Quiero un mundo más animal

Hay días que se nos nublan aunque el sol brille radiante sobre nuestras cabezas. Hay días que la alegría se nos torna en tristeza con un simple mensaje, una noticia que transforma la sonrisa en una mueca de dolor; que concentra todos los fluidos de tu cuerpo en pura lágrima, porque la sangre no parece circular ni calentar las manos y los pies… y el corazón, que se te queda parado por un momento, incapaz de entender la crueldad gratuita, el placer de matar a golpes a un ser inocente, tranquilo, confiado… a nueve.

«El infierno está vacío, y todos los demonios están aquí» dijo el gran Shakespeare. Él lo sabía, lo tenía claro hace cinco siglos, como otros lo tenían claro hace muchos más, todos los siglos desde que el ser humano comenzó a decidir sobre la vida y la muerte de los otros.

“El ser humano”, me pregunto en qué consiste esa palabra: “humano”. Ahora caigo en que somos nosotros, ¡cómo no! quienes inventamos las palabras y nos atribuimos los más bellos halagos a aquellas con las que decidimos nombrarnos. Decimos que “hay que ser humano” o que “hay que tener humanidad”, pensando en un significado ficticio, atribuyendo el sentido de bondad a esa palabra. ¡Error!

Deberíamos redefinirnos en función del verdadero resultado de nuestros actos. Si comportarse con humanidad significa ser una buena persona y comportarse como un animal, en lenguaje llano, significa ser destructivo, desconsiderado, brutal, irracional y grosero, creo que se trata de una inversión malintencionada de las acepciones, de una confusión de los significados; una tergiversación del auténtico valor de las palabras.

Los sinónimos de animal serían, según la experiencia de todos nuestros siglos de vida, nobleza; amor desinteresado; respeto por el otro, por muy diferente que este sea; apego a la vida; ser capaz de valorar lo necesario; disfrutar de cada instante; compartir la alegría con aquellos a los que amas.

¿Qué es entonces ser “humano”? acudo de nuevo a la experiencia y observo: crueldad con tus semejantes, y si son diferentes, con más saña; valorar que todo lo que no es utilizable, es desechable, incluyendo personas y, sobre todo a los otros animales; preponderancia de raza, género y especie; autocoronación sobre el planeta entero…

Copérnico revolucionó la ciencia y levantó la indignación de los “sabios” de su época cuando sostuvo que el Sol no giraba a nuestro alrededor, sino al contrario.

En pleno siglo XXI, por muchas iras que se levanten por mentes no menos cerradas que aquellas de los contemporáneos de Copérnico, muchos mantenemos el convencimiento de que las especies no giran alrededor del llamado “ser humano”. Que ellos, los otros animales, no están aquí PARA nosotros, sino CON nosotros; que no existen para satisfacernos, divertirnos (con su tortura y muerte) ni para servirnos de esclavos.

Gracias a ellos hemos sobrevivido tantos siglos, y sin embargo, en este planeta que les pertenece a ellos tanto como a nosotros, hemos aplicado nuestra ley, nuestro imperio de “superespecie” autoproclamada reina sobre todas las demás especies animales.

Solo hemos avanzado en una cosa: la tecnología. Por ello nos hemos sentido los mejor dotados de todo el planeta, despreciando a los otros animales, su forma de vida, sus sentimientos, su forma de expresarse, sus necesidades…

Cortamos sus orejas y sus rabitos porque tenemos un sentido absurdo y chabacano de la estética. Sus rabos y sus orejas son hermosos además de ser parte de su forma de comunicación; arrancamos sus uñas para que no nos estropeen nuestros caros muebles, sin pensar en que son parte de su fisonomía, de su defensa y de su expresión; acabamos con sus espacios naturales porque los consideramos nuestros, aunque no lo son; cargamos sobre sus cuerpos el peso de nuestros cachivaches y de nuestras mercancías; nos divertimos viéndoles bailar con ridículos trajes, sufriendo nuestra irracionalidad, nuestro perverso sentido de la diversión; les perseguimos por el mero placer de verlos huir aterrorizados; les atamos, les pegamos, les clavamos estoques, les atamos a las  norias para que giren eternamente hasta la muerte por extenuación; los vendemos por partes, los separamos de sus crías prematuramente para beber su leche, para comer su carne, su sangre…

Más aún: nos privamos de sus gestos de alegría cuando nos ven o nos huelen, cuando nos escuchan llegar aunque aún no hayamos metido la llave en la cerradura de nuestra puerta; nos privamos de su belleza, que la tienen y mucha; de sus sonidos, de sus ronroneos de cariño…

Necesitamos un mundo más animal y menos humano, porque el infierno está vacío y todos los demonios están aquí… y conducen, y hasta llevan móvil.

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Un comentario

  1. Tristemente certera tu reflexión.

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