Funeral en tres actos (primer acto)

He asistido a muchos funerales y siempre vuelvo a casa con esa sensación de pequeñez, de insignificancia. Da igual que amanezca un día de esplendoroso sol en el que parece que el Universo nos escupe a la cara lo poco que le importan nuestras vidas, nuestros sentimientos, nuestras lágrimas, nuestros sueños… Da igual. Da igual que, cómo hoy, la lluvia no haya dejado de caer como plomo sobre nuestras cabezas y que el gris del cielo haga juego con el negro luto del padre deshecho de dolor. Da igual.

Me acuerdo de la cara que se me quedó cuándo leí por primera vez que en realidad estamos compuestos de vacío. Nosotros, que todo necesitamos tocarlo, verificar la existencia de lo que nos rodea, ya sea animal, vegetal o mineral. Todo. Vacío. Un mundo enorme lleno de vacío.

Me cuesta imaginarme rodeada de materia que no puedo ver ni palpar y sin embargo, eso es lo que somos: Vacío, nada.

-¿Te llevo a casa?

Escucho la voz y apenas me vuelvo. Me muevo por pura inercia, dejando que los automatismos de mi cuerpo actúen sin que mi cabeza participe apenas.

-No, gracias, tengo el coche cerca.- Miento.

Camino empapándome sin caer en la cuenta de que el paraguas lo llevo colgado del brazo. No estoy centrada, todo me da vueltas. Necesito un café, algo fuerte que me empuje de nuevo a la realidad y me ubique en esta vida de mierda para continuar con mi existencia pequeña, vacía como cada uno de mis átomos.

Un relámpago se atraviesa ante mis ojos y me doy cuenta de que estoy a tres pasos de una cafetería. Nunca había entrado aquí, ni siquiera me había percatado de que existía una tan cerca del cementerio. Al abrir la puerta siento el calor del interior, el sonido silbante del vapor de la cafetera y el olor a pan tostado. Necesito sentarme y respirar. Necesito pensar en lo que ha pasado, saber en qué punto me encuentro, qué hacer, cómo continuar mi vida, entender qué es en realidad lo que está pasando a mi alrededor.

-Caminas muy rápido, he tenido que correr para alcanzarte y además, tú no tienes coche.

Me sorprende la voz de Iván, parece haber salido de la nada y se sienta frente a mí. Enseguida se levanta y se quita la cazadora mojada.

-Así mejor- dice y se sienta de nuevo.

-No quería esquivarte- le digo evitando sus ojos –Es que…

-No tienes que justificar nada, entiendo que quieras estar sola, pero necesitaba hablar contigo.

-¿Para decirme qué?

-Para decirte que siento mucho la muerte de Marina, te va a resultar duro llegar a casa y no encontrarla, pero me alegro de que no seas tú la persona que se halla ahora en esa fosa.

Se me nublan los ojos y me duele escuchar esas palabras.

-¿Cómo puedes decir eso? Marina debería estar ahora sentada aquí contigo, esa fosa estaba destinada a mí.

-Eso es lo que me temo y te repito que siento de corazón su desgracia, pero me reconforta que seas tú quién llora hoy en esta mesa. Somos amigos desde hace mucho, Sofi, no me puedes reprochar que me alegre de que estés viva.

Me siento tan confusa. Me han traído un café con leche y lo rodeo con mis manos heladas disfrutando del calor de la taza mientras las lágrimas, desobedientes, no dejan de caer de mis ojos sin que mis esfuerzos por retenerlas no obtengan ningún resultado.

Las manos de Iván, asombrosamente tibias en aquella mañana desapacible y húmeda, rodean las mías con firmeza, entonces me doy cuenta de que tiemblo tanto, que parte del café está ahora en el platillo. Me hundo, estallo, me dejo llevar y dejo que el dolor desagüe por mis ojos. Él me ofrece un pañuelo que dejo para el arrastre.

-La policía ha venido a verme- me suelta de repente –por ellos me he enterado de que denunciaste que habían entrado en tu casa y te la habían puesto patas arriba justo la misma tarde de su muerte y que a no ser por ese suceso se hubiera quedado en un accidente más: atropello con fuga, pero que ahora cobra todo el sentido de un asesinato. La cuestión es: ¿Por qué?

-¿Qué te han llamado? ¿Qué han hablado contigo?

Me tiemblan los labios.

-Sí, están hablando con todos los que te conocen. Me preocupas. ¿Qué está pasando, Sofi?

-No lo sé.

Iván me mira con un gesto que indica que no me cree en absoluto, pero es la verdad: no sé qué es lo que pasa. No sé qué es lo que buscaban. Lo que no me deja dudas es que Marina no era el objetivo.

-Aquel era mi día de descanso. Aún así, me levanté temprano porque quería aprovechar el día para hacer esos miles de cosas que siempre dejas para cuando tengas un rato: arreglar papeles y facturas, hacer algunas compras, poner en orden el armario… Marina siempre salía corriendo para no perder el bus de las siete en punto y yo, adormilada y patosa, tropecé y volqué mi taza de café sobre su abrigo. ¡Dios, que desastre!

Ella no tenía otro abrigo y yo le ofrecí que se llevara el mío mientras me encargaba de dejar limpio y a punto el suyo a lo largo del día. Mi abrigo rojo, tan llamativo. A Marina le encantaba y me confesó mientras corría por el pasillo que se alegraba de que le hubiera manchado su abrigo.

– ¡Es genial – gritó antes de cerrar la puerta.

Entre las lágrimas se me despierta la risa recordando a Marina, tan joven. Sólo llevaba un mes compartiendo piso. Fue la primera en responder a mi anuncio colgado en uno de los tablones del hospital dónde trabajo. Me cayó bien desde el primer momento. Transmitía una fuerza interior que sólo la ilusión de un ser tan positivo como ella puede transmitir. Era como mi hermana pequeña, apenas había cumplido 24 años y ya no existe. Se me ensombrece de nuevo la cara y la tristeza me arranca nuevos sollozos.

-Cuándo me llamaron no me lo podía creer. Marina muerta. A solo dos calles de mi casa. Diez minutos después de salir. Un coche a toda velocidad se la llevó por delante. Estaba oscuro aún. El coche no paró. Se investigan los restos dejados por el vehículo en el lugar del accidente para identificar al conductor.

-El mismo color de pelo, casi la misma estatura, tu abrigo rojo, la misma hora en la que sales cada mañana, la misma parada de autobús.

-Pero ella varios años más joven y yo, yo volqué el café en su abrigo –interrumpo retorciéndome los dedos.

-Pero ella, sí, más joven, pero con tu abrigo rojo, el mismo color de pelo, la oscuridad de la hora. Sofí, por favor, tal vez era ese su destino.

– ¿Su destino? ¡No me jodas Iván! ¿Qué destino? ¿De verdad crees que existe el destino? ¡Entonces que no busquen al asesino, tal vez sólo cumplía con su destino de asesinar a una niña que empezaba a vivir! Todo se puede justificar con el supuesto “destino”. ¡Jodámonos entonces, ese es nuestro destino!

-¡Vale, vale! De acuerdo, pero nadie podía imaginar que un psicópata esperaba en la calle para arrancarle a una mujer inocente su vida. Por dios, deja ya de torturarte y dime qué pasó después.

-No lo sé, de verdad. Cuando salí de casa cerré bien con llave, sabes que soy muy miedosa. Cogí un taxi y no tardé en llegar al hospital, pero como me había adelantado la policía, Marina había ingresado cadáver. Yo no pude hablar con su familia, no tenía fuerzas, se encargó la policía. Estuve allí, atontada, sin saber qué hacer y al cabo de varias horas alguien me metió en otro taxi y me mandó para casa, creo que fue la jefa de planta. Me dijo que me tomara unos días, que lo iba a necesitar. Cuando llegué la puerta estaba abierta, la cerradura rota, la casa revuelta, como si hubieran estado buscando algo. Los pocos objetos de valor que tengo no se los habían llevado. Rajaron el colchón y los cojines del sofá. Creí morirme. Fue el peor día de toda mi vida, no recuerdo haber pasado otro día peor.

-No me llamaste.

-¡Iván, por favor! Llamé a la policía, luego busqué un hotel para pasar la noche, solo por sentirme más segura, porque no pegué ojo. Al día siguiente volví a Comisaría, donde me hicieron un montón de preguntas a las que no tenía respuesta. Después busqué un cerrajero que me cambiara la cerradura, ahora no estoy en condiciones de cambiar la puerta entera, me pasé el día arreglando el desaguisado mientras pensaba en que a Marina le estaban haciendo la autopsia y por la noche volví al hotel. Aún no he tenido valor para pasar la noche en mi casa y ya hace tres días.

-Pero a mí no me llamaste.

-No, a ti no, ni a nadie. Aún no puedo ni hablar conmigo misma de forma coherente.

-No voy a dejar que pases por esto sola, sabes que te quiero. Lo sabes.

No quiero mirar a Iván, no soporto su mirada, tan directo, tan valiente, siempre tan sincero. Claro que sé que me quiere, lo sé desde hace mucho, pero yo no sé lo que siento, ahora no es el momento para perderme en eso. No es por su cojera ni porque me parezca poco atractivo, siempre me ha parecido un hombre guapo y con un carácter excelente, pero le siento más como un hermano, no me veo compartiendo una noche de sexo con él, siempre he evitado que llegáramos a ese punto. Él sabe que tengo follamigos y sé que le duele, pero nunca me lo ha reprochado, eso es algo que también valoro de él: su lealtad inquebrantable hacia mí. Posiblemente es la persona que más me ha querido en mi vida. Creo que estoy loca.

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