Funeral en tres actos (tercer acto)

Iván y yo llegamos a mi casa, él se ha empeñado en ayudarme a ordenarla y se pone de inmediato a colocar libros en la estantería. Los mira por dentro uno a uno. Yo entro en la cocina y veo el abrigo de Marina sobre una silla de cualquier manera. No me acordaba de que el tiempo se paró aquella mañana y no pude limpiarlo, ahora la mancha está seca y siento una tristeza enorme. Tengo que llevarlo a la tintorería, su familia vendrá un día de éstos, en cuanto tengan fuerza para ello y recogerán todas sus pertenencias. Hoy debería centrarme en eso, en doblar la ropa de Marina y meterla en la maleta que trajo hace poco más de un mes y guarda bajo su cama.

Acabo de caer en la cuenta de que también se me olvidó que tendí un pantalón vaquero el domingo antes de marchar hacia mi trabajo. Debe estar para lavarlo de nuevo. Me asomo al tendedero de la cocina y quito con cuidado las pinzas que lo sujetan. En efecto, después de tantos días colgado bajo la lluvia está de nuevo para lavar. Meto la mano en los bolsillos, es la costumbre, tantear los bolsillos antes de meter la ropa en la lavadora. Noto un bulto duro en uno de los bolsillos delanteros, que raro, se supone que esa misma acción la realicé el domingo cuando lo tendí y no noté nada. Saco un pendrive que no reconozco. De Marina no puede ser, no tiene sentido que lo guardara en un pantalón mío. La cabeza me va a cien. ¿Podría ser ese el motivo del registro “chapucero” cómo dice el inspector Granados? Es posible que Ramón colocara este pendrive en mi pantalón recién tendido antes de marcharse, cuando salí de la ducha él ya se había marchado, sentí el golpe de la puerta al cerrarse mientras me arreglaba en el baño.

Desde luego, el mejor escondite es el que se encuentra a la vista de todos. Revolvieron cada rincón, cada cajón, pero no se les ocurrió buscar en el bolsillo de un pantalón colgado en un tendedero.

Corro al salón, Iván ha separado la estantería de la pared y está mirando detrás. Le veo ahora con otros ojos, me enternece su interés y su cariño hacia mí. Realmente, su único “defecto” y no lo considero algo importante, es ese problema en su pierna derecha. Iván es un excelente patólogo y lleva muchos años ejerciendo su trabajo con éxito en la Unidad Forense del hospital como mano derecha del Jefe de la Sección, el doctor Martínez.

Es un hombre educado y sensible y no hay nadie en el hospital que tenga nada negativo que decir de él a diferencia de tantos médicos engreídos, antipáticos y desconsiderados que tenemos que aguantar el personal de enfermería.

-Si buscas el objeto misterioso, puede que lo tenga aquí- le suelto triunfante con el pendrive en alto.

Él clava la mirada en el objeto que tengo en la mano y avanza hacia mí con expresión grave y la mano extendida. Noto que su cojera es ahora mucho más notoria, le suele ocurrir cuándo está nervioso.

-¡Dámelo!- Me lo ordena con una ansiedad que no comprendo.

-¿Por qué? lo que tenemos que hacer es entregárselo al inspector Granados, mi ordenador quedó hecho añicos. Además, tampoco estamos seguros de que sea esto lo que buscaba esa gente.

-¡Dámelo!, Sofi, por favor, ¡dámelo!

-¿Qué es lo que está pasando, Iván? Tanto empeño en ayudarme y en realidad sólo querías encontrar esto antes que yo ¿no? ¿qué coño me ocultas?

– Sofi, te juro que yo no quería que pasara todo esto. Te lo contaré todo pero, por favor, dame eso, no compliquemos más las cosas.

-¿Qué es lo que se complica? ¿Qué es lo que guarda este pendrive y qué tiene que ver contigo?

-No quería ni pensar que te podían hacer daño, Sofi, te juro que no voy a consentirlo, dame eso y no quieras saber nada más, es la mejor manera de que no te toquen.

-¡Iván, por lo que más quieras! ¡Cuéntame de una puta vez que está pasando y no des un paso más! ¡Tengo derecho a saberlo!

-Es algo largo de contar. Iriarte no era tan “guay” como tú crees ni como creen las demás chicas que han caído ante él como corderitas. Era un fanfarrón, alardeaba de tirarse a todas las que él quería y luego contaba con pelos y señales entre los médicos varones sus aventuras. Cada una de vosotras era un trofeo. Yo le odiaba, sobre todo cuándo empezó a contar sobre ti. Deseé clavarle un bisturí desde los huevos a la garganta.

-¿Le mataste tú?

-No, Sofi, te lo juro, yo no le maté. Le mataron por otra cosa peor. Nos hacía chantaje y se volvió codicioso.

-¿De qué hablas? ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

-El doctor Martínez tiene un problema que conoce poca gente: es un ludópata. A pesar de ello yo le aprecio o al menos le apreciaba, ahora no lo tengo tan claro. Hace dos años se encontró con un problema muy grave. Debía una gran cantidad de dinero a un personaje nada recomendable, un mafioso metido en asuntos muy oscuros que le amenazó con matarle si no le pagaba. A la segunda advertencia le ofreció un trato: perdonarle la deuda si le conseguía órganos en buen estado para trasplantar fuera de la lista oficial de trasplantes. Además le ofreció una buena cantidad de dinero por cada uno de ellos.

-¿Tráfico de órganos? ¿estás metido en eso? ¿qué necesidad tienes tú de entrar en esa mierda? Eres un buen médico, tienes un buen sueldo, no lo necesitas.

-Lo sé. Al principio sólo le ayudé porque temía por su vida, luego empezó a darme una parte de lo que cobraba y pensé que no era tan malo, al fin y al cabo esos órganos procedían de personas que no habían dado su consentimiento para extirparlos y su destino eran la cremación o la podredumbre, así al menos ayudábamos a alguien aunque también nos ayudábamos a nosotros mismos. Sé que no está bien, lo sé, pero una vez que entras en eso, una vez que empiezas negocios con esa gente, te tienen cogido por los huevos, ya no sabía de qué manera salir de ahí.

Suena la música de un móvil. Iván lo saca del bolsillo y mira la pantalla iluminada, luego me mira a mí e insiste en que le entregue el pendrive. El móvil sigue sonando pero Iván se resiste a cogerlo.

-¿Y en qué punto entra Ramón en el reparto?

-Martínez informó de la malignidad de un hígado en un paciente de Iriarte que falleció. No era cierto, el hígado estaba bien pero nos habían pedido uno en aquellos días y fue el primer hígado sano que entró en la sala de autopsias después de varias semanas, así que decidimos informar de que tenía lesiones para extirparlo y entregarlo a nuestro cliente. Iriarte no estuvo conforme, sabía que el paciente no tenía lesiones hepáticas y se enfrentó a nosotros, quería una segunda autopsia.

-Y eso no era posible

-No.

El móvil se obceca en machacar con su musiquilla insistente, hasta que se queda en silencio. He ido dando pasos atrás mientras Iván los daba hacia mí. Estoy en la cocina blandiendo un cuchillo, algo absurdo, porque yo no podría clavárselo a nadie y menos a Iván, no tendría valor, pero me parece buena idea aunque solo sea por lo intimidatorio del acto.

-Entramos en contradicciones, Iriarte nos tenía acorralados y decidimos hablar con él y ofrecerle parte del pastel, si hablaba sería nuestro fin personal y profesionalmente. Estábamos desesperados.

-¿Y aceptó?

-Aceptó. Yo anotaba cuidadosamente en un archivo los datos detallados de cada órgano, un trasplante no se puede hacer a cualquiera ni de cualquier manera, es indispensable una compatibilidad y todo iba perfectamente informado para que el receptor del órgano no tuviera problemas. Todo lo guardaba en ese cacharrito de mierda que tienes en la mano. Pero después de algunas transacciones Iriarte quiso mayor porcentaje y para conseguirlo nos presionó robándome el pendrive. Dijo que haría llegar a la policía toda la información si no accedíamos. Le dije a mi jefe que yo estaba dispuesto a rebajar mi parte con tal de recuperar la información robada, pero Martínez estaba furioso y dijo que sabía cómo recuperarlo. Llamó al mafioso de su amigo y le dijo que nuestro negocio se tambaleaba, le contó lo de Iriarte y el domingo por la tarde me vinieron a buscar, el doctor Martínez, su amigo y un empleado de aquel, un matón que me inspiró mucho temor.

-¿Y dónde entro yo en la historia?

Iván me mira sin saber qué hacer, es evidente que él tampoco está dispuesto a dañarme pero sí muy empeñado en hacerse con el pendrive que acabo de guardar en mi sujetador. Es ahora mi móvil el que suena. Mi bolso está colgado en la misma silla en la que yace tirado el abrigo de Marina. Alargo la mano libre sin dejar de mirar fijamente a los ojos de mí ya no tan amigo. Reconozco el número de Granados y descuelgo.

-¡Inspector!

-Señorita Muñoz ¿dónde está usted en estos momentos?

-En mi casa

-¿Está con usted el doctor Figueras?

-Sí

-No se mueva de ahí y entreténgalo como sea, no deben salir hasta que lleguemos, estamos en camino.

Iván me mira interrogante y sus ojos alternan la mirada entre los míos y el cuchillo que mantengo firme en mi mano, está preparándose para atacarme y quitármelo. El corazón me va a estallar. Granados continúa:

-Junto al piso del doctor Iriarte hay una entidad bancaria.

-Sí, lo sé.

-Hemos tenido acceso a las cámaras de seguridad de la entrada, la tarde del domingo cuatro hombres visitaron al doctor, uno de ellos cojeaba ostensiblemente, otro muestra claramente la cara a la cámara, es el jefe de la Unidad Forense del hospital, el doctor Martínez, jefe directo de Iván Figueras, los otros dos hombres no están identificados, pero esperamos identificarlos muy pronto. Una hora más tarde vuelve a salir del edificio el doctor Figueras, solo. Los demás salen tres horas después, creemos que después de haber asesinado a golpes a Iriarte. Hemos detenido al forense jefe, uno de los coches que guardaba en el garaje de su casa coincide con las características que nos indicaron los testigos y con los restos de cristal del vehículo que atropelló mortalmente a su amiga Marina y, de hecho, mantiene un potente golpe en la parte delantera. Estamos seguros de que las pruebas periciales confirmarán que es el mismo vehículo.

-Dense prisa, por favor- suplico impaciente.

Cuelgo y continúo interrogando a Iván.

-Dime, ¿dónde entro yo?

-Cuándo llegamos a su casa todo empezó a descontrolarse. Creía que hablaríamos para llegar a algún acuerdo, pero no hubo tiempo. Aquel matón le cogió y empezó a darle hostias mientras Martínez le preguntaba que dónde había metido en pendrive y que si había hecho copias. Dijo que lo había dejado en tu casa y que tú seguramente ya conocías su contenido, lo dijo riéndose de mí y mirándome a los ojos, sabía que aquello te ponía en peligro y a mí me hacía el mayor daño que podía hacerme. Era un hijo de puta, no era quién tú crees. Le insistí a mi jefe y a su amigo en que aquel mierda era además un mentiroso y creí haberles convencido de ello, ni siquiera pensé que iban a acabar con su vida, sólo que le iban a dejar bien señalado y que recuperaríamos la información. Mientras le pegaban yo busqué por todos los cajones y en todos los rincones de su casa pero sabía que era un miserable y que, seguramente, era cierto que te había utilizado para conseguir su objetivo.

Suena el timbre. Le suplico con la mirada. Él duda, luego sale hacia el salón y se queda mirando la puerta cerrada de la entrada a través del pasillo. Salgo tras él.

-¡Abran ¡Policía!

Un golpe estruendoso y la puerta se abre de par en par saltando astillas. Pienso en el desastre que me espera a continuación. Dos cerraduras en tres días. Granados camina hacia nosotros tras dos policías de uniforme.

-¿Está usted bien?

-Si.- contesto sin soltar el cuchillo que parece pegado a mi mano.

Todo ha sido muy rápido. Iván me ha mirado con los ojos brillantes de lágrimas. Corre con su cojera hacia el balcón entreabierto. Grito ¡Iván! ¡No! Granados no llega a tiempo. Iván salta. Mi grito le acompaña en su caída y le veo inerte sobre el techo de un coche aparcado. La sangre chorrea hasta la acera y mis lágrimas se mezclan con la lluvia que sigue cayendo.

Nunca acabamos de conocernos. Somos un enigma hasta para nosotros mismos. Eso debió ocurrirle a Iván: ni él mismo se reconocía. No era un criminal, sólo un hombre bueno que se equivocó y la vida fue dura en su castigo por ese error, tan dura como lo fue desde su nacimiento y no supo sobreponerse.

Me dicen que no fue culpa de nadie excepto de quienes cometieron los crímenes, pero yo no dejo de preguntarme qué parte me corresponde, qué errores cometí. Si mis sentimientos hacia Iván hubieran sido otros, tal vez esto nunca hubiera sucedido. Él no hubiera participado en aquel negocio macabro, yo no me hubiera acostado nunca con Ramón Iriarte, Marina nunca se hubiera puesto mi abrigo rojo. Si el tiempo pudiera volver atrás, si la vida nos diera una segunda oportunidad para reescribir los capítulos errados de nuestra historia… pero eso no puede ser. Me aferro al recuerdo de Iván y de ese amor que no fue posible y prometo no olvidarle jamás.

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