerto así… El miedo al diferente es cosa universal… Abrazo!!

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  4. No he encontrado estadísticas porque, seguramente, son muchos miles los albinos asesinados en África por ese miedo al diferente y por pura ignorancia, pero parece ser que en Tanzania el índice de personas albinas que nacen es muy superior al resto de países africanos y el gobierno ha tenido que abrir escuelas de internos albinos para protegerlos de los ataques de muchísima gente que cree que sus miembros y sus órganos atraen la suerte, por eso los matan y los utilizan en rituales mágicos.
    Para evitar la cárcel, no dudan en dejarlos vivos pero cortándoles manos y brazos. Es espantoso.

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