El loro que pedía libertad

Un hombre fue a casa de su vecino, un señor anciano, para pedirle una tacita de sal. Mientras el anciano trasteaba en la cocina para proveer a su vecino, al hombre joven que esperaba en la sala contigua le llamó extraordinariamente la atención un loro que, encerrado en una jaula demasiado pequeña para su tamaño, en un rincón de la habitación, no paraba de gritar ¡Libertad! ¡Libertad!.

Tan insistente era la demanda del loro, que el hombre joven se compadeció de él y cuándo el anciano salió de la cocina ofreciéndole amablemente la tacita repleta de sal, el joven angustiado le preguntó:

-¿No es demasiado pequeña la jaula para ese animal?, No para de lamentarse. ¿No debería dejarle suelto o comprarle una jaula más espaciosa? Parece tan infeliz…

El anciano se encogió de hombros y sin darle más importancia respondió tranquilo:

-¡Sólo es un loro!

El joven se marchó contrariado y con pena por el sufrimiento del ave que continuaba gritando ¡Libertad! ¡Libertad!.

Entró en su casa sin dejar de pensar en la crueldad del hombre viejo con aquel lorito de plumaje colorido que apenas podía abrir las alas dentro de su estrecha cárcel. Pensaba que un ave tan bella no había nacido para vivir encerrada en una jaula, sino para volar y ser libre y colorear el aire con sus alas, así que tramó su plan. En efecto, el anciano salía todas las tardes a pasear a las seis en punto y no volvía hasta las siete en punto, tarde tras tarde lo veía desde su ventana. Tenía justo una hora para liberar al loro.

A las seis en punto oyó el portazo en casa de su vecino y se dispuso a salir sigilosamente en dirección a su objetivo. Llevaba varios artilugios en el bolsillo que le podían ayudar a entrar en la casa porque sabía que el hombre viejo jamás echaba la llave, pero al pasar junto a la ventana de la sala en dónde el loro seguía gritando ¡Libertad! ¡Libertad!, se dio cuenta de que estaba abierta y ágilmente se coló en la estancia en un santiamén.

Abrió la puerta de la jaula y animó al animal.

-¡Vamos amiguito! ¡Ya eres libre! ¡Sal de la jaula!

Pero el loro seguía impasible y ajeno al gesto del joven mientras continuaba gritando ¡Libertad! ¡Libertad!

-Pobre lorito- pensó el hombre –Está tan acostumbrado al encierro que no se ha dado cuenta de que la puerta está abierta. Le ayudaré a salir-

Intentó con ambas manos sacar al ave de su prisión, pero el loro gritaba cada vez con más fuerza ¡Libertad! ¡Libertad! Y se zafaba enérgicamente de las manos del joven.

-Pobre lorito- pensó de nuevo el hombre – Tiene tanto miedo que cree que quiero hacerle algún daño con mis manos, pero debo forzar un poco más para que salga y entenderá que no es esa mi intención-

Pero el animal se agarraba con patas y pico a los barrotes de su jaula sin parar de gritar ¡Libertad! ¡Libertad!.

Tras un buen rato de forcejeo, sudoroso y perplejo ante el comportamiento del loro, una ráfaga de luz cruzó por la mente del joven y recordó las palabras tranquilas del anciano: ¡Sólo es un loro!.

Entonces entendió que la palabra “libertad” sólo era para el loro una palabra aprendida sin significado alguno, sólo algo que le gustaba decir, y la estrechez de su jaula era una incomodidad asumida, sin más planteamientos. La libertad era para el loro, en realidad, una amenaza incierta, aunque así traicionara su propia naturaleza de ave libre.

Por desgracia, también a demasiadas personas les pasa lo que al loro: que la libertad es tan sólo una palabra bonita de exhibir pero que desprecian irracionalmente, aunque así traicionen su propia naturaleza de seres nacidos para ser libres.

(autor anónimo)

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