Predestinado

Me sentí volar con aquel impulso. Un salto largo que me hizo aterrizar con equilibrio casi perfecto sobre la plataforma del vagón, como si de un gimnasta olímpico se tratara, justo en el momento en el que las puertas comenzaban a cerrarse pellizcando levemente una esquina de mi abrigo.

Respiré aliviado dejando caer mi peso sobre un asiento vacío a mi izquierda. Si hubiera perdido el tranvía de aquella hora, también hubiera perdido mi gran oportunidad llegando tarde a aquella entrevista. Necesitaba, ansiaba ese puesto de trabajo, era justo lo que había esperado durante los últimos años.

Observé a mi alrededor las caras de sueño de los pasajeros, los ojos perdidos en ninguna parte de aquel paisaje urbano que desfilaba tras los cristales empañados. Me eché un último vistazo. ¡Horror! Llevaba la camiseta del revés. Aquella mañana me había levantado estresado, olvidé poner el despertador y me desperté de pura casualidad, porque tal vez mi subconsciente inquieto me impulsó a hacerlo media hora tarde. Había acelerado mi ritual matutino a la velocidad de una película muda de los hermanos Lumière, convertido en un Buster Keaton en color y sin sombrero.

Con las prisas, no me había percatado de aquella torpeza. No podía presentarme de esa guisa ante mi posible futuro jefe. Traté de tranquilizarme. Tal vez, una vez llegado a mi destino, tendría los minutos suficientes para volver a colocarme la camiseta del derecho.

La lluvia continuaba cayendo incesante cuando salí de la estación. También se me había olvidado coger un paraguas. Maldije mi memoria y aceleré el paso para mojarme durante el menor tiempo posible, pero no llegué a tiempo de cruzar el semáforo, se puso rojo y tuve que dar unos pasos atrás. Una señora despistada cruzó su carro de la compra sobre mis zapatos casi impecables hasta ese momento. Ni siquiera me pidió disculpas y la huella embarrada de la rueda quedó impresa como una burla. <<¡Joder!>> Pensé mientras lanzaba rayos calcinadores a su espalda.

Aquel semáforo no se ponía verde ni suplicándole. Miré el reloj. Quedaban pocos minutos y yo aún no había llegado a mi destino, aún quedaban tres calles que atravesar. Por fin el muñequito verde se hizo ver y traté de correr para acortar la distancia que me separaba de mi posible nuevo trabajo. ¡Mierda! La acera resbalaba como una pista de hielo. Caí de rodillas apoyando las manos sobre el suelo mojado y sucio. Dos enormes manchas en mis pantalones nuevos y las manos como sacadas de un contenedor de basura fue el resultado. Por supuesto, nadie se acercó ni me preguntó si necesitaba ayuda. Seguí corriendo y llegué exhausto a la dirección convenida. Pasaban tres  minutos de la hora fijada.

Una mujer entró conmigo al ascensor y me miró con cara de desconfianza. Llevaba un perrito chato con los ojos saltones que colocó ante su pecho como si el animalito fuera un rottweiler entrenado para matar. Sonreí a la señora y al perrito. Ella no me devolvió la sonrisa, el perro solo me sacó la lengua.

Por supuesto, no me daba tiempo a lavarme las manos, ni a sacudir los pantalones que, además, lucían un pequeño desgarro que entreveían un trozo de mi blanca rodilla cubierta de pelos negros; tampoco tenía tiempo de sacarme la camiseta y darle la vuelta, ni de limpiar la rodada de barro sobre mi zapato.

Entré con aquella pinta, seguro de ser despedido antes de contratarme. El jefe me esperaba con británica puntualidad y me miró de arriba abajo cuando solicité su permiso para sentarme ante él.

-Disculpe mi aspecto –balbuceé avergonzado- Me he caído en la calle ¡Con esta lluvia…!

Se limitó a suspirar no muy convencido de mis palabras. Era evidente que mi camiseta no cuadraba con el incidente.

-Supongo que ha traído su currículum –me pidió mirándome fijamente.

-¡Por supuesto! –exclamé yo, seguro de haber llegado a un punto favorable.

Abrí mi portafolios. Busqué, escarbé. ¡Me había dejado el currículum en casa!

-¡Nooooo!

Abrí los ojos sudoroso. Aún me rodeaba la oscuridad. Tanteé a mi alrededor y comprobé que aún estaba acostado en mi cama. Miré a mi derecha y vi los números verdes iluminados sobre el negro fondo del despertador. ¡Aún faltaba un cuarto de hora para levantarme! Me reí de aquella pesadilla absurda y decidí saltar de la cama sin esperar a que sonara la alarma del reloj.

Tuve buen cuidado al vestirme. La camiseta estaba impecable y del derecho. Decidí colocarme un pantalón vaquero <<arreglado pero informal>> pensé, aunque en realidad era una medida preventiva, por si resbalaba con la lluvia que no había dejado de caer durante toda la noche. Un vaquero con desgarro en la rodilla quedaba incluso moderno. Cogí el paraguas y comprobé diez veces que el currículum reposaba por triplicado dentro de mi portafolios.

Llegué con tiempo suficiente para subir al tranvía. Nadie pisó mis zapatos. No resbalé con la lluvia. Nadie subió conmigo en el ascensor. Pulsé el timbre seguro de mí mismo, sereno y con un aspecto impecable.

Me presenté sonriente ante la señorita que me abrió la puerta.

-Buenos días, soy Felipe Santos, el señor director me espera a las nueve en punto.

Miré mi reloj, aún faltaban dos minutos y sonreí para mis adentros. La señorita me miró con desconcierto.

-El señor director está hoy asistiendo a una conferencia en Barcelona –soltó a bocajarro.

-¡No es posible! –exclamé lívido.

-Disculpe –continuó ella. –El señor director le esperó a usted ayer durante toda la mañana.

-¿Qué día es hoy? –pregunté en un hilo de voz.

-Miércoles 4, señor Santos. Su cita fue ayer y el puesto ya está cubierto.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

 

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