Funeral en tres actos (segundo acto)

Nos han traído la cuenta e Iván se apresura a pagar los dos cafés. Se pone su cazadora y me ayuda solícito a ponerme el chaquetón.

-¿Te llevo a casa? Yo sí tengo cerca el coche- Sonríe

-No sé qué hacer. Supongo que tengo que sacar valor de alguna parte para volver allí, aún me queda mucho por colocar, limpiar y tirar. Rompieron muchas cosas en esa búsqueda de Dios sabe qué.- Respondo

-Tengo todo el día para ti. Te ayudaré con toda esa faena, además, no pienso dejarte sola. ¿Te lo he dicho?

-Sí- Ahora sonrío yo –Me lo has dicho y te lo agradezco, pero esta noche volveré al hotel, aunque tanto gasto me está trastocando el presupuesto.

-Puedes quedarte en mi casa. De verdad, sin condiciones. Sólo hasta que todo este embrollo se aclare y puedas volver segura a la tuya. Yo tampoco estoy tranquilo, si lo han intentado una vez… mientras no encuentren lo que buscan… Bueno, sabes que puedes contar conmigo. Tú decides.

Pienso que no podría estar más segura que junto a Iván. Sigo teniendo miedo de quedarme sola. No sé quiénes son ni qué quieren de mí. Me aterra. Acepto.

Antes de que alcance a coger el paraguas oigo la melodía de mi móvil dentro del bolso. Es el inspector de policía.

-¿Señorita Muñoz?

-Sí

-Buenos días. Soy el inspector Granados. Le agradecería que viniera cuanto antes a la comisaría, es un asunto de suma urgencia.

-Acabo de volver del funeral de Marina.

-Lo sé. He esperado a esta hora por respeto, pero debe venir inmediatamente.

-¿Han encontrado ya al conductor del vehículo que la mató?

-No. Anoche encontramos el cadáver del doctor Iriarte. No le diré más. La espero con urgencia.

-¿Ramón? ¿muerto Ramón? ¡Dios mío!, ¿qué locura es ésta?

-Por favor señorita. No tarde.

El móvil se me cae de las manos. Iván lo coge al vuelo y clava su mirada en la mía, petrificado como yo. Me ha escuchado hablar y no acierta a pronunciar palabra. Me coge del brazo y salimos apresuradamente del establecimiento. Siento su cojera mientras trata de caminar lo más rápido posible hasta llegar al coche.

Conduce rápido en ese vehículo adaptado, su zapato de doble suela corrige la longitud mermada de su pierna. El semáforo está verde y mantenemos la velocidad por una avenida llena de tráfico a aquella hora. Llevo los ojos cerrados y apoyo la nuca en el asiento confiada en la destreza al volante de mi amigo. De pronto un frenazo brusco me hace abrir los ojos de par en par, el cinturón de seguridad se me clava en el pecho y grito sin saber qué pasa.

Un peatón despistado ha invadido el carril a nuestro paso, por suerte Iván ha frenado a tiempo, el hombre tiene apoyados los antebrazos sobre el capó y nos mira lívido. No ha pasado nada. Nos suplica disculpas con gestos y vuelve a la acera.

A Iván le tiemblan las manos, vuelve a coger el volante y arranca de nuevo, esta vez más despacio. Veo su nuez moverse arriba y abajo, traga saliva para recomponerse del susto. Puedo imaginar lo que le ha pasado en unos segundos por la cabeza al ver al peatón echársele encima. Puedo imaginar a Marina recibiendo el golpe brutal, su cuerpo frágil volando, mi abrigo rojo volando, su cabeza impactando mortalmente contra el suelo, sus huesos rompiéndose en medio de los gritos de la gente que mira la escena. Puedo imaginar un hálito de luz brillante, de vida escapando por entre los pliegues del abrigo.

Llegamos a comisaría y mis rodillas tiemblan incontroladamente. Iván me sujeta con suavidad la espalda para mantener mi equilibrio. -Pase usted – me dice el inspector – usted espere aquí- le indica a Iván, señalando con el dedo los asientos de plástico apoyados en fila contra la pared frente a la sala donde debo entrar yo.

-Qué es lo que ha pasado- pregunto ansiosa nada más entrar.

El inspector se mueve con gestos sosegados, pero en su cara se ve claramente la preocupación. Está muy serio y me mira directamente a los ojos. Enderezo mi espalda intimidada. Coloca delante de mí una grabadora digital.

-Vamos a grabar la conversación. En este asunto están apareciendo nuevos sucesos que complican la investigación.

-¿Cree usted que existe relación entre la muerte de Marina y la de Ramón Iriarte?

-No lo creo, estoy convencido y siento decirle que usted está en el centro de todas las hipótesis.

Me alarmo. Ahora soy yo la que traga saliva, una saliva que no parece querer venir en mi ayuda.

-Le aseguro que yo no tengo nada que ver con todo esto. No sé lo que está pasando ni por qué. No sé qué hago aquí.

-Responda simplemente a mis preguntas y veremos a dónde podemos llegar.

-Dispare- le digo convencida de mi inocencia y arrepentida de haber pronunciado una palabra tan poco adecuada en esas circunstancias.

-Al doctor Iriarte le encontramos anoche muerto en su casa. Nos alertó su madre que llevaba dos días llamándole por teléfono sin recibir respuesta a ninguno de los dieciocho mensajes que dejó en su contestador.

-Pero… él estaba bien la última vez que le vi. ¿De qué ha muerto?

-De una soberana paliza. En estos momentos le están practicando la autopsia, pero puedo adelantarle que la primera valoración del forense de la policía fue que tenía todos los huesos de la cara y manos fracturados. Cuándo le encontramos llevaba al menos tres días fallecido.

Mi respiración parece paralizarse, veo borroso y todo se mueve a mi alrededor, intento hablar sin poder hacerlo. Un sudor frío me empapa la espalda y la cara. Siento náuseas. Quiero despertar de esta pesadilla demasiado larga, demasiado angustiosa, todo a mi alrededor parece derrumbarse. ¿De qué estoy hecha? De vacío, me respondo mientras resbalo por un tobogán que sisea en mis oídos conforme caigo.

Me abofetean, escucho mi nombre como si me llamaran desde muy lejos: “¡Señorita Muñoz! ¡Señorita Muñoz!” Las formas comienzan a salir de la penumbra. Son cabezas que me rodean. ¡Señorita Muñoz! Esta vez lo escucho más cerca y reconozco la cara redonda del inspector Granados. Un policía joven, de uniforme, me incorpora apoyando mi espalda en su brazo. Estoy tendida en el suelo, me duele la cadera. He debido darme un buen golpe. Una mujer policía me ofrece un vaso de agua y luego me ayudan entre todos a sentarme de nuevo en aquella silla frente a la grabadora para seguir machacándome el cerebro con preguntas. Ahora querrán saber sobre mi vida íntima, sobre mis encuentros con Ramón ¡Qué mierda les importará a ellos mi vida! ¡Qué mierda tiene que ver su muerte conmigo!

-¿Se siente mejor? ¿Está en condiciones de continuar?- Me pregunta el inspector con la preocupación grabada en los ojos.

-No, no me siento mejor, pero acabemos con esto, por favor. Necesito que acabe y poder marcharme a dormir. Todo esto me está superando.

Las lágrimas aparecen sin haberlas llamado, noto gotear mi nariz y busco en mi bolso avergonzada, alguien pone ante mí una caja grande de pañuelos de papel y doy las gracias sin mirar.

-¿Qué relación tenía usted con el doctor Iriarte?

-Somos… Éramos compañeros de trabajo. Yo soy enfermera y ayudaba muchas veces a Ramón … al doctor en el quirófano. Simpatizábamos y salimos varias veces juntos.

-¿Qué grado de intimidad tenían ustedes?

Le miro molesta con el ceño fruncido –¡Por favor!

-Responda

Respiro profundamente.

-No teníamos ninguna relación estable. Éramos amigos, nos caíamos bien. Salimos varias veces y también dormimos juntos varias veces si es eso lo que usted quiere escuchar, pero no había por parte de ninguno de nosotros intención de profundizar ni de derivar nuestros encuentros en algo más serio. No éramos novios si así lo entiende mejor.

-Tenía el doctor Iriarte, que usted conozca, alguna otra amiga especial.

Me echo a reír.

-Perdón- me disculpo –El doctor Iriarte era un excelente profesional, uno de los mejores pese a su juventud, el único defecto que se le podría achacar es su conocida debilidad por las mujeres. Prácticamente todas las enfermeras y doctoras de buen ver, solteras y algunas casadas del hospital han acabado en su cama en alguna ocasión. Ramón era un hombre muy simpático, guapo, con un merecido prestigio y con una verborrea ante la que pocas mujeres quedarían impasibles. Con él la diversión estaba asegurada, era un gran conversador. Su muerte va a ser muy sentida en el hospital, créame.

-¿Tiene usted idea de si una de sus amigas pudo ser la señorita Marina Tejeda?

Frunzo el ceño antes de contestar.

-¡Noo! Por Dios. Marina solo llevaba un mes trabajando.

“No hubo tiempo material, nada más”. Pienso, pero no despego los labios. Me viene a la cabeza de repente la imagen de Sonia, una enfermera espectacular y estirada que cruzaba miradas penetrantes con Ramón cada vez que coincidían en un turno, miradas que no dejaban indiferente a nadie y que provocaba risitas entre las compañeras. Una mujer perfecta, con maquillaje perfecto, con el pelo perfecto, labios perfectos, piernas perfectas.

-¿Cuándo le vio usted por última vez?.

-El sábado por la noche. Me llamó por teléfono y me invitó a cenar, luego nos fuimos a tomar la última a mi casa y se quedó a dormir. Me dijo que se tomaba una semana de vacaciones, el martes era el cumpleaños de su madre y él siempre celebraba ese día con ella y sus hermanos. Quería quedarse en casa de su madre unos días para descansar. Por la mañana del domingo se marchó y no volví a verle. Yo trabajé ese día y nadie en el trabajo le echó de menos, estaba de vacaciones.

-Creemos que posiblemente murió la misma tarde o noche del domingo. El lunes por la mañana atropellaron mortalmente a su amiga, no sabemos si al confundirla con usted y unas horas más tarde destrozan su piso en lo que parece un registro chapucero. Y usted no tiene nada que decir.

-¿Soy sospechosa?- alego molesta.

-Tenemos varias hipótesis abiertas. Le ruego que no abandone la ciudad.

Salgo de la sala y veo a Iván dormitando en el asiento. Abre los ojos y le hacen entrar en la sala que acabo de abandonar. Me siento en el mismo lugar caliente que ha dejado mi amigo sin dejar de pensar en Ramón.

No me lo explico. ¿Quién querría hacerle algo así a Ramón? ¿Por qué intentaron matarme a mi después de matarle a él? ¿Qué buscaban en mi casa? ¿Qué creyeron que pudo dejar en mi casa tan importante como para cometer dos crímenes y destrozarme el piso? Pero lo que no puedo ni por asomo imaginarme es ¿quién o quiénes son? ¿En qué estaba metido Ramón para desencadenar una situación como ésta? Algo que jamás pude imaginar que me ocurriría a mí.

Ramón era un profesional brillante, reconocido y bien relacionado. Su padre y su abuelo fueron también cirujanos de prestigio, su hermano mayor también ejercía la medicina y su hermana menor se preparaba en la Facultad con el mismo fin. Se podría decir que llevaban la profesión en la sangre y a él se le notaba especialmente.

No tenía grandes vicios, solo las mujeres que parecía coleccionarlas y le habían causado más de un quebradero de cabeza y alguna que otra escena pública y bochornosa a mi modo de ver. Por otro lado, Ramón era un excelente amigo con el que lo pasaba bien. Era inteligente y gracioso. Me reía mucho con él, era una de sus mejores virtudes. Le voy a echar de menos.

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