Los olvidados

Serbia no tiene mar. Sus fronteras, rodeadas de bosques, lindan con Hungría, Rumanía, Bulgaria, Macedonia, Kosovo, Montenegro, Bosnia y Croacia.

Los refugiados, en su mayoría sirios, han comenzado desde hace tiempo, a huir hacia esos bosques húmedos y fríos, buscando lugares donde esconderse de los perros amaestrados y de los soldados que los azuzan para cazar a esos fugitivos sin derecho a nada.

Los encontramos heridos, enfermos, con las muñecas rotas en su lucha por escapar de las fauces de los canes y de esta Europa cruel, sin conciencia ni corazón que les impide el derecho más elemental: vivir con dignidad.

Los voluntarios, casi todos y todas de ONGs pequeñas, cargan como pueden bolsas con comida y agua que van distribuyendo en determinados lugares para que ellos, sigilosos y llenos de temor, los vayan recogiendo medio escondidos entre la maleza y el barro. No para de llover. No tienen techo. Tiemblan de frío y de miedo.

Unos soldados avisan a los voluntarios españoles de que lleven cuidado, lo que saben que están haciendo es ilegal. Ilegal. Dar de comer a seres humanos desposeídos de todo, es ilegal. Lo dicen las leyes europeas.

Vergüenza.

Los campos de refugiados oficiales, carecen de todo. Tampoco se reparte casi comida. Hay barracones ruinosos, apestados de basura que apenas alcanzan para proteger de la lluvia a una parte de ellos. El resto, permanece en el exterior.

Han comenzado en las inmediaciones de uno de los campos, la construcción de un hotel de lujo. Paradojas de la vida. No por casualidad, anuncian que el campo va a ser desalojado, que quienes malviven en él, en el plazo de veinte días, van a ser deportados a otro campo en la frontera con Rumanía. Pero todos saben que ese no es un campo de refugiados, sino un campo de concentración. No podrán salir de él. A toda prisa, nuevos grupos de hombres, mujeres y niños, corren hacia los bosques. Cualquier cosa es mejor que subir a esos autobuses de inmundicia y muerte.

En los campos de Rumanía, Macedonia y Hungría, edificios grises, agrietados y vallados les esperan. Dentro hay muchas habitaciones. En cada habitación, varias literas, en cada litera, una familia.

Los ojos de adultos y niños no tienen ya vida. No esperan nada. El tiempo pasa. Se acercan a los voluntarios que, con el corazón en un puño, consiguen entrar y les preguntan en inglés que cuándo va a acabar la pesadilla, pero no hay respuesta. Y se giran de nuevo con sus ojos hundidos y perdidos.

Algunas familias han escapado y han vuelto a Siria. Envían un whatsapp a una de las voluntarias españolas de KARAM. Estamos ya en Alepo. Preferimos morir bajo las bombas, es más rápido.

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Un comentario

  1. […] post interesantes: Los olvidados La idea del viernes, por Olof Palmer Siempre nos quedará la duda  Reflexiones desde la posverdad […]

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